El Verbo

2 de agosto de 2026

Como iglesia, no estamos llamados únicamente a recibir una predicación, sino también a conocer la Palabra y discernir aquello que se nos enseña. Abrimos la Biblia, trazamos un rumbo y buscamos que todos podamos conocerla, vivirla y caminar juntos conforme a ella.

Durante este mes leeremos Primera, Segunda y Tercera de Juan, las epístolas del apóstol Juan dirigidas a las iglesias que pastoreó y acompañó.

Juan ocupa un lugar particular entre los discípulos. Fue uno de los doce que Jesús escogió y caminó con Él desde su juventud. Conoció a Jesús de manera cercana: lo vio realizar milagros, convivió con Él, contempló su crucifixión y fue testigo de su resurrección. También estuvo entre los primeros testigos de Jesús resucitado durante los cuarenta días posteriores a la resurrección y contempló su ascensión al Padre.

Juan aprendió a conocer a Jesús no solamente desde la experiencia directa de haber caminado con Él, sino también a través de la iglesia, que es su cuerpo. Dedicó su vida a servir, pastorear y plantar congregaciones. Aprendió a reconocer a Cristo en medio de las dificultades, las tensiones, la persecución y las necesidades de sus hermanos. El mismo Jesús que había conocido físicamente continuaba manifestándose a través de su cuerpo.

Sin embargo, al final de sus días, Juan fue llevado al exilio en la isla de Patmos. Allí recibió una revelación profunda de Jesucristo. El cielo se abrió y Juan contempló a Jesús de una manera que hasta entonces no había conocido: como el Cordero inmolado que viene a redimirnos, como aquel que está sentado en el trono, con ojos como llamas de fuego, y como el Jinete justo y verdadero que viene a gobernar y reinar.

En esa isla Juan recibió la revelación que dio origen al libro de Apocalipsis. Luego escribió las cartas que leeremos durante este mes, cartas de ánimo, amor y consuelo dirigidas a una iglesia que atravesaba persecución. Finalmente, escribió el Evangelio que lleva su nombre, presentándonos el testimonio de Jesús y conduciéndonos desde la revelación gloriosa de Cristo hasta el Jesús que caminó entre los hombres.

Por eso, las epístolas de Juan son tan especiales: nos muestran la totalidad de Jesús. En este tiempo en el que estamos hablando del Espíritu y la Novia, y profundizando en la persona del Espíritu Santo, recordamos que una de las funciones del Espíritu Santo es revelarnos la verdad. Y la verdad es Jesús.

La verdad no es simplemente cambiar de religión, modificar una opinión o adoptar un conjunto de ideas. La verdad es una persona con quien nos relacionamos, con quien crecemos y maduramos, y a través de quien avanzamos y alcanzamos diferentes etapas de nuestra vida. La verdad no es un dogma que aprendemos únicamente de manera intelectual; es una realidad que nos acompaña durante toda nuestra vida.

Existe una historia que se desarrolla por encima de la historia de este mundo: el plan de Dios. Y Él nos permite formar parte de ese plan.

Cuando Juan comenzó a seguir a Jesús, encontró al Maestro al que estaba buscando y entregó su corazón para seguirlo. El mismo Juan que se apoyó en el pecho de Jesús durante la Santa Cena fue el que posteriormente contempló el cielo abierto y al Cordero inmolado.

La revelación profunda de Jesús no está separada de nuestra caminata cotidiana con Él.

El Juan de Apocalipsis llegó a ser quien fue porque primero fue el discípulo que caminó con Jesús, que aprendió de Él y que permaneció cerca de Él. No se trata de nuestro plan, sino del suyo. Tal vez aquello que atravesamos hoy no nos parezca significativo. Podemos estar enfrentando batallas por nuestros hijos, por nuestra realidad, por relaciones que necesitan restauración o por permanecer fieles a Dios. Sin embargo, nuestra fidelidad de hoy prepara el camino para una revelación más profunda de Jesús.

Nuestra historia es importante, pero forma parte de una historia mayor. Todos buscamos significado y nos preguntamos por qué atravesamos determinadas situaciones. Sin embargo, asumir que Dios tiene un plan y que nos invita a formar parte de él significa comprender que el significado último de nuestra historia no lo determinamos nosotros: lo encontramos en Él.

