
24 de agosto de 2025
Estamos leyendo juntos el libro de Isaías, quien nos muestra a aquel que ha de venir. Jesús es el alfa, la omega, el principio y el final, el que es, el que era y el que ha de venir. Isaías es tan especial porque su profecía nos muestra el panorama completo. Se paró en medio del dolor de un pueblo que estaba sufriendo las consecuencias de haberle dado la espalda a Dios, declara que era tiempo de volverse a Dios porque mira el futuro y ve que, si no lo hace, la tierra será arrasada y el pueblo sería consumido.
Las consecuencias de nuestra desobediencia, de nuestra falta de temor a Dios, no solo recaerán sobre nosotros, sobre el pueblo de Israel, sino sobre toda la tierra. Isaías está consumido por este mensaje y lo predica. Solo que, cuando se para a predicar lo que Dios le pone en el corazón, él lo encuentra confiable, y no solo le muestra lo que necesita ver para ese momento, sino que le muestra todo el panorama: la primera venida del Mesías.
Cientos y cientos de años antes, Isaías ve dónde va a nacer Jesús, cómo, qué va a pasar con sus padres, cuáles van a ser las características de su ministerio, cómo Él va a dar su vida en rescate por muchos. Pero no solo Isaías profetiza de manera clara estas situaciones, sino que profetiza lo que, mientras sucede con Jesús, va a pasar con su pueblo. No solo el pueblo de Israel, sino la iglesia que, por el sacrificio de Jesús, será considerada también el pueblo de Dios.
Ve, además, hasta el final, ve que el Mesías volverá, los cielos se abrirán y Él vendrá para establecer justicia y reinar con su pueblo para siempre. Para entender lo que está escrito es simplemente ver que la consecuencia de lo que se ha declarado sigue en marcha.
Tenemos que pedirle sabiduría a Dios para entender cuál es nuestro lugar en lo que está escrito, cuál es nuestra parte dentro de este plan extraordinario.
Todo lo que hacemos tiene que ver con eso porque Isaías nos muestra el valor de mirar todo el plan completo. A nosotros todo nos abruma: los problemas, el gobierno, nuestras necesidades, nuestras debilidades, pero tenemos la tendencia de que, en vez de mirar el panorama completo, miramos solo la porción que nos toca, miramos el momento que estamos viviendo, y eso, en vez de traernos libertad y esperanza, nos encierra en nosotros mismos. Se trata de mí, de mi casa, de lo que tengo y de lo que no, de lo que quiero lograr, los demás no interesan. Cuando Cristo viene a tu vida te abre el panorama. Por supuesto que le das importancia al aquí y al ahora, pero también entendemos que están sujetos a un plan más grande.
Nuestras vidas, desde el momento que entregamos nuestro corazón a Jesús y decidimos creer en Él, han sido invitadas a ser parte de su historia, una historia que fue, es y será. Él nos invita con todos nuestros errores y nuestros defectos.
Qué difícil es tratar de entender o creer que nuestras historias tan llenas de equivocaciones, tan llenas de cosas que ni siquiera nos gusta exponer, de repente Dios ahora las invita a ser parte de su historia. Isaías nos muestra algo: no acomodamos la historia de Dios a nuestras vidas, no es que yo busco en la Biblia ver cómo se encaja Dios a mi realidad, no. En ella Él pone a nuestros hijos, nietos.
Él me invita a ser parte de su historia, Él toma mis errores del pasado, Él toma mis equivocaciones, mis éxitos y los introduce en una historia eterna.
Tener una manera profética de ver las cosas es corrernos un poco para ver el panorama completo. Cuando nuestras vidas encajan en un plan y se acomodan a él, dejan de ser solo un momento pasajero de ímpetu, de satisfacer solo necesidades, para ser parte de un plan eterno. Claro que nos afligimos por la situación actual, Isaías también lo estaba porque muere un rey valioso como Uzías, después le seguiría un rey perverso que traería maldición. Las cosas estaban mal y, encima, el corazón de la gente se endurecía. De hecho, el profeta Isaías va a morir como mártir, no lo van a querer escuchar.
Al pueblo no le interesa arrepentirse, no quiere cambiar de actitud, simplemente quiere salir del problema porque solo ve su dolor. Isaías ve más allá, y Dios lo usa como una persona de ojos abiertos que nos muestra el panorama completo de lo que es, lo que fue y lo que ha de venir.
