En Él

Colosenses 2:1-12

Como iglesia estamos leyendo el libro de Colosenses. Esta carta fue escrita por el apóstol Pablo a la iglesia de esa ciudad, aunque él no conocía personalmente a los creyentes de ese lugar. Pablo sabía lo que estaba sucediendo en esa comunidad a través de Epafras, uno de sus colaboradores, quien había llevado el evangelio a Colosas y había participado en el nacimiento de esa iglesia.

Pablo escribe esta carta mientras se encontraba preso. A pesar de su situación, se conecta con la comunidad por medio de esta carta para advertirles acerca de algunas cuestiones que estaban ocurriendo en medio de ellos, pero también para ayudarlos, afirmarlos e impulsarlos en su caminar con Cristo. Una de las ideas centrales que aborda Pablo tiene que ver con cómo la iglesia debe enfrentar la presión de la cultura de este sistema, viviendo la vida que Jesús el Mesías conquistó para nosotros por medio de su muerte y resurrección.

Esto nos lleva a preguntas profundas: la gloria de Dios y la esperanza que recibimos por medio de la obra de Cristo en la cruz, ¿son una realidad presente o una promesa futura? ¿Qué podemos encontrar en Cristo además del perdón de pecados? Si Dios desea que vivamos en plenitud, ¿Qué significa realmente esa plenitud para nosotros? ¿Cómo se vive una vida plena en Cristo?

Unidos en Él

En Colosenses 2:1-12 Pablo habla de la unidad que tenemos en Cristo. Sin embargo, es importante entender que la unidad no es sinónimo de uniformidad. Ser uno no significa tener la misma forma, ni pensar exactamente igual en todo. La Biblia habla de la multiforme gracia de Dios, es decir, de las muchas maneras en que la gracia de Dios se manifiesta en cada persona.

Cada uno de nosotros tiene algo valioso que aportar. Cristo es tan grande, tan glorioso y tan inmenso que no puede ser reflejado completamente por una sola persona. Pero sí puede ser revelado a través de un cuerpo, una iglesia, una comunidad de creyentes.

Por eso, como iglesia entendemos la importancia de caminar junto a otras congregaciones. No buscamos colonizar a otros con nuestras ideas ni imponer nuestras formas. No se trata de que todos piensen exactamente igual que nosotros. Aun teniendo diferentes formas de pensar o expresarnos, estamos unidos en Cristo. De esa manera, los pensamientos de Cristo son los que rigen y gobiernan sobre los nuestros.

Estar en Cristo es una realidad espiritual. La unidad no depende de la cercanía geográfica ni de la organización humana; es una obra del Espíritu. Hoy necesitamos comunidad, pero debemos entender que ninguna estructura humana puede reemplazar la unidad que produce el Espíritu Santo, porque esa unidad es superior.

Cuando vivimos en Cristo espiritualmente, Él nos lleva a amar lo que Él ama, a ir a los lugares donde Él quiere que estemos y a hacer aquello que Él desea. Y aunque nuestros caminos personales puedan ser distintos, terminaremos caminando juntos en Él.

Hay riquezas en Él

En Cristo no solamente encontramos el perdón de pecados. En Él hay una riqueza inmensa. En Él encontramos vida eterna, compasión, amor, esperanza, santidad, poder y sanidad —física, emocional y espiritual—. En Él encontramos propósito, recursos espirituales y materiales, vínculos sanos, alegría, consuelo, abrigo y familia.

En Cristo recibimos un nuevo nombre, amparo, aceite de gozo, reposo para el alma, palabras de vida eterna, agua viva, pan celestial. En Él encontramos fuego, altar, sacrificio, impulso, liderazgo, presencia, paternidad y la llenura del Espíritu Santo.

Todo esto está en Cristo. Hay riquezas en Él. Por eso debemos aprender a tomar de su persona todo aquello que necesitamos.

Vivimos en Él

En Cristo también encontramos libertad. Esa libertad es un territorio que Jesús conquistó para nosotros, pero que debemos aprender a defender todos los días. No somos libres por nuestra propia fuerza; somos libres porque Cristo ganó esa libertad para nosotros. Es como una tierra prometida. Es el terreno espiritual donde hoy vivimos, y debemos cuidarlo y defenderlo con todas nuestras fuerzas.

Pablo utiliza dos palabras muy importantes: arraigados y edificados en Él. La palabra arraigados nos habla de echar raíces. La palabra edificados nos habla de estabilidad. Ambas expresiones nos muestran procesos: crecimiento, construcción, tiempo, dedicación y cuidado.

Algo que está arraigado necesita ser regado para seguir creciendo. Algo que está edificado debe cuidarse para mantenerse firme y, si se quiere seguir construyendo, debe tener buenas bases. Ya hemos sido plantados en Cristo, pero necesitamos seguir recibiendo el agua de su Espíritu. Ya somos un edificio donde Él habita, pero todavía hay áreas donde Dios sigue trabajando.

Pablo también advierte acerca de los engaños. Habla de las filosofías del sistema y de los principios de este mundo. Cuando menciona los “principios”, no se refiere solamente a ideas humanas, sino también a poderes espirituales que influyen en la cultura y moldean la manera en que pensamos.

