18 de enero de 2026
Como iglesia estamos leyendo el libro de Proverbios, un libro que llega directamente a donde está la necesidad, alcanza nuestro corazón y nos revela lo que Dios tiene para nosotros.
Tomamos lo que Dios nos da para ser traspasados por esa verdad y caminar en ella, porque es una verdad que produce fruto. Proverbios tiene una forma literaria particular, basada en la tesis y la antítesis, que presenta el blanco y el negro para que quien lo lea pueda tomar una decisión por sí mismo. El tema central del libro es el contraste entre la sabiduría y la necedad, y dentro de ese contraste aparece también el antagonismo entre la pereza y la diligencia.
Este es un tiempo en el que somos sacudidos y llamados por el Espíritu Santo a poner atención en lo que Él quiere hacer con nosotros. La pereza, que a simple vista puede parecer algo menor, esconde problemáticas muy actuales como la depresión, el aislamiento, la angustia y la pobreza.
La raíz de la palabra pereza no está solamente relacionada con la falta de ganas, sino con la tristeza. Cuando la tristeza se instala, produce parálisis, bloqueo y cierre interior. Como mecanismo de defensa, muchas veces cerramos las situaciones que nos dañaron, nos defraudaron o nos lastimaron, sin resolverlas. Con el paso del tiempo, esa tristeza no trabajada se transforma en pereza, y esa pereza termina manifestándose en problemas emocionales, económicos y aun físicos, sin que comprendamos el origen.
La pereza de la que habla Proverbios no es una patología psicológica, sino una actitud espiritual. En el hebreo, la palabra perezoso describe un acto voluntario de postergar lo que debe hacerse, de ser negligente. La pereza no aparece de un día para otro, sino que se instala como un sopor que enfría, detiene y bloquea, hasta llevar a un estado de muerte interior. Es un proceso silencioso, pero profundamente destructivo. La pereza está ligada a la falta de provisión y también a la falta de fe.
La fe no es un salto al vacío ni un impulso desordenado; la fe es un plan. Cuando conocemos a Jesús, conocemos la fuente de la verdad, y esa verdad nos da claridad sobre el futuro. Desde esa claridad comenzamos a caminar en el plan de Dios, aun cuando ese plan nos lleve a pasos que parecen imposibles. La fe no es simplemente creer que Dios puede hacer algo mejor, sino confiar en que Dios tiene un plan perfecto para nuestras vidas y decidir caminar en él.
La fe es acción, previsión y obediencia.
La pereza, en cambio, busca evitar el esfuerzo, se acomoda en la inacción y termina llevando a una vida sin propósito. Proverbios nos invita a mirar a la hormiga, algo pequeño y aparentemente insignificante. La hormiga no tiene jefe, ni capitán, ni gobernante visible, pero entiende los tiempos. Reconoce cuándo es verano y cuándo es invierno, y actúa en consecuencia. Se esfuerza en la temporada correcta, sabiendo que el esfuerzo presente será el sustento del mañana. Este ejemplo no es solo un consejo práctico, sino una confrontación directa al sistema de valores de este mundo.
Vivimos en una cultura que valora más el descanso que el esfuerzo, más el entretenimiento que la proyección de vida, y más el vivir para uno mismo que el darse por los demás. Ese sistema termina enterrando a las personas en una vida sin propósito. En contraste, Dios nos llama a despertar, a abrir los ojos y a comprender que, a diferencia de la hormiga, nosotros sí tenemos Capitán. Nuestra vida está gobernada por el Rey de reyes y Señor de señores desde el momento en que la rendimos a Cristo.
Caminar con fe implica aprender a discernir las temporadas y responder a ellas con obediencia.
La fe se transforma en un plan que ordena prioridades y no solo momentos. Es un plan que nos enseña a escuchar la voz del Capitán y a dejarnos direccionar por Él. Aprendemos a reconocer cuándo es tiempo de esfuerzo y cuándo es tiempo de refugiarnos bajo Sus alas, sin perder el avance. La revelación del Espíritu Santo nos permite salir del estado de inacción y vivir una vida productiva en todas las áreas.
La pereza nos detiene, nos adormece y nos mantiene en el mismo lugar.
La consecuencia de ese ensueño es que la pobreza llega como un hombre armado. La pobreza no es solamente una condición social o económica; es una condición espiritual. No está determinada por la cantidad de recursos, sino por el propósito. Una persona puede tener poco y vivir en plenitud, o tener mucho y vivir en pobreza interior. La pobreza aparece cuando dejamos de avanzar y nos quedamos dormidos.