Por eso, leer la Biblia es entender que la palabra profética nos ayuda y nos llena de esperanza, saber que el momento que atravesamos, sea bueno o malo, va a pasar, pero que es parte de un plan que se trazó desde la eternidad y termina con una victoria extraordinaria. En su historia eterna Él nos conecta y le da sentido a todo.
Isaías, en los capítulos 24, 25, 26 y 27, nos va a profetizar sobre los juicios que Dios ya emitió, emitirá y desatará sobre la tierra. Un juicio no es alentador para aquellos que son culpables, pero sí es alentador para aquellos que son inocentes. Nos va a mostrar que la tierra va a ser arrasada, que la conducta del pueblo no va a cambiar y que la consecuencia que se va a desatar desencadenará un montón de hechos.
Ve lo que pasa en el momento y lo que va a pasar en los próximos ciclos, cómo el pueblo de Israel, que es un pueblo que Dios escogió, será dispersado y destruido, pero es un ejemplo que nos muestra lo que sucederá con el pueblo de Dios en la tierra. Pero aún a través de todos los juicios, aún a través de todas las situaciones, siempre habrá un remanente con el que Dios se conecte.
Siempre ha habido una iglesia a través de toda la historia.
¿Por qué ejecuta juicios, por qué caen tanto sobre los malos como sobre los buenos? Porque la justicia de Dios se establece sin hacer acepción de personas. En Isaías 24 habla de un tiempo de juicio para el pobre y para el rico, viene sobre todos. Pero aquellos que han mantenido su corazón, que han invocado a Dios y han encontrado justicia, descubrirán amparo y cuidado delante de su presencia.
La palabra “refugio” aparece muchas veces en las profecías de Isaías: Él será el refugio contra la tormenta, será refugio en medio del juicio, uno desgastante que te quita las fuerzas, largo y costoso. La incertidumbre es como lo que sucede en el libro de Éxodo, cuando el Señor tiene que juzgar a Egipto: las plagas caen, pero también tocan al pueblo de Dios, la diferencia es que son cubiertos de una manera especial.
Nos toca el dolor, la violencia, las situaciones difíciles, la enfermedad de este sistema. Dios es amor, pero es un Dios de justicia. El malvado recibirá su pago, el inicuo, el que mora en corrupción, aquel que se vale de la necesidad de la gente. A lo largo de la historia hemos visto tiranos, perversos y muchos aun hablando en el nombre de Dios, y día a día parece que convivimos con más gente que solo se ama a sí misma y rechaza hasta a sus padres. Lo dice la Biblia sobre el carácter de los hombres en los últimos días. Dios no está ajeno a esa realidad, Él establece justicia y provee de todo lo necesario.
Ahora, lo interesante es que en el proceso de los juicios de Dios hay varias etapas. La primera etapa que Isaías ve cumplida son las consecuencias que el pueblo de Israel sufrirá: será saqueado, llevado a otros lugares y un remanente permanecerá. Pero también en ese juicio Isaías profetiza la primera venida de Jesús. De repente el Juez, el que tiene el poder de condenarnos por nuestras debilidades, se hace hombre y carga en su propio cuerpo todos nuestros delitos, y nos da la oportunidad de acercarnos a Él para que en medio del juicio, siendo culpables, seamos vistos como inocentes.
Isaías nos muestra cómo es el juicio de Dios: no mira la maldad de lejos, la castiga. Dios ordena, establece principios, llama a la gente que le tema y provee de su único Hijo para que en medio del juicio tengamos libertad. Pero también Isaías ve que, aun proveyendo a su único Hijo, muchos lo van a negar y el mundo seguirá su curso.
Y ve también cómo el juicio de Dios sobre esa actitud frente al Hijo de Dios se establecerá sobre la tierra, y la tierra será sacudida, habrá tensiones en toda la tierra hasta que Él establezca un pueblo que crezca en las naciones. Y un día aquel que dio su vida abrirá los cielos, volverá y, en medio de uno de sus juicios más fuertes, establecerá su reino, y con Él reinaremos para siempre.
Esta es la historia completa: vino, murió, resucitó, ascendió, envió al Espíritu Santo y pronto va a volver. Este es el evangelio.