Hay cosas dentro de su plan que quizá no comprendamos, pero podemos tener claridad acerca de quién es Él, cuánto nos ama y cuál fue el precio que pagó por nosotros. Eso no solamente le da significado a nuestra historia; nos hace parte de una historia mayor.

Cuando conocemos a Cristo y somos parte de una comunidad de fe, encontramos que la razón y el significado de nuestra vida son mucho mayores.
Ya no vivimos únicamente para nosotros mismos. Encontramos una causa por la cual vivir y entregar nuestra vida: la verdad.

Por eso no respondemos solamente a la estructura de una religión, sino al amor de Cristo que transforma nuestro corazón. Queremos amar, compartir la mesa, crecer, avanzar y formar nuestras familias conforme a su voluntad. Esto es parte de lo que Juan nos enseña. Él comienza su Evangelio de una manera semejante a la primera de sus epístolas y establece una conexión profunda con el libro de Génesis.

Juan presenta a Jesús como el Verbo:

“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.”

El Verbo estaba en el principio, participando en la creación y en el desarrollo de la historia hasta su consumación. Y en esa obra Dios también nos incluye.

1 Juan 1:1-4

Juan comienza hablando de aquello que ha sido oído, visto, contemplado y tocado. No está presentando una teoría acerca de Jesús, sino dando testimonio de una realidad que experimentó.

El gozo cumplido del que habla Juan apunta a la plenitud: una vida que no depende de las circunstancias, sino que encuentra su fuente en Dios. Sabemos que el sufrimiento forma parte de nuestra experiencia en esta tierra y que atravesaremos dolor y dificultades. Sin embargo, el deseo de Dios es llevar a sus hijos a una vida plena en Él, una plenitud que permanece aun en medio de las diferentes temporadas.

Juan comienza diciendo: “Lo que hemos oído”.

El oído es una de las primeras formas mediante las cuales recibimos una realidad. La fe viene por el oír la Palabra de Dios. Nuestra transformación comienza cuando escuchamos acerca de Jesús.

Podemos recibir afecto, encontrar una comunidad que nos abrace y experimentar ayuda de nuestros hermanos, pero la transformación profunda viene por medio de la Palabra. Escuchamos acerca de Cristo, recibimos su mensaje y nuestro espíritu comienza a despertar. La palabra tiene poder. Puede formar culturas y movilizar personas, pero ninguna palabra se compara con la Palabra de Dios.

Cuando escuchamos la Palabra, conocemos a Cristo y comienza una transformación profunda. Nuestra manera de pensar cambia, nuestras heridas comienzan a sanar y nuestra relación con Dios y con los demás es transformada.

Juan no solamente dice que escucharon. También afirma: “Lo que hemos visto”.

Ahora no solamente escuchamos acerca de Jesús, sino que aprendemos a verlo. No necesitamos construir una imagen física de Cristo para conocerlo. Podemos contemplarlo espiritualmente y reconocer su presencia y su obra. Juan lo vio como el carpintero de Nazaret, como el hombre crucificado, como el resucitado y como el Rey de gloria que regresará. De la misma manera, nosotros somos llamados a aprender a ver a Jesús.

La percepción de su belleza se desarrolla mediante una comunión diaria con Dios. Lo vemos en sus obras, en los milagros, en la vida de nuestros hermanos y en la vida de nuestros hijos. Aprendemos a reconocerlo en los procesos y también en los momentos de dificultad.

Aquello que buscamos contemplar comienza a orientar nuestra manera de vivir. Si anhelamos ver a nuestros hijos en Cristo, caminamos hacia ese propósito. Si anhelamos restauración en nuestros hogares, buscamos esa restauración conforme a Dios. Sobre todas las cosas, nuestro deseo debe ser ver a Jesús.

Lo cotidiano puede adormecernos y hacernos perder de vista lo eterno. Por eso necesitamos permanecer atentos para reconocer a Cristo en cada proceso.

Juan continúa diciendo: “Lo que hemos tocado”.

Juan podía afirmar esto porque había tocado físicamente a Jesús. Había experimentado su presencia de manera concreta. Pero esta afirmación también nos conduce a una realidad espiritual: Cristo continúa manifestándose a través de su cuerpo, que es la iglesia.

Por eso el enemigo busca atacar la unidad de la iglesia, dividirla, corromperla y debilitarla. No solamente anunciamos a un Jesús que hemos oído y contemplado; también somos llamados a manifestar su presencia a través de una comunidad que puede tocar y ser tocada por el amor de Cristo.

