1 de febrero de 2026
Proverbios 31 es muy interesante porque en el versículo 1 dice:
“Los dichos del rey Lemuel, oráculo mediante el cual su madre los instruyó.”
Básicamente, Proverbios 31 son consejos de una madre a un hijo. Y aunque esto pueda parecer algo simple o cotidiano, para la cultura del Medio Oriente antiguo era totalmente disruptivo. Consejos de una mujer en una cultura oriental. En esa cultura, la mujer no daba consejos; la mujer era considerada un objeto.
Sin embargo, el pueblo de Dios, que nace de los principios divinos, siempre tuvo esta nota de alteridad: encontrar la dignidad en la imagen de Dios, tanto en el hombre como en la mujer. La Biblia dice que hombre y mujer los creó; dos que son uno y que revelan a Aquel que es uno. Por eso no es que Dios le da dignidad a la mujer, Dios la crea digna. Eva es digna desde su creación y, en el proceso de la caída, tanto Adán como Eva son responsables de lo que sucede.
Dios no dice: “La mujer es más pecadora que el hombre, la voy a degradar”. No. Los dos pecaron, los dos son uno. Los dos pierden dignidad e integridad cuando el pecado entra al mundo. Y parte de esa puerta abierta al pecado es que el hombre termina enseñoreándose de la mujer y lastimándola. A lo largo de la historia, la mujer queda relegada.
Proverbios 31:10 dice: “Mujer virtuosa, ¿quién la hallará?”
Jesús mira a la mujer y reconoce su dignidad. Y esto nos muestra algo fundamental: uno puede tener dignidad, pero si no hay alguien con autoridad que la reconozca, esa dignidad queda anulada. Puedo decir “soy digno”, pero si no hay quien respalde y revele esa dignidad, queda silenciada. Esa indignidad que cargaban el hombre y la mujer fue quebrantada cuando Jesús vino como hombre a la tierra y devolvió la dignidad a ambos. Los libró del pecado y los puso en una misma posición, con diferentes tareas.
Por eso, hoy como nunca antes, mujeres son sanadas, son libres y son transformadas por el poder de Dios cuando se encuentran con Él. Y por eso los hombres no podemos denigrarlas, lastimarlas ni tratarlas como objeto, porque hacerlo es ir en contra de la imagen de Dios. Y de la misma manera, mujer amada, no podés pararte desde un lugar que lastime la masculinidad o rebaje al hombre, porque no es atentar contra una persona, es atentar contra la imagen de Dios. Cuando la imagen de Dios se borra, lo que queda es vacío.
Un hombre y una mujer que tienen un encuentro con Dios sanan en sus emociones y en aquello que los define. Por eso nuestros jóvenes quieren casarse, formar matrimonios, tener hogares y levantarse una y otra vez. Esto no son normas religiosas. No es cumplir pasos como A, B, C o D. Esto es relación.
Cuando crecemos en la relación con Dios, la dignidad de Dios se manifiesta en nuestras vidas.
En un mundo de indignidad, en un mundo que aplasta al hombre y a la mujer, el evangelio hoy tiene más fuerza que nunca. El evangelio que devuelve dignidad a la mujer, que restaura la masculinidad del hombre, que nos empuja a la santidad y a relaciones sanas, guiados por el Espíritu Santo, tiene poder.
No hablamos de utopías ni de cuentos de hadas. Hablamos de lo que vivimos, de lo que vimos y oímos. Hemos visto relaciones quebradas restaurarse, matrimonios reconstruirse, familias volver a levantarse, hijos recuperados, personas que siguen adelante porque para el que cree no hay nada imposible. Para el que cree en el modelo de Dios.
Proverbios 31.
Es un poema acróstico hebreo. Cada verso comienza con una letra del alfabeto hebreo. Era un poema que una madre le recitaba a su hijo al aconsejarlo sobre una esposa. Pero esto es más que el ideal de una mujer: es la descripción de un pueblo. Es la descripción de una iglesia.
Es la descripción de la novia de Cristo, que somos todos. No es una iglesia idealizada, es la iglesia real. Es el modelo al que buscamos ajustarnos, porque muestra cómo el Espíritu Santo nos ve y cómo nos conecta con Cristo para vivir de esta manera. Este es nuestro estándar.
Álef
En la cultura oriental, la mujer podía valer dos vacas o un campo. Ese era su valor cultural. Pero acá se dice que la mujer virtuosa es más valiosa que las piedras preciosas. En Apocalipsis, cuando Dios muestra la iglesia gloriosa, la describe con piedras preciosas, puertas de perla y calles de oro. No por lujo, sino porque son materiales eternos. Las piedras preciosas no tienen luz propia: refractan la luz. Somos un pueblo precioso porque reflejamos la vida del Hijo.
Lo que Dios construye con su iglesia es eterno.
Bet
El tesoro de la esposa es la confianza del esposo. La lealtad y la integridad. Dios nos encuentra confiables y por eso nos confía matrimonio, hijos, talentos y vocación. Nada es nuestro; todo nos fue confiado.
La ganancia no está en la capacidad, sino en la fidelidad.
Guímel
Ella es fuente. Jesús es el río de vida y la iglesia es el canal. Donde hay sequedad, hay agua. Somos fuente de vida y no de mal. En el hogar, en el trabajo, en la cultura, en la sociedad. No es la excepción, es la regla.
Dálet
Busca lana y lino y trabaja con sus manos. Provee lo sacerdotal y lo cotidiano. Jesús dijo: “Mi Padre trabaja y yo trabajo”. La naturaleza del Espíritu en nosotros es construir y transformar. El esfuerzo con dignidad es parte del llamado.
He y Vav
La vida con Dios es un viaje misionero. Nos levantamos antes, entendemos los tiempos y damos de comer a nuestra familia. La iglesia es un comedor espiritual, emocional y físico. No crece en jerarquías, sino en roles. Cada persona tiene una asignación que le da dignidad y propósito.
Zayín y Jet
Calcula, compra, planta y se ciñe a la justicia. Ajustarse a la justicia del Reino da fuerzas. La falta de justicia desgasta; la justicia fortalece.
Tet
Prospera y su lámpara no se apaga de noche. Negocio es negar el ocio. Prosperar con integridad bendice a la ciudad.
Dios no viene por una iglesia con lámparas vacías, sino por una iglesia llena de aceite.
Esto rompe con la imagen negativa de la iglesia y con parámetros heredados. No es un ideal inalcanzable, es el estándar. Es el modelo de Dios para tu vida y para la mía. El camino es volver al centro: el Espíritu Santo. Traerlo de nuevo al centro del hogar, de las relaciones y de los vínculos.
Somos parte de esta mujer virtuosa, de este pueblo que provee, sana y sirve. Esta es nuestra historia. Esto es lo que Dios nos llamó a ser. Y aunque haya procesos y tensiones, este es un tiempo de confrontación para sanidad, perdón y transformación, para que el nombre de Jesús sea glorificado.