Debemos encontrar nuestro lugar en esta historia, aprender a mirarnos a través de los ojos de la palabra profética porque en medio de Isaías profetizando sobre el juicio lo tenemos parado en un pedestal diciendo que la tierra sería sacudida, la gente se levantaría y las naciones temblarían, las personas recibirían el pago de toda su maldad. Isaías no solo era un profeta que predicaba sino un cantor, hay varias canciones en su libro. En el capítulo 26 es una canción, un canto de alabanza al Señor y revela cómo el corazón de Dios nos sostiene en medio del juicio.
La canción de justicia es la que nos conduce a través del juicio y nos muestra cómo debemos caminar en el momento en que Dios está actuando y obrando. De repente, en medio de la profecía, el profeta canta. Es importante mirar esto según su momento histórico; es imposible no mirar hacia el futuro y darnos cuenta de que Isaías desde el punto donde está nos revela lo que sucederá a lo largo de la historia. La canción que Isaías nos muestra declara que en medio del juicio tenemos una ciudad fuerte, estamos rodeados por muros que son la salvación de Dios para nosotros.
El Señor nos muestra cómo la justicia de Dios viene y cómo nosotros también somos parte y sometidos a esa justicia, pero Isaías canta y dice tranquilos, para todos los que confiamos en Dios, para los que hemos decidido caminar con Él, tenemos una ciudad fuerte.
Juntos estamos construyendo una ciudad que tiene muros alrededor que son la salvación de nuestro Dios.
Esa ciudad es la que nos protege y nos cuida, la construimos juntos; no es una ciudad de puertas cerradas, tiene las puertas abiertas para que todos los justos, todos los que buscan la justicia, puedan encontrar refugio y vivir en completa paz en medio del juicio. Nos revela lo que Dios está haciendo con nosotros ahora, no está hablando de la nueva Jerusalén que es la ciudad del final de los tiempos, está hablando de lo que pasa en medio del juicio, en medio de la tensión, de la violencia. Él va a poner una ciudad fuerte que tendrá sus puertas abiertas para que los justos entren y para que haya salvación. Esta ciudad es el pueblo de Dios, es la iglesia que Cristo ha construido para esta hora y este momento. Esta ciudad está compuesta por nuestras vidas, por nuestras historias.
Este es nuestro lugar en la profecía bíblica, vemos todo el tiempo que somos débiles, que no podemos, que no vamos a poder sostener relaciones que nos cuestan, todas son consecuencias con las que estamos lidiando, pero en medio de ellas, en vez de fijar nuestra mirada en nuestra debilidad, Dios nos dice que confiemos en que Él construirá una ciudad fuerte, donde sus muros no van a ser nuestros logros personales sino su salvación.
¿Qué es lo que nos da seguridad? Seguridad no es tener la capacidad de ponerle el pecho a las balas; nuestra capacidad no nos da seguridad porque estamos caminando en un mundo que está siendo juzgado y en medio de un juicio está siendo condenado, y lejos de arrepentirse, se levanta con violencia una y otra vez.
Isaías lo profetiza, mira el mundo y dice que se van a levantar señores arrogantes a lo largo de la historia, se van a levantar dictadores, se van a levantar grandes ciudades que ofrecerán refugio, pero el Señor las va a derribar. Es un reflejo de la humanidad. Grandes imperios que se caen, grandes dictadores que son sometidos, revoluciones que aplastan sistemas.
Dios no es socialista ni capitalista. Dios no es de izquierda ni de derecha. Es el Señor de toda la historia, su iglesia no se mueve al ritmo de los movimientos sociales, su iglesia se mueve en el calendario profético que el Señor tiene.
Isaías dice que en medio de ese sistema estarán los que confían en Dios y han escogido obedecer su ley, los que entienden que todo lo que logran viene del Señor, ellos serán guardados en completa paz. Si seguimos a Jesús, vivimos en completa paz. Los que luchamos por ser cada día mejores, rindiendo el corazón para no acomodarnos a este sistema, miremos esta canción y hagámosla nuestra. Porque Isaías dice que habrá gente noble que se levantará, que quiera vivir en paz, gente que quiera construir, dar vida, salir a pintar murales, partir el pan, bendecir, llevar a Cristo al deporte, en medio de la sociedad.
En medio de un mundo que está siendo juzgado habrá una ciudad fuerte de puertas abiertas para aquellos que están desolados, que son abusados, para aquellos que están heridos. Construimos en medio del juicio algo que es glorioso; la iglesia es ese oasis, es ese lugar aunque a veces no quieren entrar, pero si abrimos las puertas los justos entrarán, los que tienen hambre van a venir.
