Nubes sin agua

6 de septiembre de 2026

Estamos juntos leyendo la epístola de Judas. Como congregación, leemos la Biblia entre todos y, mes a mes, conforme a la palabra que recibimos, nos proponemos leer juntos distintos libros de la Escritura. En este momento hemos elegido la epístola de Judas y entendemos que no hay casualidades.

Tenemos que comprender que esta es una carta muy especial. Es la carta que antecede al libro de Apocalipsis y tiene un contenido muy profundo en cuanto a la escatología, es decir, acerca de los últimos tiempos. Pero también es una carta dirigida no solamente a los demás, sino a nuestro propio corazón. Para poder leerla correctamente, tenemos que entender quién es el que la escribe.

Judas 1:1

Judas, quien escribe esta carta, se presenta como siervo de Jesús y hermano de Jacobo. En realidad, no solo era hermano de Jacobo, sino también hermano carnal de Jesús.

En el Nuevo Testamento, particularmente en los Evangelios de Marcos y Mateo, aparece la referencia a la familia de Jesús. Allí se menciona a María y a sus hijos: Jacobo, Judas, José, Simeón y también sus hermanas. Ellos crecieron juntos como hermanos.

Judas, el que aparece en escena en esta carta, se convierte después de la resurrección de Jesús en uno de los líderes importantes de la iglesia cristiana. Sin embargo, tanto a Judas como a Jacobo les costó bastante creer en Jesús como Señor y Salvador.

Durante el tiempo en que Jesús estuvo con vida, sanando enfermos y predicando el evangelio, Judas y Jacobo lo seguían, pero de lejos. Era difícil pensar que aquel que había crecido con ellos y que había sido su hermano mayor, con quien habían compartido la vida cotidiana, fuera el Salvador del mundo.

Aunque les costó comprenderlo, caminaron con él. Cuando Jesús resucitó, Judas y Jacobo estuvieron allí. Ya no lo seguirían de lejos, porque vieron su gloria, vieron el cuerpo traspasado y glorificado, y se rindieron completamente a creer en Jesús. Con el tiempo, ambos se convertirían en líderes de la iglesia de Jerusalén y entregarían su vida por la causa de Cristo.

Judas escribe esta carta desde esa perspectiva: la de alguien que durante mucho tiempo caminó con Jesús con cierta desconfianza, pero que tuvo un encuentro poderoso con él y terminó entregándole completamente su vida.

¿Por qué es importante entender esto antes de leer la carta?

Porque el libro de Judas es muy fuerte. Habla acerca del engaño en los últimos tiempos y de los falsos maestros. La tendencia que podemos tener al leer estos pasajes es mirar a los demás y preguntarnos quiénes son los que están engañando. Sin embargo, en realidad también es un libro para mirarnos al espejo.

Es un llamado a no dejarnos engañar, pero también a no caer nosotros mismos en el engaño y transformarnos en engañadores.

Por eso es significativo que Judas, cuando se presenta, diga que es siervo de Jesús. Aunque se identifica como hermano de Jacobo, cuando se refiere a Jesús dice: «Yo soy siervo de mi hermano mayor». La palabra griega utilizada para «siervo» es doulos, un término relacionado con la condición de esclavo.

Es la misma manera en que el apóstol Pablo se presenta. Lo que Judas está diciendo es que ha creído en Jesús de tal manera que ahora le pertenece. Todo lo que es, todo lo que vive y todo lo que tiene le pertenece a él.

En los versículos 12 y 13, Judas utiliza una serie de metáforas para describir aquello de lo que viene hablando. Una de ellas es «nubes sin agua». Judas nos habla de la necesidad de guardar nuestro corazón y tener cuidado con aquellos que se introducen en medio del pueblo y se convierten en instrumentos de engaño. Evidentemente, Judas toma esto muy en serio, porque desde los primeros versículos explica que quienes engañan y manipulan a otros tendrán un justo pago.

