Práctica sabiduría

11 de enero de 2026


Juntos estamos leyendo este libro de Proverbios, que es un camino a través del cual el Espíritu Santo nos guía y nos conduce para encontrar lo que Dios tiene para nosotros: cómo adquirimos la sabiduría y cómo la abrazamos como al árbol de la vida. Pero debemos ver cómo la adquirimos de manera concreta.

Cuando leemos Proverbios por completo, vemos tres niveles que son parte de una misma cosa. Encontramos que se repiten una y otra vez estos tres conceptos: conocimiento, entendimiento y sabiduría. Salomón, cuando habla del concepto práctico de la sabiduría, nos induce por medio de la búsqueda a abrazarla, a atesorar el conocimiento y a caminar en entendimiento. Casi en todos los capítulos aparece una mención a uno de estos tres aspectos, como si fueran tres escalones que nos llevan a un mismo lugar; es como un menú que se nos abre de parte de Dios.

El primer concepto que está arraigado es el conocimiento.
El conocimiento tiene que ver con los saberes, con comprender las cosas y con la experiencia; es algo que opera desde la mente. Es interesante que para los hebreos la mente no estaba en la cabeza, sino en el corazón. Para el concepto hebreo con el que se escribe esto, el corazón y la mente son una sola cosa. El corazón no solo era el centro de la voluntad, sino también el lugar donde se atesoraba el conocimiento. Hoy nosotros sabemos que el conocimiento físicamente está acá, en este galpón de ideas que todos tenemos, en una mente que trabaja y tiene una forma.

Por eso es interesante la relación entre la neurociencia y la neumatología. La neurociencia estudia la parte neuronal, cómo funciona la mente y procesa las emociones, mientras que la neumatología es el estudio del pneuma, del Espíritu Santo. Es maravilloso ver cómo la espiritualidad afecta la parte neurológica, algo que la ciencia hoy redescubre pero que la Biblia ya decía hace miles de años: nuestra manera de razonar y de sanar el alma está vinculada con la práctica de la espiritualidad. Parece que la ciencia abre puertas donde siempre termina encontrando a Dios; van de la mano.

El conocimiento es aquello que se revela a la persona y que esta entiende y comprende. Es ese descubrir que nos lleva a interpretar la realidad. Hoy vivimos en la era del conocimiento, donde la información que antes era solo para científicos sabios está a un clic de distancia. El conocimiento hoy no es un problema, pero es solo la primera etapa. Salomón dice que debemos atesorarlo, tener la capacidad de aprender y el hambre de adquirir conocimiento permanente, pero es solo el primer nivel.

El segundo nivel es el entendimiento.
El entendimiento ya no opera en la mente, sino en el corazón, porque tiene que ver con el conocimiento aplicado. Ya no solo conocemos, sino que ahora lo aplicamos. Es saber cómo tomar ese conocimiento y aplicarlo en el momento adecuado y en el lugar adecuado. Tenemos el conocimiento que uno busca e indaga, y tenemos el entendimiento para saber de qué forma usarlo.

Por último, la tercera etapa es la sabiduría.
La sabiduría es el conocimiento aplicado de manera práctica en la vida cotidiana; es la verdad hecha carne. En el Nuevo Testamento, Primera de Corintios dice: «Cristo, sabiduría de Dios». La palabra griega para sabiduría es Sofía, y en el libro de Proverbios se personifica como una mujer que grita en las plazas buscando a quienes tienen hambre de conocimiento para revelarles el camino de la verdad. Pero así como se define la sabiduría, también se define la necedad. Lo contrario a la sabiduría no es la ignorancia, sino la necedad.

El capítulo 5 de Proverbios describe la necedad como una mujer infiel o inmoral que susurra al oído, que no quiere compromiso y ofrece un camino fácil para calmar la sed, pero que termina derribando todo lo construido. El Padre le dice al hijo que tenga cuidado, que no se deje persuadir por esa invitación sutil que termina consumiendo, y le pregunta por qué no disfruta con la mujer de su juventud, construyendo una relación duradera.

La sabiduría valora el compromiso, mientras que la necedad se entrega por nada.

El cielo grita, el infierno susurra. Así actúa la mentira: nos seduce y se esconde para que no construyamos nada real. Ese susurro viene desde el jardín del Edén, cuando la serpiente sedujo a Adán y Eva para que buscaran el camino corto. Así es el operar engañoso del infierno: nos invita a relaciones clandestinas o a una vida de religión que no exige nada, para que nos acomodemos y nos durmamos. Pero el cielo es diferente. La sabiduría grita. Jesús en la cruz, con su cuerpo traspasado y su vida derramada, está gritando redención. Sus heridas dicen que fue por amor para pagar nuestro pecado. En el Gólgota, en el momento más público de la historia, Él grita: «Consumado es». Todo aquel que tenga hambre de sabiduría, ahora que el velo se rompió, que venga y beba.

