5 de abril de 2026
Juntos estamos leyendo el libro de los Hechos. Caminamos y leemos la palabra congregacionalmente porque de esta manera tomamos una línea en aquello que estamos caminando. No es solo leer por leer, es alinearnos, es entender hacia dónde vamos como iglesia. El libro de los Hechos es el motor, es el poder del Espíritu Santo derramado. Si no fuera por el Espíritu Santo, no estaríamos haciendo lo que hacemos. Él es el protagonista de la palabra en la cual caminamos este año como iglesia.
Durante los primeros tres meses de este año estuvimos hablando del Espíritu de verdad y sabiduría. Estuvimos confrontando la mentira con la verdad, recuperando el temor de Dios, enfrentándonos a la voz de Aquel que tiene el poder de darnos convicción de pecado. No es una voz más, no es una opinión, es una convicción que atraviesa el alma.
Ojalá pudiéramos ver lo que pasa en el mundo espiritual cuando el Espíritu Santo sale a nuestro encuentro. Hay un choque de espíritus. Porque nosotros no estamos acá porque alguien nos convenció con palabras. No es un argumento, no es una idea.
La verdadera transformación del alma y del espíritu ocurre cuando su presencia nos conmueve hasta lo más profundo del corazón.
Y es ahí donde nos preguntamos: ¿cómo un Dios tan perfecto se pudo fijar en alguien tan imperfecto como nosotros? ¿Cómo Dios, conociendo nuestros errores, nuestras debilidades y nuestros pecados, puede amarnos? ¿Cómo un Dios tan grande puede enviar a su Hijo para morir en la cruz por nosotros?
No es un concepto lo que transforma el alma. No estamos acá por un dogma desarrollado a lo largo de la historia. Es la persona del Espíritu Santo, quien conoce lo profundo del corazón del Padre y que habitó en Jesús. Esa persona es la que sale a nuestro encuentro. Y cuando sale, es más grande que cualquier predicador, más grande que cualquier voz humana. Es la tercera persona de la Trinidad llevándonos a los pies de Jesús.
Nos muestra nuestra maldad, pero no para culparnos. Nos muestra nuestra maldad para guiarnos al arrepentimiento genuino. Rompe nuestro corazón delante de Jesús para que Él pueda hacer algo nuevo en nuestras vidas. De repente, lo que era una idea vaga se convierte en una realidad. Deja de ser una imagen o una sensación y se convierte en Aquel que es. Entonces lo declaramos Señor de nuestras vidas y comenzamos a caminar con Él.
Y el Espíritu Santo no se va. No es que cumple una función y desaparece. Él viene, nos llena y camina con nosotros a lo largo de toda la vida. Nos levanta, nos sostiene y aun cuando nos olvidamos o nos alejamos, Él sigue insistiendo, sigue intercediendo, sigue atrayéndonos.
Y no solo eso. Cuando nos disponemos a servir, nos llena. Despierta dones, capacidades, talentos. Nos capacita para crecer, para avanzar, para construir. El Espíritu Santo es más que una fuerza que nos visita. No es algo que manejamos o controlamos. Es la tercera persona de la Trinidad que entreteje el plan de Dios. Dios no improvisa. No aparece por momentos. Somos nosotros los que nos desordenamos, los que nos desalineamos. Pero aun así, Él tiene un plan y no se arrepiente.
Los que fuimos marcados por el Espíritu Santo vivimos con esa marca. Y podemos decidir que sea solo una marca o podemos decidir que esa marca se convierta en una relación profunda que guíe nuestros pasos hasta la eternidad.
El Espíritu Santo es el artífice del plan divino. Fue el primer soplo en Génesis, fue quien condujo la historia en el Antiguo Testamento, fue quien habitó en Jesús y hoy es quien nos conduce y nos prepara para su regreso.
Por eso, los que creemos en Jesús somos portadores de una esperanza poderosa. Y cuando hablamos del poder del Espíritu Santo, uno de los poderes más extraordinarios que viene a nuestras vidas es el poder de la esperanza.
No es una esperanza superficial. No es pensar que mañana va a estar todo bien. Es una esperanza cierta, anclada en un plan que se cumplió y que se cumplirá. Es una fuerza que nos levanta en la debilidad, que nos sostiene en la dificultad y que nos lleva más allá. El apóstol Pablo dice que hay tres cosas que permanecen: la fe, la esperanza y el amor. Son tres que en realidad son uno. No se puede vivir sin ninguno de estos elementos.
Sin fe es imposible agradar a Dios. La fe es el sustento, es lo que nos levanta, lo que nos hace caminar. Pero no cualquier fe. Es la fe puesta en Jesús. Porque en el nombre de la fe se han hecho muchas cosas que lastiman, pero la fe genuina es la que está centrada en Él.
La esperanza, ¿cómo viviríamos sin ella? ¿Cómo nos levantaríamos cada día sin la certeza de que hay algo más? La esperanza nace de haber visto que la muerte fue vencida. Es la que nos permite despedir a un ser querido sabiendo que hay reencuentro. Es la que nos hace construir aun en medio del desierto.
Y el amor no es nuestra capacidad. El amor es Jesús. Porque nuestro amor es limitado, es egoísta muchas veces. Pero Él es el amor. Estos tres elementos son vitales. Y la ausencia de uno de ellos produce una vida vacía, una vida sin sentido. Por eso, cuando viene el Espíritu Santo, nos revela a Jesús. Y en ese encuentro, la fe, la esperanza y el amor comienzan a habitar dentro nuestro.
El poder de la esperanza vive en nosotros, y esa esperanza está alineada al cumplimiento de su plan.
Y ese plan se revela en Jesús. Un Dios que se hizo hombre, que nació en un pesebre, que fue vulnerable, que dependió de sus padres, que vivió como nosotros. Un Dios que se metió en nuestra historia. Jesús nació como fue prometido. Vivió como siervo. Fue a la cruz. Llevó nuestro pecado. Como dice Isaías, fue menospreciado, rechazado, cargó con nuestras rebeliones.
La cruz es el poder de Dios transformando un símbolo de muerte en un símbolo de vida. Es el lugar donde todo cambia. Es el punto de encuentro entre el cielo y la tierra.
La cruz está vacía, pero llena de significado. Está marcada por la sangre que nos limpia, por la gracia que nos alcanza. Es refugio, es identidad, es dirección.
Cuando miramos la cruz, no solo vemos el sacrificio. Vemos la resurrección. Vemos que la muerte no pudo vencer. Que la oscuridad no pudo resistir la gloria.
La tumba está vacía. Y esa tumba vacía es nuestra esperanza. Es la evidencia de que la muerte fue derrotada.
La cruz marca el camino. Es un punto de referencia eterno. Es el lugar al que volvemos una y otra vez.
Es ahí donde encontramos gracia. Es ahí donde encontramos perdón.
Es ahí donde entendemos que Aquel que dio su vida también prometió regresar.
La cruz marca el camino, y el camino nos recuerda que Aquel que se entregó va a volver.