Para explicarlo, Judas utiliza ejemplos del Antiguo Testamento. Habla de cómo Dios interviene frente a la injusticia y de cómo incluso juzgó a los ángeles que se rebelaron contra él. Aquellos que han vivido abiertamente para jugar con la fe y engañar a otros también tienen un fin de perdición.

Judas menciona a Caín, quien asesinó a su hermano; a Coré, quien intentó seducir el corazón de una parte del pueblo para que se rebelara; y a Balaam, quien profetizó por dinero, conveniencia y beneficio personal. Esto nos habla de la corrupción de la fe y del corazón. Así como hay personas que hablan de justicia, también puede desatarse un engaño.

Cuando hablamos de engaño, normalmente pensamos en quién nos está engañando. Sin embargo, Judas nos lleva a comprender que el engaño no es solamente una cuestión relacionada con determinadas personas. También habla de una realidad espiritual.

Cuando leíamos las epístolas de Juan, Juan hablaba de un espíritu al que denominaba «el espíritu del anticristo». Esto tiene relación con conceptos, ideas y espíritus que gobiernan sobre el sistema. Por eso Juan dice que en el último tiempo habrá un espíritu del anticristo. ¿Qué significa esto? Son todos aquellos conceptos, ideas y cosas que rechazan la persona de Jesús.

Es posible reconocerlo porque rechazar la persona de Jesús también significa rechazar la efectividad del amor y el poder que tiene la paz, y puede llevar a corromper el concepto de Cristo mediante religiones o sistemas que separan a las personas de Dios.

Ese espíritu de engaño puede moverse sobre todos nosotros y también puede manifestarse en nosotros. La Palabra nos advierte acerca de esta realidad para que abramos los ojos y no nos dejemos engañar por esas personas ni por ese sistema, pero tampoco adoptemos nosotros esa misma forma.

Judas continúa diciendo que estas personas son manchas en los ágapes. Se apacientan a sí mismas, no respetan a los demás, no quieren estar bajo autoridad y resisten permanentemente. Y entonces utiliza una expresión contundente: son como nubes sin agua.

Este concepto era muy significativo para la gente de Palestina. Allí las lluvias estaban bien marcadas y el agua era un bien extraordinariamente preciado. Cuando aparecían las primeras nubes, las personas se llenaban de esperanza, porque las nubes que traían agua representaban la promesa de lluvia, prosperidad, productividad y sustento.

Pero podía suceder que aparecieran grandes nubarrones negros y todos pensaran: «Ahí viene la lluvia». Sin embargo, aquellas nubes podían ser solamente bruma que pasaba de largo y no dejaba nada. Eran nubes sin agua. Este mismo concepto aparece en otras partes de la Biblia.

En Proverbios se compara al hombre que promete hacer un regalo y no lo entrega con una nube sin agua. Es alguien que genera expectativa, que promete, que tiene la apariencia de aquello que esperamos, pero que finalmente no cumple. Tiene la forma, existe la posibilidad, parece estar en el momento indicado, pero está vacío. No tiene sustento ni contenido. No derrama agua de vida.

Judas continúa utilizando otras metáforas. Habla de árboles otoñales sin fruto: árboles que ocupan un lugar, que tienen hojas y pueden verse hermosos, pero que no producen fruto. Están llenos de follaje, pero vacíos de profundidad. Son descritos como árboles dos veces muertos y desarraigados, como personas inconstantes que comienzan cosas pero no pueden terminarlas y que producen división y ruptura.

También habla de «fieras ondas del mar que espuman su propia vergüenza». ¿Por qué utiliza esta imagen? Porque en la Biblia el mar puede representar la maldad. El mar es hermoso, pero improductivo. En aquel tiempo, el agua del mar no podía desalinizarse. Aunque las olas fueran maravillosas y rompieran en la costa produciendo ruido y movimiento, esa agua no servía para regar, para dar de beber a los animales ni para producir vida.

La metáfora muestra algo que puede ser atractivo a la vista, que puede producir movimiento y ruido, pero que no produce vida. Para quienes viven de esta manera, Judas dice que está reservada eternamente la oscuridad de las tinieblas. El engaño y la hipocresía son realidades que la Palabra toma con seriedad.