Conoceremos la verdad y la verdad nos hará libres. El paso número uno es conocer. En un momento de la vida analizamos que estamos rotos y aceptamos conocer a Jesús. Ese ejercicio lógico despierta fe y nos lleva a conocer la verdad. Cuando abrimos la mente, el corazón se abre y lo que impacta nuestro entendimiento es la verdad revelada de Jesús. Entendemos que somos amados y perdonados, y entonces la sabiduría se nos revela y produce libertad. Pero la historia no termina ahí, apenas empieza. Ahora que tenemos libertad, debemos decidir y tomar determinaciones.

La sabiduría no es un momento de luz, es la luz con la que caminamos todos los días de la mano de aquel que está con nosotros.

Proverbios 1:7 dice que el principio de la sabiduría es el temor a Jehová. El temor a Dios no es miedo, es la sensibilidad espiritual a su presencia; es la conciencia de que Dios está. No es solo que murió y resucitó, sino que Él está acá. El temor de Dios es entender que Él está cuando nadie nos ve, en el living de casa, en la escuela o en el trabajo. Si tenemos esa revelación, el temor de Dios nos lleva a sanar y a vivir a Cristo. No trabajamos bien por miedo al patrón o por instinto de supervivencia, sino porque sabemos que Él está ahí. Incluso en medio del dolor físico o del alma, el temor de Dios es la fuerza que nos conecta a su presencia. Esa sensibilidad hace que Él sea parte de nuestros negocios y conversaciones.

Si alguno tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, quien la da abundantemente. Podemos decirle: «Señor Jesús, necesito sabiduría». La falta de sabiduría es falta de entendimiento, es no saber por qué nos pasa lo que nos pasa. A veces somos los únicos que tropezamos con la misma piedra, volviendo al mismo pecado o a las mismas relaciones fallidas. Pero si tenemos hambre de salir de esa mediocridad espiritual y pedimos sabiduría, Dios empieza a despertar un hambre que nos lleva a la Palabra y al consejo, y la respuesta se materializa en nuestra vida práctica. Solo halla sabiduría aquel que la busca y entiende que Dios es la fuente. Esa búsqueda tiene que ver con aprender a escuchar. El sabio oirá y aumentará el saber.

Escuchar no es solo que las palabras entren al oído, sino indagar en su Palabra y aprender a escuchar a Dios a través de los hermanos y de la congregación. El Espíritu Santo usa a la Iglesia como una herramienta poderosa para formar el carácter de Cristo en nosotros; acá nos arreglamos, somos contenidos y somos impulsados.

También debemos cuidar nuestra boca. La sabiduría tiene que ver con entender cuándo hablamos y cómo lo hacemos, aprendiendo a declarar vida. En un mundo donde todos maldicen e insultan, nosotros debemos elegir bien nuestras palabras para dar forma a lo que Dios puso en nuestras manos.

Necesitamos reconocer al Espíritu Santo como maestro. ¿A dónde nos llevó ser guiados por nuestro propio criterio o por amistades que nos conducían mal? En cambio, cuando el Espíritu Santo nos guía, ocurre lo que pasó con Lázaro. Él estaba muerto y su cuerpo ya no funcionaba, pero la voz del espíritu llegó a lo sobrenatural. El espíritu de Lázaro reconoció la voz de su amado y volvió al cuerpo, levantándolo de la muerte.

Todo aquel que escucha la voz del Espíritu Santo tiene el poder de transformar la muerte en vida. De repente podemos estar muertos en nuestros delitos, pero la verdad nos llama y el Espíritu nos guía a Jesús.

Este es un año para responder a la voz del Espíritu Santo, para apagar los susurros del infierno y hacernos cargo, dejando la mentira y el pecado de lado. Respondamos a esa voz que nos atraviesa y hace que todo lo que estaba muerto vuelva a la vida. Cuando una persona llena del Espíritu lo experimenta, puede transformar hogares, ciudades y naciones.

Jesús no va a venir por una iglesia mediocre, sino por una iglesia sin mancha, llena del Espíritu Santo y que es la personificación de la sabiduría. De esto se trata nuestra búsqueda: de aprender a caminar en su propósito y escuchar su voz cada día.