
10 de agosto de 2025
Isaías 6:1-13 (NTV)
El rey Uzías era un buen rey, una señal de esperanza para un reino que venía en decadencia permanente. Uzías era familiar de Isaías.
En medio del dolor y de la desesperanza, el cielo se abre. Los teólogos dicen que esto no fue una visión, sino que literalmente Isaías, como Juan, fue traspuesto al trono de Dios. No es que se le abrió el cielo y comenzó a imaginarse todo lo que nos habla el capítulo, sino que literalmente él fue puesto delante del trono. Allí ve la gloria de Dios, a Dios sentado en su trono, y cómo su gloria lo llena todo, no solo el cielo, sino toda la tierra.
La gloria de Dios no es solo lo que sentimos cuando no nos podemos contener; es más que una luz incandescente, más que la fama de un rey. La gloria es la presencia del Rey, esa presencia que le da sentido a todo: al universo, al amanecer, a las constelaciones. Es la fuerza que nos levanta cada mañana.
Sin la gloria de Dios no estaríamos hoy aquí; sin ella, la oscuridad sería absoluta. El reflejo de su gloria nos da propósito, nos da sentido; despierta el hambre en todos los seres humanos. Cualquier persona, por más incrédula o atea que sea, está buscando la gloria de Dios.
La mayoría no la encuentra en Jesús, sino en fuerzas místicas, en energías, en “hacer el bien” o, peor aún, buscando la gloria en el mal: lastimando a otros, buscando placer momentáneo, una luz efímera que les dé un instante de satisfacción y los saque de la mediocridad y la oscuridad. Lo que busca el ser humano —inconscientemente, desde que cayó en Edén— es volver a encontrar esa gloria. Solo que la gloria de Dios no es efímera como la de los hombres: la gloria de Dios lo llena todo y está en todo.
En su trono es donde Él habita, y ahí es donde Isaías tiene un encuentro con Dios. Allí hay serafines. La palabra “serafines” en hebreo es curiosa: comparte raíz con la que describe a los reptiles o serpientes. En el original, sería un ser con figura de serpiente que tiene seis alas: con dos se cubre los ojos, con dos adora, con dos cubre los pies, y están encendidos en fuego.
Estos seres, expuestos permanentemente a la gloria de Dios, no la pueden resistir. Tiene sentido que Satanás —un ángel caído— haya tomado forma de serpiente en el Edén para engañar al hombre. Los serafines también estaban fuera del Edén con espadas encendidas para custodiar el jardín donde antes el hombre caminaba. Pero ahora Isaías ve a estos seres encendidos, adorando a Dios permanentemente, y su reacción es preguntarse qué hace él en ese lugar. No lo entiende, se siente morir y reconoce que pertenece a un pueblo inmundo de labios.
Si analizamos los cinco capítulos anteriores de las profecías de Isaías, vemos que marcan al pueblo al que él pertenece: un pueblo en pecado, en desobediencia. Él se identifica con su pueblo y entiende que no puede estar en esa gloria sin ser consumido. Sus ojos han visto al Rey sentado en su trono y sabe que puede caer muerto. Pero, en un instante, ve cómo uno de los ángeles toma un carbón encendido de la Presencia de Dios y toca sus labios para limpiarlo y purificarlo.
Un carbón puede ser mineral: roca que, con años de presión y calor, se convierte en fuente de energía (como se usaba en las máquinas a vapor antiguamente). O puede ser carbón de leña: madera expuesta al fuego hasta transformarse en combustible encendido.
El carbón que toca la boca de Isaías no es otra cosa que Cristo Jesús, la piedra que desecharon los edificadores y que ahora es la cabeza del ángulo. Esa piedra maravillosa que fue expuesta a la presión de la muerte, herida por nosotros, pero que venció y, al resucitar, se convirtió en la fuente purificadora de nuestros corazones y vidas.
Jesús no solo es piedra: también es madera, el trozo de la cruz que cargó. Esa cruz empapada en su sangre, que representa victoria sobre el infierno y la muerte, todavía tiene el poder de tocarnos y purificarnos. El ángel toma el carbón con tenazas, aunque es un ser de fuego, porque ese carbón tiene una gloria que ni el ángel puede tocar. Ese fuego produce santidad.
Cuando toca la boca de Isaías, este se siente puro e inmediatamente Dios exclama: « ¿A quién enviaré? ¿Quién irá por nosotros?». Isaías no sabe a dónde lo enviarán, ni lo que le espera, pero responde como consecuencia de la purificación recibida: « ¡Señor, heme aquí, envíame a mí!»
Isaías no calcula costos porque en la gloria de Dios no se puede calcular nada. Cuando Dios habla, ya no importa el precio, el destino o el resultado: importa que Él es quien envía. Isaías no calcula costos, porque en la gloria de Dios no se puede calcular nada.
Dios lo enviaba a un pueblo que no escucharía su mensaje (pueblo judío) y, hasta el día de hoy, el pueblo de Israel lee al profeta Isaías y no lo entiende; no les es revelado quién es Cristo. No hay otro profeta que lo haya profetizado con mayor claridad.
Pero Dios menciona que no desaparecerá su pueblo, porque así como se corta un árbol al ras y vuelve a nacer, así también con el pueblo: siempre habrá un remanente santo, hasta que venga el Rey de Gloria. Israel, para nosotros, es importante porque hay una referencia, y esta palabra, aunque parece negativa, muestra que el pueblo que Dios escogió se transformó en una bendición; porque nosotros, los que no somos judíos, fuimos injertados en ese tronco por la gracia de Cristo. Somos un solo pueblo.