El enemigo no actúa únicamente intentando asustarnos. Muchas veces trabaja modelando la cultura para influir en nuestra mente, en nuestros pensamientos y, finalmente, en nuestras acciones. Por eso la Biblia nos enseña a llevar todo pensamiento cautivo a la obediencia de Cristo.

Pero si no sabemos qué pensamientos están influyendo sobre nosotros, ¿cómo podremos llevarlos a Cristo? Por eso necesitamos tiempos de silencio, de meditación y de reflexión. El Espíritu Santo es quien nos ayuda a discernir qué pensamientos nos están modelando.

La única manera de vivir seguros es permanecer en Él. Si descuidamos la oración o la vida en comunidad, las filosofías del sistema pueden penetrar fácilmente en nuestra mente. Son ideas seductoras que buscan cautivarnos. Por eso nuestra seguridad está en permanecer en Cristo.

Pablo también nos recuerda que vivir en Cristo implica vivir con gratitud. Sin embargo, la gratitud también es un terreno que debemos defender.

Cuando recordamos que Cristo nos salvó, naturalmente surge el agradecimiento. Pero rápidamente aparece otro gigante que intenta entrar en nuestro corazón: la queja. Muchas veces sentimos que algo nos falta, que nunca es suficiente, que siempre necesitamos algo más para sentirnos completos.

Alguien dijo una frase muy profunda: “La queja es para el infierno lo que la gratitud es para el cielo.”

Nuestra adoración y nuestra gratitud pueden ser frágiles si no las cuidamos. Por eso debemos estar atentos y defender ese territorio. Cuando aprendemos a vivir agradecidos por lo que Dios nos ha dado, podemos caminar en plenitud. Caminamos más livianos, más libres. Podemos avanzar hacia la meta con gozo, porque sabemos que estamos con Él.

Plenos en Él 

El Salmo 16:2-11 nos recuerda que la verdadera felicidad está en el Señor. El salmista declara que Dios es su porción y su herencia. Cuando hacemos de Dios nuestro tesoro, nadie puede quitarnos esa plenitud.

La vida que Dios nos dio es buena. Podemos disfrutarla, reír, llorar, vivir cada momento sabiendo que todo lo que viene forma parte de una buena herencia preparada por Dios.

La plenitud no se encuentra en las circunstancias, sino en Cristo.

Pablo enseña que en Cristo fuimos circuncidados espiritualmente. Eso significa que nuestra vieja naturaleza fue cortada. Morimos al pecado y fuimos resucitados con Él. No somos santos por lo que hacemos, sino por lo que Cristo hizo por nosotros. Su obra implica que Él mismo extirpó nuestra naturaleza caída y nos dio una nueva vida. En Él estamos completos, llenos, plenos.

Sin embargo, muchas veces aparece la sensación de que algo nos falta. Vivimos esperando que en el futuro llegue aquello que finalmente nos hará sentir completos. Esa búsqueda puede convertirse en una carrera interminable.

Pero el enfoque del evangelio es distinto. La gloria futura también tiene una dimensión presente. Cristo ya tocó nuestros corazones. Él ya habita en nosotros. La plenitud que pertenece a la eternidad también afecta nuestra realidad hoy.

Estamos plenos en Él. No nos falta nada. Debemos recordarle esto a nuestra mente, a nuestro corazón y a todo nuestro ser: en Cristo tenemos todo.

A lo largo de la vida habrá situaciones que intentarán robarnos la sensación de plenitud. Habrá adversidades, ataques y momentos de oposición. Pero incluso esas circunstancias forman parte del proceso de una vida con propósito.

Las adversidades muchas veces se convierten en el campo donde se cultivan vidas con significado eterno. La oposición puede ser señal de avance. Los ataques no siempre indican derrota; muchas veces indican que estamos en medio de la batalla.

Si recibimos oposición es porque estamos en el frente. Pero aun si perdemos alguna batalla, la guerra ya fue ganada por Cristo en la cruz. Jesús clavó nuestra deuda en el madero y, en su triunfo, derrotó y exhibió públicamente a los poderes del mal.

Podrán quitarnos muchas cosas en la vida, pero hay algo que nadie puede quitarnos: la plenitud en Cristo.

Porque la plenitud no es una etapa de la vida. No es un estado emocional. No es un lugar al que llegaremos algún día. No depende de lo que tenemos, de lo que vestimos o de lo que poseemos. La plenitud es una persona. La plenitud es Cristo Jesús.

Él es todo lo que el Padre decidió darnos. No se guardó nada. Cristo es todo lo que el cielo pensó para nosotros. No es solamente lo mejor del cielo: Cristo es el cielo mismo.

En Él todo se completa. En Él todo se llena. En Él todo encuentra su plenitud.

“Todo lo que representa a Cristo, todo lo que representa el cielo, todas las bendiciones, toda la herencia celestial, el pan divino, todo lo que el Padre tiene, lo mejor del cielo, el cielo mismo está comprendido en Cristo. Y Cristo está en nosotros. No necesitamos nada más. Solamente a Él.”