Al llegar al final de su carta, Judas nos recuerda que todas estas cosas ya habían sido profetizadas y que, al llegar los últimos tiempos, este sistema estaría presente. También utiliza el ejemplo de Sodoma y Gomorra. Era una ciudad productiva, pero terminó volcada a la inmoralidad, la violencia y la corrupción, y finalmente recibió juicio.

Judas utiliza estos ejemplos para mostrar que, en este tiempo, existe un espíritu de engaño que lleva a menospreciar la espiritualidad. También cita el libro de Enoc. Este libro no forma parte del canon bíblico, pero Judas lo utiliza como una referencia conocida para transmitir los conceptos que está desarrollando.

Judas también menciona una disputa relacionada con el cuerpo de Moisés. Es un pasaje difícil de interpretar y está relacionado con creencias populares hebreas de aquella época. El ejemplo refuerza la idea de que existe un mundo espiritual y que ignorarlo o utilizarlo como un instrumento de engaño tiene consecuencias.

La enseñanza es clara: incluso frente al mundo espiritual, no debemos actuar desde nuestra propia fuerza o autoridad. Existe un mundo espiritual y, como hijos de Dios, tenemos autoridad en él, pero esa autoridad no proviene de nosotros mismos. La tenemos porque Jesucristo venció al infierno.

En el mundo espiritual existen prácticas como la brujería, la hechicería y las maldiciones. Incluso personas poderosas pueden consultar estas fuerzas. Existen falsos dioses y falsos ídolos que no hablan, pero que forman parte de las realidades espirituales que la Biblia advierte que no debemos ignorar.

La muerte tampoco es solamente un concepto. Es una realidad que puede avanzar de manera sutil y atrapar a las personas. Puede suceder con las adicciones, con aquello que comienza como una experiencia momentánea y termina sujetando la vida.

Al principio puede parecer algo pequeño: una experiencia, una sustancia, una relación o una búsqueda de satisfacción. Pero, cuando queremos darnos cuenta, podemos dejar de ser dueños de nuestra propia vida.

Aquello que comenzó como algo aparentemente controlable puede terminar afectando la familia, la dignidad, la integridad y la vida entera. Así opera el engaño: seduce, atrae y termina sujetando. También puede manifestarse en otras áreas de la vida. Hay cosas que pueden parecer buenas, pero que terminan separándonos del propósito que Dios tiene para nosotros.

Por eso el espíritu de engaño es también un espíritu de seducción. No podemos ignorar esta realidad espiritual. La Biblia nos recuerda que existe una lucha que va más allá de aquello que podemos ver y comprender solamente con nuestras capacidades humanas. Pero también existe una realidad espiritual de vida y libertad.

Jesús venció. Jesús derrotó al infierno y abrió el camino para que tengamos comunión con el Padre y vivamos una vida espiritual sana.

Por eso oramos y adoramos. Cuando adoramos, declaramos la dignidad de Jesús y reconocemos su autoridad. Cuando nos reunimos, estamos declarando que Jesús es importante y que nos interesa lo que Dios quiere para nuestras vidas. Estamos reconociendo su autoridad sobre nosotros. Al comenzar cada día, podemos hacerlo en el nombre de Jesús y enfrentar las realidades espirituales desde esa autoridad. No estamos hablando solamente de conceptos o filosofías. Estamos hablando de aquello sobre lo que caminamos y vivimos.

A lo largo de toda la Biblia, el concepto de las nubes aparece para describir la altura, lo alto y el cielo. Pero también puede utilizarse para describir la decepción de aquellos que tienen la forma, pero están vacíos de la naturaleza de Dios.

Hay una escena en 1 Reyes 18, en un contexto muy similar al que describe Judas. Elías aparece en medio de un sistema perverso. Israel estaba gobernado por Acab y Jezabel, en un contexto marcado por la idolatría, la corrupción y el abuso del poder.

En medio de esa situación, Dios levanta a Elías. Él no es una nube sin agua: es una tormenta impetuosa. No solamente habla o acusa. Ora y el fuego del cielo desciende. Clama y la lluvia se detiene.