La palabra de Isaías es una palabra dura para un tiempo difícil, pero que trazaba el rumbo de una iglesia que ya no estaría marcada solo por una pequeña tribu de Medio Oriente, sino que toda lengua, toda tribu, toda nación, por medio de la gracia de Cristo, sería injertada en ese tronco y reinaría con Cristo para siempre. En este contexto, Isaías recibe su llamado.
Esta es la imagen del llamado para la iglesia de este tiempo: no podemos caminar en plenitud si no entramos en el mensaje profético, y el Espíritu profético es Cristo Jesús. Somos iglesia, somos su cuerpo, somos la profecía hecha carne para su regreso. Somos las personas que Él escogió para adorarle, pero también para darle a conocer.
Hoy estamos delante del trono a cada momento. Los tiempos de adoración que tenemos, la experiencia a la que Dios nos lleva, no nos pueden dejar solo un momento de misticismo que nos dé ánimo, porque inevitablemente, cada vez que somos llevados a la presencia de Dios, somos confrontados con su gloria para que definamos los “porqué” de nuestras vidas, para que tengamos la capacidad, como Isaías, de reconocer que tenemos labios inmundos.
Cuando la presencia de Dios viene, lo que se despierta en nosotros es convicción de pecado, no culpa. La culpa produce vergüenza; cuando Adán siente vergüenza, se esconde de Dios. La culpa es algo que produce Satanás en nuestros corazones y nos lleva a escondernos detrás de las excusas, de las mentiras y de nuestras debilidades. La culpa viene del infierno. Pero cuando somos expuestos a la gloria de Dios, lo que sentimos no es culpa, es convicción de pecado; es lo que sintió Isaías.
La convicción de pecado nos expone delante del Señor y nuestro corazón se quiebra, pero el Señor coloca un carbón encendido que quema nuestros labios y nos libera de la culpa, del temor y de lo que nos condena. E inmediatamente se escucha la voz de Dios: « ¿A quién enviaré? ¿Quién irá por nosotros?»
La consejería de Dios se resuelve así: nos purifica y nos da propósito. Dios no obliga a Isaías, sino que él entiende que su vida ha sido tocada y transformada, y le pide a Dios que lo envíe. Entonces Isaías comienza a profetizar. La convicción de pecado y el temor de Dios es algo que no podemos perder, porque mantiene vivo el llamado de Dios en nuestras vidas.
Nuestra experiencia con la gloria de Dios nos tiene que llevar a tener en claro por qué vivimos, para quién hacemos las cosas, por qué las desarrollamos, por qué estamos en pie. Dios pone aún un mensaje mayor que el de Isaías, más poderoso, un mensaje que le habla a la gente de este tiempo: que hay esperanza, que Cristo resucitó y que volverá por nosotros. Un mensaje que nos lleva a ser luz en medio de la oscuridad, un mensaje que no podemos callar, un mensaje que nos dice que, en medio de las pérdidas, siempre habrá un remanente.
Hoy los convocados somos nosotros. Podemos decir, como Isaías y Juan, que vimos al Señor sentado en el trono, porque lo que hoy nos toca no es la palabra de un predicador, es la persona del Espíritu Santo en medio de nosotros. No estamos juntos para ser una comunidad de fe más, que crece con jerarquías o estructuras institucionales, sino que estamos reunidos en el nombre de Jesús delante del trono de Dios.
No es una experiencia en el trono, no es un momento de la gloria de Dios que después nos habilita para vivir una vida de pecado. Cada vez que su gloria nos toca, nos invita a renovar nuestro llamado de ir más profundo. En este tiempo, el carácter de la iglesia es el de una iglesia que prepara el camino para su regreso, que tiene las mismas características que tenían Elías y Juan el Bautista.
Por eso el Señor nos convoca a casa de oración, donde las puertas de su trono se nos son reveladas y, juntamente con su gloria, Él quiere renovar el llamado en nuestros corazones: « ¿A quién enviaré? ¿Quién irá por nosotros?»
Si el llamado no arde, entonces no es llamado. Si la indolencia nos gana y lo que hacemos es solamente una repetición de actos, entonces solo será una tarea; pero si, como Isaías, somos consumidos por el amor y la misericordia de Dios, todo tiene sentido, todo tiene propósito y marca un rumbo diferente. Este es un llamado que nos expone a su gloria y que nos envía para hablar en el nombre de Dios.
En este último tiempo, vamos a caminar en una unción profética como nunca antes, y en medio de una iglesia que se confunde en lo profético, en medio de tantas voces que utilizan la voz de Dios para comerciar, que profetizan solo por dinero o por la exposición personal, en medio de un espíritu de confusión como nunca antes hemos visto, creemos que habrá una iglesia con el carácter de Isaías, que obedece la voz de Dios al ser enviada.
No solo hablarán al mundo con el poder de sus palabras, sino que hablarán con el fruto de sus vidas, con lo que construyen, con sus actos, con su carácter y con su forma de ser. Isaías, expuesto a la gloria de Dios, casi muerto por su debilidad, es levantado por el poder de Dios y no le reclama absolutamente nada, porque ha visto su gloria.
Cuando somos expuestos a su gloria y la convicción de pecado se apodera de nosotros, ya no podemos vivir para otra cosa que no sea hacer su voluntad, ya no podemos más que levantarnos todas las mañanas de nuestras vidas y decirle a Dios: «¡Heme aquí, envíame a mí!»
Hemos visto su gloria, somos perdonados, somos purificados, nuestras vidas tienen propósito y así Dios hace con nosotros lo que Él ya destinó. Debemos dar a conocer al Cristo que tenemos en nuestras vidas para crear el mundo para las generaciones que vienen. Respondamos a su llamado: ¡Heme aquí, envíame a mí!