Cuando Él viene y se queda

Domingo 8 de febrero de 2026
Cuando el Espíritu Santo viene, sentimos un impacto. Sentimos que nos sacude, que nos toca, que irrumpe en nuestra vida. Hay un antes y un después. Estábamos muertos en nuestros pecados, y de repente despertamos a una nueva realidad espiritual. Entendemos que Jesús nos salvó.

El Espíritu trae convicción, nos despierta, nos resucita en el espíritu, y eso deja una huella profunda en el corazón.

Cuando Dios nos sacude, se caen los velos. Todo lo de Dios empieza a brillar a nuestro alrededor y entramos en otra dimensión porque Él nos tocó. Pero surge una pregunta clave: ¿la intención de Dios es solo visitarnos? ¿Quiere irrumpir y luego irse? ¿O quiere permanecer? ¿Es lo mismo que venga a que venga y se quede? Puede pasar que Dios venga a una vida y otra cosa diferente es que permanezca.

Entonces la pregunta es: ¿podemos hacer algo para que Él se quede? ¿Cómo corresponder al amor que vino sobre nosotros? ¿Cómo cuidar la presencia del Espíritu Santo que vive en nosotros? Que el Espíritu Santo venga es un regalo. Que permanezca es la construcción de una vida consagrada a Él.

¿Podemos solos? No. Necesitamos ayuda. Y su ayuda es el mismo Espíritu Santo obrando en nosotros. Lo que sí podemos hacer es abrir el corazón para lo que Él nos quiere hablar. Tener un corazón de niño. No estar atrapados en nuestros propios pensamientos, sino permitir que Él hable.

En Juan 1:29 leemos: “Al día siguiente, Juan vio que se acercaba Jesús y dijo: Aquí tienen al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.” Esta frase es poderosa. Dios decidió proveerse un sacrificio para quitar lo único que nos estorbaba para llegar a Él: el pecado. No es cualquier cordero. Es el Cordero de Dios.

No es un sacrificio inventado por el hombre. Es provisto por Dios mismo. Y como es perfecto, tiene la capacidad de quitar el pecado. No suavizarlo. No acomodarlo. Quitarlo.
Eso debería ser motivo suficiente para adorar. Antes de cualquier canción, antes de cualquier predicación, solo meditar en este hecho: el Cordero de Dios quitó el pecado que nos separaba de Dios. Eso es lo que recordamos en la Santa Cena.

La humildad atrae la presencia de Dios.

Y en ese Cordero vemos algo central: la humildad. Jesús no nos dijo que lo imitemos en sus milagros. Dijo: “Aprendan de mí, que soy manso y humilde.” El Espíritu Santo reposa en el quebrantado.
Isaías 53 muestra al Cordero que se humilla y se hace obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Humillación extrema, exaltación extrema. Se humilló hasta lo más profundo y el Padre lo exaltó hasta lo sumo. El Espíritu Santo reposa en el quebranto. Después del quebranto viene la gloria.

Lo segundo es entender que lo que hacemos revela a Jesús. No es solo “mostrá a Cristo con lo que hacés”. Es que lo que hacés ya revela a Jesús, porque sos cristiano. Hay personas que no van a leer la Biblia, pero te van a leer a vos. Sos la única Biblia que tal vez conozcan. Juan el Bautista entendía eso. Todo lo que hacía tenía un solo propósito: que Jesús se revelara. Cuando le dijeron que Jesús estaba creciendo más que él, respondió: “Es necesario que yo disminuya y que Él crezca.” Toda su vida apuntaba a revelar al Mesías.

Entonces la pregunta es directa: ¿lo que hacemos muestra a Jesús? En casa, en el trabajo, cuando nadie nos ve. Todo tiene que apuntar a Él. Nuestra vida entera debería señalar al Cordero.

Lo tercero es escuchar para ver. Juan dijo: “Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar me dijo…” Él escuchó una voz. Para ver en el espíritu, primero hay que escuchar. Dios habla y su palabra crea. Cuando Él dice, sucede. Toda palabra suya está destinada a hacerse carne. Nosotros tenemos el privilegio de escuchar la voz de Dios.

Pero para escuchar hay que callar otras voces. Las externas y las internas. Aprender el reposo. Estar quietos. Salmo 46:10 dice: “Estad quietos y conoced que yo soy Dios.” Si no aprendemos a estar en silencio delante de Él, vamos a confundir su voz con nuestros impulsos. Pero si aprendemos a reposar, vamos a ganar discernimiento.

Y finalmente, desciende y permanece. El Espíritu Santo descendió sobre Jesús y permaneció en Él. No se trata solo de que Él descienda. La pregunta es si permanecerá. Venimos de contextos donde vimos milagros y mover del Espíritu. Y gloria a Dios por eso. Pero no queremos solo momentos de irrupción. Queremos permanencia.


Podemos estar “chipeados” para pedir que descienda, pero no entrenados para caminar con Él cada día. ¿Qué pasa el lunes? ¿Reposa en nosotros cuando estamos en casa, en el colectivo, con nuestros hijos? La esencia no es solo que venga, sino que se quede.

¿Y cuál es la clave? Actitud de Cordero. Nos gusta el león, pero el Espíritu Santo vino con poder sobre el Cordero que se humilló. Mansedumbre, humildad, docilidad, quebranto. El corazón de la actitud de Cordero es una sola palabra: obediencia.

Cuando Él habla, desciende. Cuando obedecemos, permanece. Él desciende cuando escuchamos su voz. Él permanece cuando obedecemos esa voz. Y lo más profundo de todo es esto: que el Espíritu Santo sea el Señor.


Ser llenos del Espíritu Santo no es solo un momento en el altar. Es una dinámica diaria donde declaramos con nuestra vida que Él es el Señor. Cuando fallamos, volvemos a Él. Cuando nos habla, obedecemos. No gobiernan nuestros impulsos, gobierna Él.

No queremos solo visitas. Queremos permanencia. Queremos que Él sea el Señor de cada área: pensamientos, decisiones, familia, palabras. No una parte del trono. Todo el trono. Que descienda y permanezca. Que encuentre un corazón quebrantado donde pueda reposar. Porque lo único que realmente necesitamos no es otro evento, no es otra experiencia pasajera. Es la presencia del Espíritu Santo habitando en nosotros.