Isaías es totalmente sincero consigo mismo, porque le dice al Señor que es consciente de que no hemos cumplido el propósito que nos ha sido dado como pueblo, no hemos sido luz para las naciones. Nosotros como pueblo de Dios teníamos una misión: mostrar a las naciones el Dios verdadero, hemos fallado y le dimos la espalda. Sufrimos, tuvimos dolores de parto, pero no dimos nada. Isaías está decepcionado, pero después dice que tenemos la esperanza de que su plan sigue en marcha, va más allá de nosotros. Al final de su canción menciona que ni aun la muerte tiene poder sobre nosotros, porque los que mueren en el Señor serán levantados.
Este es el mensaje del evangelio que nos nutre de esperanza. Lo que Isaías está diciendo es que aunque no alcanzamos lo que Él había prometido, hay una esperanza mayor; seguimos esperando y luchando. ¿Cuál es esa esperanza? Que cuando perdemos nuestra vida en Cristo hay eternidad. Pero no solo eso, Él va a abrir los cielos, va a venir a ejecutar los juicios y vamos a reinar con Él para siempre.
Termina diciendo que tenemos refugio, que corramos a refugiarnos en Él, porque hay un propósito eterno y en medio del juicio hay una canción de justicia que traerá paz, que los bendecirá y que los llevará más allá de lo que han podido soñar.
A diferencia de este pueblo, nosotros tenemos dolores, nos quebrantamos, Dios nos muestra cosas. ¿Qué hacemos con la realidad que nos supera? Simple: tomar lo que tenemos y partirlo, construir lo que Dios nos ha llamado a hacer, ser fieles en aquello que el Señor nos ha puesto. Entender sin temor, sabiendo que tenemos todas las respuestas en Dios y que en medio del juicio que estamos viviendo y que habrá de venir, habrá refugio, amparo y vamos a crecer en medio de la fortaleza.
Isaías dice que va a demostrar su confianza obedeciendo sus leyes y va a adorar día y noche. Eso es casa de oración, necesitamos ser parte del cuerpo de la iglesia que es la casa de oración a las naciones. Isaías nos muestra el modelo para atravesar temporadas en victoria.
El Señor es quien nos va a guardar en completa paz sin importar lo que suceda porque Él prometió que nos rodeará con murallas.
Ya no se trata de acomodar a Dios a nuestra vida; acomodamos nuestro destino y futuro al plan eterno del Señor, donde sabemos que Él es principio y final del plan, Él tiene el poder en medio de la debilidad y en medio de la fortaleza, donde tenemos seguridad, no estamos solos, Él volverá y reinaremos con Él para siempre.
¿Qué canción estamos cantando? ¿Y si cantamos una canción de justicia? Que nuestros hogares sean un refugio donde disfrutemos estar. Que Jesús esté, llevémoslo a casa, moldeamos nuestra casa como un hogar fuerte donde hay obediencia, amor a Dios y no miedo al juicio sino temor por cumplir su palabra. Sigamos construyendo entre todos espacios que tengan puertas abiertas y cobijen a la gente que tiene necesidad.
Él nos invitó y nos trajo para que la persona de Jesús sea reflejada de la mejor manera en nuestras vidas. Reflejamos aquello que amamos, tratamos de mostrar aquello que vivimos, nos representa aquello que nos apasiona. Nos vestimos de Cristo mientras Él va creciendo en nosotros. Pero tenemos una canción de justicia. Cantemos nuestra propia canción de justicia.
“Señor, nos rodean los muros de tu salvación, guardas nuestras vidas en completa paz y aunque los impíos se levanten, eres mi sustento, mi gracia, mis generaciones están bajo tu protección. Señor, ni la muerte tiene poder sobre nosotros y si hoy muriéramos en Cristo resucitaremos y disfrutaremos por la eternidad.
Señor, que nuestro dolor no sea en vano, que dé como fruto la salvación para otros y que podamos esperar con confianza tu regreso, sabiendo que nuestras vidas te pertenecen. No tememos al juicio, nuestra atención está puesta en aquel que es nuestra protección. Señor, confiamos en vos, mientras te esperamos construimos una ciudad de refugio en Rawson, somos una iglesia segura, fuerte, de puertas abiertas que ama y que bendice a las personas”.