La iglesia puede convertirse en el hogar que muchos no tienen. No se trata únicamente de solidaridad o de una tarea social. A través de la vida de Cristo que habita en nosotros, Jesús continúa tocando vidas. Cuando Cristo toca, sigue haciendo aquello que hacía durante su ministerio terrenal: sana el alma, restaura las emociones, transforma los corazones y cambia vidas.

Por eso la construcción de la comunidad es tan importante. Escuchamos, vemos, tocamos y finalmente Juan afirma que Jesús se ha manifestado. Él se ha revelado y se ha dado a conocer. Las palabras utilizadas por Juan expresan una experiencia que permanece. Lo que escuchamos, vemos y tocamos en Cristo no debería desaparecer después de una reunión.

La revelación de Jesús debe permanecer con nosotros y transformar nuestra manera de vivir. La verdad revelada de Jesús, el Verbo, debe manifestarse en nuestras vidas.

No nos reunimos como iglesia solamente para escuchar una predicación, contemplar a Jesús durante un momento y luego volver a vivir de la misma manera. Cristo nos compró con su sangre para manifestarse a través de nosotros.

Cuando aprendemos a oírlo, verlo, tocarlo y vivir en comunión con Él, su revelación comienza a expresarse a través de nuestras vidas. Ya no se trata únicamente de nuestras historias de heridas, rechazo o pérdidas. Nuestra historia pasa a formar parte de la revelación de Cristo ante el mundo.

Juan continúa diciendo que todo esto tiene un propósito: que exista comunión con Dios y comunión entre nosotros. Aquí aparece una palabra fundamental del Nuevo Testamento: koinonía, que significa comunión. La revelación de Jesús es personal, pero nunca tiene un propósito exclusivamente individual. Debe desembocar en una comunidad que vive en comunión y que revela a Cristo al mundo. De esa manera, la plenitud de Cristo puede habitar en nosotros todos los días de nuestra vida.

La plenitud no se alcanza en soledad. Tampoco se encuentra únicamente en los anhelos materiales, por más que podamos alcanzarlos.

La plenitud se encuentra al conocer a Jesús y formar parte de su cuerpo, al vivir en comunión con Él y con nuestros hermanos.

El Evangelio de Cristo no es una competencia por posiciones. No nos jerarquiza para que descartemos personas y alcancemos el primer lugar. El Evangelio es un lugar donde entramos todos. Por eso, la revelación de Jesús debe ocupar un lugar primordial en nuestra vida comunitaria. El Espíritu Santo nos comunica que Jesús quiere hablarnos, encontrarse con nosotros, tocarnos y revelarse a través de nuestras vidas.

Si escuchamos al Espíritu Santo, comenzaremos a preparar nuestros corazones, nuestras vidas y nuestra iglesia para esa manifestación.

Podemos creer que una comunidad entera puede enamorarse de Jesús al contemplar a Cristo reflejado en quienes la habitan. Podemos creer que una ciudad puede encontrarse con Jesús a través de una iglesia que vive en comunión, que ama, que sirve y que manifiesta su presencia.

Hay una historia por encima de la historia de este mundo, y nuestras vidas forman parte de ese plan. En ese plan están también nuestras limitaciones, nuestras heridas, nuestras luchas y todo aquello que todavía estamos aprendiendo a resolver. Y en medio de todo eso, el Espíritu Santo está con nosotros. Él quiere revelarse y llevarnos a una vida plena, llena de alegría y de comunión con Dios.

El hambre que Juan tuvo por ver a Jesús lo llevó desde ser un discípulo hasta contemplar el cielo abierto. Esto no significa perseguir experiencias místicas ni intentar comprar algo de Dios. Significa reconocer que no podemos vivir sin escuchar su voz.

Podemos servirlo y entregar nuestras vidas, pero si Él no está en el centro, nada de lo que hagamos será suficiente.

No queremos vivir un reino sin contemplar al Rey eterno. Nada estará completamente terminado hasta que Cristo regrese. Mientras esperamos, queremos caminar en fidelidad y gracia, tomados de su mano, permaneciendo en comunión con Él y permitiendo que su vida se manifieste a través de nosotros.

Porque la verdad es Jesús. Él es el Verbo. Él es nuestra plenitud. Y estamos llamados a conocerlo, verlo, tocarlo, vivir en comunión con Él y manifestarlo juntos al mundo.