Muchas veces venimos de contextos donde la pobreza económica fue una realidad constante, y tendemos a culpar a los sistemas o a las circunstancias. Sin embargo, entendemos que los sistemas de este mundo siempre responden a intereses que no son eternos. En medio de todo eso, Dios levanta personas con temor, visión y claridad. La pobreza no está definida por el lugar donde nacimos ni por el trabajo que tenemos, sino por la condición del espíritu. La pereza se convierte en la raíz que permite que la pobreza se instale y robe lo que tenemos.
La pereza es tibia, invita a acomodarse, a conformarse, a pensar que ya se hizo lo suficiente y que no hay nada nuevo de Dios para nuestras vidas.
Poco a poco adormece el corazón, hasta que la pobreza entra y toma lugar. Como generación tenemos la oportunidad de romper líneas de pobreza espiritual y económica, de abrir camino y de cambiar historias. En la línea de tiempo de una familia puede aparecer un despertar que marque un antes y un después, cuando alguien decide no repetir patrones y abrazar la verdad que libera.
La diligencia, en cambio, es prontitud, es un corazón encendido y con propósito.
No es algo que se obtiene una vez y para siempre, sino algo que se renueva constantemente. La diligencia se desgasta, se vacía, vuelve a llenarse y sigue avanzando. Lo que sostiene ese proceso es el propósito. Entender que todo lo que hacemos, entregamos y soñamos tiene un peso eterno nos permite perseverar sin rendirnos.
Hemos sido llamados por el Rey de gloria y comprados con precio de sangre. Cada acción hecha por amor a Él tiene valor eterno. El propósito va más allá del bienestar personal; está ligado a la eternidad, a las generaciones que vienen, al impacto del amor de Dios en el lugar donde vivimos.
Una persona con propósito siempre enriquece, porque su vida se convierte en una fuente de bendición.
La riqueza bíblica no se limita a lo material, sino que tiene que ver con un corazón encendido y con propósito. Quien camina con propósito necesita recursos, y esos recursos vienen de Dios. Lo poco o lo mucho que tengamos proviene de Él, y somos llamados a administrarlo con diligencia, a honrar el lugar donde estamos, a multiplicar lo que se nos ha confiado y a generar con lo que Dios puso en nuestras manos, para bendición de otros y de las naciones.
El deseo no es negativo cuando está conectado al propósito. El problema aparece cuando el deseo no va acompañado de acción. El perezoso desea pero no alcanza; el diligente prospera en todo lo que emprende. Proverbios no presenta fórmulas mágicas, sino principios espirituales. La diligencia nos saca del sueño, mientras que la negligencia produce hambre, deudas y estancamiento, porque repite los mismos patrones sin cambiar el carácter.
El perezoso vive dominado por el temor y las excusas. Construye argumentos para no avanzar, se esconde detrás de mentiras y se acomoda en la necesidad. El temor paraliza y la pereza termina consumiendo el alma. Todo esto también se refleja en el Nuevo Testamento, cuando Jesús habla del carácter de la iglesia que lo espera. Las parábolas de Mateo 25 muestran la diferencia entre quienes se preparan y quienes se acomodan, entre quienes cargan aceite de más y quienes viven en la mediocridad espiritual.
Dios nos da dones, capacidades y recursos a todos, y somos responsables de lo que Él pone en nuestras manos. Cuando aceptamos lo que nos fue dado y lo entregamos a Dios, aun las ruinas de generaciones pueden transformarse en nuevos fundamentos.
La vida no es una línea recta, pero sí está marcada por el propósito con el que Dios nos llamó.
La pereza es un susurro del infierno que adormece el alma y busca acomodar los principios de Dios a una vida sin compromiso. Por eso necesitamos un despertar del Espíritu Santo, un despertar del ánimo y del corazón. Es tiempo de negarnos a vivir en la mediocridad espiritual, de no permitir que se pierda lo que Cristo nos dio, y de caminar en la plenitud del Espíritu.
Estamos en un tiempo de esfuerzo y de siembra. No es tiempo de estar dormidos ni detenidos. Es tiempo de resolver, de servir, de avanzar y de responder al llamado de Dios. Que nuestro espíritu sea encendido y que, al esperar en el Señor, nuestras fuerzas sean renovadas, para caminar sin cansarnos y correr sin fatigarnos, confiando plenamente en Él.