En una época de sequía, después de un largo período sin lluvia, Dios decide respaldar a Elías. Después de confrontar al rey Acab, Elías comienza a orar para que la lluvia vuelva a tocar la tierra seca y el pueblo tenga esperanza. Se pone de rodillas y comienza a orar. Cuando termina, le dice a su siervo que vaya y observe si hay alguna nube en el cielo. El siervo va y vuelve diciendo que no hay nada.

Una vez, dos veces, tres, cuatro, cinco, seis y hasta siete veces, el siervo va y viene. En la séptima ocasión, regresa y dice que ve en el horizonte una nube como una mano. Era una pequeña nube. Sin embargo, para Elías era suficiente. Elías entiende que esa nube está cargada de agua y que anuncia que la sequía ha terminado. Entonces le dice a su siervo que vaya y avise a Acab que la lluvia está por llegar. Y así sucede: la lluvia llega. Esta historia nos ayuda a comprender la diferencia entre una nube sin agua y una nube cargada de vida.

Las nubes que vienen de Dios no necesariamente tienen que parecer grandes tormentas. Pueden tener una apariencia pequeña, pero contener en su interior la vida necesaria para transformar la tierra y darle vida.

La Biblia también habla del regreso de Jesús entre las nubes. Un día veremos el cielo y las nubes se abrirán, y el Rey de gloria regresará. No será una promesa vacía. Será una promesa sustentada en Jesús, quien dijo que moriría en la cruz y murió.

Cuando Jesús fue traspasado en la cruz, de su costado brotaron sangre y agua. Él había dicho que aquellos que creyeran en él tendrían en su interior ríos de agua viva. Jesús no es una nube sin agua.

Lo que describe Judas es el carácter contrario al carácter de Jesús. Judas habla de manchas; Jesús es quien limpia las manchas. Habla de aquellos que comen impúdicamente y se apacientan a sí mismos; Jesús es el pan de vida y el buen pastor que entrega su vida por las ovejas. Habla de nubes sin agua; Jesús es la fuente de agua viva. El que bebe de él no tendrá sed jamás.

Habla de aquellos que son llevados de un lado a otro por los vientos; Jesús es el que es, el que era y el que ha de venir. Él permanece para siempre. Habla de árboles otoñales sin fruto; Jesús es el árbol de la vida. Habla de quienes estuvieron muertos y desarraigados; Jesús estuvo muerto y resucitó. Él es la raíz de David que permanece para siempre.

Habla de fieras ondas del mar que producen vergüenza; Jesús es quien ha borrado toda vergüenza. El contraste es evidente. Judas nos advierte que no debemos dejarnos dominar por el engaño de este tiempo, que lleva a menospreciar lo espiritual y a vivir sin esperanza.

No debemos permitir que la mentira nos haga quitarle valor a lo espiritual. No debemos dejarnos consumir por el engaño.

Por eso Judas nos llama a conservar la fe, permanecer en Cristo y mantenernos llenos del Espíritu Santo. Al final de la carta encontramos una de las declaraciones más poderosas: Dios es poderoso para guardarnos sin caída hasta el final. A él corresponden toda la gloria, la honra y el poder.

Algo que se conserva es algo que puede mantenerse más allá del transcurso natural de los procesos de descomposición. Es algo que se preserva y se mantiene para un momento determinado. De la misma manera, cuando Judas habla de ser preservados, no está hablando de escondernos. Conservarnos no significa ocultarnos. Significa ser preservados para el propósito. Hay algo que Dios cuida y separa para el momento oportuno.

Sabemos que mantenernos íntegros no siempre es fácil. La vida cotidiana está llena de pecado, presión y desgaste. La fe puede agotarse y nuestras fuerzas físicas y emocionales pueden debilitarse. Pero esta lucha no consiste solamente en evitar la perdición. También se trata de ser preservados para el momento del propósito.

Cada vez que luchamos por mantenernos íntegros, cada vez que nos entregamos con amor y cuidamos nuestra vida delante de Dios, estamos fortaleciendo aquello que nos conserva para el momento oportuno.

