22 de febrero de 2026
La iglesia tiene como protagonista a la persona del Espíritu Santo. No es una institución sostenida por estructuras humanas, sino una comunidad viva que se construye entre todos, con la historia y la vida que cada uno trae, desarrollándose de manera única bajo la guía del Espíritu.
Como iglesia estamos leyendo el Evangelio de Juan, y al encontrarnos con la escena de Jesús y Nicodemo entendemos una verdad central: es necesario nacer de nuevo.
Nicodemo necesitaba saber qué debía hacer para ser salvo, cómo podía cambiar el rumbo de su vida. La respuesta de Jesús fue clara: debía nacer de nuevo.
El nuevo nacimiento no es una mejora externa ni una reforma moral superficial; es un cambio de naturaleza. Es renunciar al pecado, a la maldad, es un arrepentimiento genuino que abre la puerta para que Jesús sea Señor de nuestras vidas.
El Espíritu Santo es quien trae convicción de pecado mostrándonos a Jesús. Cuando, por medio de la fe, vemos a Cristo, entendemos que Él derramó su sangre para limpiar nuestra maldad, que ocupó nuestro lugar en la cruz del Calvario. Su sacrificio no solo garantiza el cielo, sino que abre una puerta para vivir una vida espiritual.
Y vivir una vida espiritual no es adherirse a una religión ni someterse a una estructura humana que intenta convencernos de algo; es vivir en relación permanente con su persona. Es nacer en el Espíritu y caminar en libertad.
Somos seres tripartitos: cuerpo, alma y espíritu. Durante mucho tiempo intentamos dividir estas partes como si pudieran funcionar de manera aislada, pero no es así.
El dolor físico afecta nuestras emociones; un conflicto emocional impacta en el cuerpo y también en el espíritu. Todo está conectado. El espíritu es el punto donde se equilibra todo lo que somos. Cuando espiritualmente no nos relacionamos correctamente con la persona de Dios, otra fuerza espiritual ocupa ese lugar en nuestras vidas.
Los espacios vacíos que no son llenos por el Espíritu Santo se llenan de otras cosas y reproducen aquello que es su naturaleza. Por eso, nacer del Espíritu es caminar en la vida del Espíritu Santo, establecer un vínculo real con Él y colocarlo como Señor de nuestras vidas y de nuestros hogares, incluso en las acciones más simples. Es encontrar equilibrio aun cuando el cuerpo está dolido o las emociones están alteradas.
El Espíritu Santo lo equilibra todo y conecta nuestra vida con Jesús para revelárnoslo.
El Espíritu Santo que vive en nosotros sobrepasa todo lo que podemos dar o hacer. Somos personas imperfectas, vasos de barro llenos de su gloria.
Cuando Él entra en nosotros, enciende un fuego en el corazón que nos impulsa a conocer a Jesús y a revelarlo. De repente, vidas rotas y quebradas, transformadas por su poder, arden de amor para que otros lo conozcan.
En este tiempo de caos, el Espíritu Santo quiere ser el protagonista de nuestras historias.
El Espíritu Santo es una persona. Es Dios, la tercera persona de la Trinidad. Habita en nosotros y nos conecta con Jesús, quien intercede delante del Padre. Está presente en el momento de mayor crisis y también en el de mayor éxito. Es la persona que Jesús dejó.
Si recuperamos el temor de Dios y entendemos el valor de su presencia, no hay situación imposible, porque le damos libertad para que Él sea Señor. Y donde el Espíritu es Señor hay libertad: libertad para que los ambientes sean transformados, las vidas cambiadas y los corazones tengan una nueva oportunidad. Él nos guía a toda verdad y a toda sabiduría.
Cuando nacemos en el Espíritu, caminamos en la vida del Espíritu. Una de sus obras principales es ayudarnos a interpretar correctamente a Jesús y el evangelio.
El Espíritu es claro: nos revela al Padre, nos da convicción, transforma nuestro carácter y establece pautas firmes en nuestra vida. Sobre todo, nos revela la verdad.
En el Evangelio de Juan vemos cómo Jesús es movido por el Espíritu: al desierto, a la cruz, a la entrega total.
Jesús es cien por ciento hombre, sometido a nuestras debilidades, pero con una conexión plena y constante con el Espíritu Santo para hacer la voluntad del Padre. Si Jesús necesitó esa dependencia, cuánto más nosotros.
El Espíritu Santo también nos ayuda a interpretar correctamente los “no” de Dios.
El “no” de Dios es parte de su plan y de su proceso. En el jardín del Edén, uno de los primeros “no” aparece cuando Dios prohíbe a Adán y Eva comer del árbol que estaba en el centro del huerto.
El “no” estaba en el centro. Dios no creó seres autómatas ni robots espirituales; nos creó a su imagen y semejanza y nos dio libertad. Y no hay libertad sin opciones.
El árbol no era simplemente el fruto de la tentación; era el símbolo de la libertad. Sin embargo, muchas veces nos enfocamos en el “no” y olvidamos todos los “sí” que lo rodean.
Corremos a quebrantar lo que vemos como una barrera, cuando en realidad es parte del plan de Dios para formar su carácter en nosotros.
Jesús también dijo “no”, y esos “no” eran parte del plan del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. En Juan 2:1-11 vemos la boda de Caná.
Todo comienza con una pareja en el Edén y culmina con una boda: el novio que viene a buscar a su novia. Jesús utiliza su primer milagro como símbolo de esta historia. En medio de la noche, en una boda que se queda sin vino, aparece un vino nuevo que permite que la celebración continúe.
Jesús es el protagonista. Lo invitan a Él y a sus discípulos. Es un tiempo de alegría, pero el vino se acaba. María interviene. Ella no le pide directamente un milagro; le pide que haga algo para que la boda no se arruine.
Jesús responde con un “no”: “Aún no ha llegado mi hora.” Sin embargo, el “no” no paraliza la acción. Él obra a su manera. Manda traer las tinajas del ceremonial y transforma el agua en vino nuevo, un vino mejor que el primero, que sostiene la fiesta hasta su consumación.
Ese vino nuevo es figura de un remanente formado a través de aceptar los “no” de Dios. No sabemos qué esperaba María, pero seguramente no imaginaba que el agua destinada al lavado sería transformada en el mejor vino. Así también nosotros estamos en medio de la fiesta, en un tiempo donde el amor de muchos se enfría y el evangelio se trivializa.
En un mundo que negocia la santidad y la integridad, Dios está formando un remanente.
Vivir el evangelio implica entrega y sacrificio, pero no es un sacrificio sin recompensa. Somos llamados como agua común para ser transformados en vino nuevo para esta temporada. Cuando muchos niegan su fe y la inmoralidad avanza, hay un pueblo que fue separado y transformado para esta hora. Ese vino fue procesado a través de aceptar el “no” de Dios.
Cuando Jesús dice “no”, no es para ofendernos ni para alejarnos, sino para iniciar un nuevo proceso en nuestra vida.
El “no” de Dios se procesa caminando bajo el dominio del Espíritu Santo. Vivir a Jesús es hacer lo que Él dice que hagamos. Muchas cosas que están detenidas en nuestras vidas no esperan un “sí”; esperan que aprendamos a procesar el “no”.
El “no” de Dios no puede impedirnos ver todos los “sí” que nos rodean.
Cuando lo procesamos en comunión con el Espíritu Santo, crecemos en carácter, en justicia y en amor por la iglesia. El “no” marca un camino nuevo. Dios está trabajando, formando, moldeando, y nosotros sometemos nuestra vida a su voluntad.

