22 de marzo de 2026
En este trimestre, como iglesia, estamos hablando del Espíritu Santo como Espíritu de verdad y sabiduría. Estos primeros meses son fundamentales para entender cómo sucede todo, hacia dónde estamos yendo, para abrazar la Palabra y corregir aquello que nos detiene, de manera que podamos vivir un año bajo el protagonismo del Espíritu Santo.
En Colosenses 4:2-6 (NTV), el apóstol Pablo escribe en el contexto de una revelación profunda acerca de la persona de Jesús. La carta a los colosenses es un tratado de Cristología: en sus primeros capítulos nos muestra que Jesús es la imagen del Dios invisible y que por medio de Él, en Él y a través de la Iglesia, todas las cosas fueron hechas. Luego, nos lleva a fijar la mirada en Cristo y nos muestra cómo esa revelación produce una manera de vivir íntegra y en santidad.
Sin embargo, en este pasaje Pablo introduce una paradoja: estando preso, pide oración, pero no para salir de la cárcel ni para mejorar sus condiciones, sino para que Dios le dé oportunidades de predicar el evangelio. Pablo establece un principio claro: no ora por circunstancias favorables, sino por oportunidades.
Luego nos incluye a nosotros, llamándonos a vivir con sabiduría delante de quienes no conocen a Dios, aprovechando cada oportunidad para mostrar a Cristo. Nos exhorta a hablar con gracia, con amabilidad, de modo que tengamos respuesta para cada persona. Debemos permanecer en la oración. Cuando le damos el señorío al Espíritu Santo, esto vuelve una y otra vez: no se trata de aparentar que oramos, sino de vivir en oración.
Permanecer en la oración es sostener un diálogo constante con Aquel que es el fundamento de nuestra vida y el centro de nuestra pasión. La oración es una conversación completa, que adopta distintas formas, momentos e intensidades.
La única manera en que la oración no funcione es no orando. La ausencia de oración debilita, nos limita y nos desconecta de su Presencia. Oramos en la congregación, pero eso no es suficiente: necesitamos orar en todo tiempo, en cada situación. A veces, la oración consiste simplemente en escuchar.
Pablo también nos enseña que la oración comunitaria nos lleva a otro nivel. Orar unos por otros, unirnos como iglesia, interceder por lo que Dios está haciendo en otros lugares, tiene poder.
La oración nos madura, y esa madurez nos permite estar listos para reconocer y aprovechar las oportunidades.
La palabra “oportunidad” tiene un significado profundo: proviene de la idea de “llegar a buen puerto”, como un viento favorable que impulsa al navegante. La oportunidad está ligada a la capacidad de interpretar ese viento.
En el Nuevo Testamento, esta idea se conecta con la palabra griega Kairós, que habla del tiempo de Dios: el momento en el que Él dice “ahora”. Esto se diferencia del kronos, que es el tiempo humano, el tiempo cronológico. El Kairós es el momento donde todo se alinea para que el plan de Dios se cumpla.
Por eso es tan importante el Espíritu Santo. Pablo ora por oportunidades entendiendo que no son condiciones ideales, sino momentos en los que Dios puede ser glorificado a través de cualquier situación. Las oportunidades no son instantes aislados ni privilegio de unos pocos, sino parte de un plan eterno que Dios trazó desde antes de la fundación del mundo.
El autor de Hebreos explica que la inmadurez espiritual nos impide aprovechar esas oportunidades. Hay personas que viven toda su vida como niños espirituales, enfocadas en sí mismas, sin desarrollar discernimiento.
La madurez se alcanza a través de la práctica, del ejercicio constante de la fe, de la oración y de la obediencia, hasta desarrollar la capacidad de discernir el bien y el mal y reconocer el momento oportuno.
La madurez no es ausencia de placer, sino descubrir el verdadero placer. No es dejar de disfrutar, sino disfrutar plenamente aquello que tiene valor eterno. Por eso Pablo, aun estando preso, no pide salir de esa situación, porque entiende que está dentro del plan de Dios y que incluso allí hay oportunidades para manifestar su gloria.
¿En qué contexto se presentan esas oportunidades? En todo lo que vivimos: en el trabajo, en las tensiones diarias, en las limitaciones del sistema, en las exigencias de la vida. Es allí donde debemos discernir el tiempo de Dios, que es distinto al tiempo de los hombres.
Jesús mismo vino en un contexto adverso, bajo el dominio romano, en una sociedad debilitada. Muchos esperaban un cambio político, pero no supieron reconocer el tiempo de Dios. Jesús declaró que el reino de los cielos había llegado, pero ellos no pudieron verlo porque estaban enfocados en su propia expectativa.
Hoy también necesitamos abrir los ojos. El mundo está siendo sacudido, pero por encima de todo eso, el plan de Dios sigue avanzando. Él continúa revelándose y alcanzando a las personas. Somos llamados a vivir con buen testimonio, a tener conversaciones que conecten a otros con el cielo.
Cuando nuestro corazón está alineado con el plan de Dios, incluso lo más simple se convierte en una oportunidad.
Lo más triste sería encontrarnos con Jesús y darnos cuenta de todas las oportunidades que dejamos pasar, de las batallas incorrectas que peleamos y de todo lo que se nos escapó por no estar enfocados en el evangelio.
Hoy el Espíritu Santo está sobre nosotros como Espíritu de verdad y sabiduría, para ayudarnos a entender el plan de Dios y a atrapar las oportunidades divinas. Este es nuestro momento dentro del plan eterno. No es tiempo de postergar decisiones, de escondernos o de acomodarnos. La tierra está siendo sacudida y hay señales claras de que es tiempo de cosecha. Jesús mismo dijo que aunque algunos crean que falta mucho, el tiempo ha llegado.
Estamos frente a una oportunidad única en medio del cumplimiento de las palabras proféticas. Estamos parados sobre la roca en medio de la tormenta. Dependemos de Jesús, de su provisión y de su cuidado. No estamos ciegos a la realidad, sino atentos al plan de Dios.
Compartimos a Cristo porque conocemos el final de la historia. Sabemos quién está por encima de todas las cosas.
Abramos nuestro corazón a la obra del Espíritu Santo y no perdamos las oportunidades que el cielo nos propone. No es nuestro tiempo: es el tiempo de Dios. Es tiempo de salir de la especulación y permanecer en la oración.