Preservarnos del engaño significa guardarnos y caminar en integridad. El engaño puede seducirnos y llevarnos a vivir una falsa espiritualidad. Puede hacernos ignorar aquello que Dios tiene para nosotros, romper los lazos de amor con los que Dios quiere trabajar y adoptar una forma religiosa que, por dentro, está vacía.

Podemos servir a Dios, ser músicos, pastores o adoradores, tener el lenguaje y conocer las formas, pero estar vacíos por dentro.No hay nada más triste que vivir una religión en la que Dios está ausente. Podemos tener la forma, el lenguaje y la estructura, pero si no existe una relación viva con Dios, todo termina siendo vacío.

Por eso necesitamos permitir que la Palabra nos confronte y nos lleve a mirar nuestro corazón. Dios no saca a la luz aquello que hay en nuestras vidas para condenarnos, sino para llevarnos a la libertad.

A pesar de nuestras caídas, él tiene propósito con nosotros. A pesar del sistema de este mundo que nos oprime, Jesús murió en la cruz para darnos libertad.

No somos un árbol sin fruto ni una nube vacía de la gracia de Dios. Somos hijos de Dios, llamados a vivir llenos de vida y del amor que proviene de él No somos personas destinadas a dejar todo a medias. Nuestra vida está llamada a permanecer fundada en Cristo. No somos estrellas errantes que aparecen por un momento y después desaparecen. Somos llamados a permanecer en la luz de Cristo.

Cuando leemos a Judas, su mensaje confronta nuestra naturaleza de pecado con la naturaleza de Cristo que quiere vivir en nosotros. Nos recuerda que no debemos ser engañados, que no debemos conformarnos con un sistema religioso vacío y que no debemos dejarnos llevar por una visión de la vida que nos conduce permanentemente a la queja. También nos recuerda que Dios dejó al Espíritu Santo y que Dios es poderoso para guardarnos sin caída.

¿Cómo podemos vivir sin caer? La respuesta es depender absolutamente de Dios. Él puede levantarnos de nuestras fallas, perdonar nuestros pecados y errores, levantar nuestra cabeza y arrancarnos de la mediocridad espiritual.

Así como Cristo fue resucitado, también tiene poder para levantarnos. Por eso, toda la gloria, toda la honra y todo el poder pertenecen a Dios.

Isaías profetiza acerca de aquellos que vienen como nubes y como palomas hacia sus ventanas. Esta imagen habla del retorno del Rey y de una salvación gloriosa. Podemos preguntarnos: ¿qué clase de nube queremos ser?

Queremos ser una nube que anuncie el retorno de Jesús. Aunque sea pequeña, como aquella nube del tamaño de una mano que vio el siervo de Elías, queremos ser parte de un avivamiento que lleve la vida de Cristo a otros. Necesitamos pedirle al Espíritu Santo que obre en nuestro corazón y nos haga libres del engaño.

No se trata de enfocarnos solamente en nuestros errores. Se trata de despertar la osadía para decir: no queremos ser engañados, no somos cualquier cosa y no vivimos sin propósito. Hemos sido llamados a ser preservados para esta temporada.

No queremos una vida cristiana mediocre. No queremos solamente las formas, el lenguaje o la estructura. Queremos a Cristo.No queremos solamente explicaciones humanas. Queremos su presencia viva encendida en nuestro corazón.Queremos una plenitud que nos permita resistir hasta el final.

Como una nube que es movida por el viento, podemos ser llevados a distintos lugares, pero queremos estar llenos para que aquello que podamos brindar sea de bendición.

No debemos conformarnos ni dejarnos engañar. No somos nubes sin agua. Tenemos a nuestra disposición el río de agua viva.

Por eso podemos acercarnos a Dios y decir:«Señor, examínanos. No tenemos miedo de que nos veas tal como somos. Queremos que examines nuestro corazón y que nos muestres si hay en nosotros caminos de perversidad. Nuestro deseo es amarte con todo lo que somos y todo lo que tenemos».