Sabiduría en acción

25 de enero de 2026

 Proverbios 8 nos presenta a la sabiduría personificada, hablando en primera persona, revelando que existía antes de la fundación del mundo. No aparece como un concepto abstracto ni como una simple cualidad humana, sino como una realidad viva que estuvo presente junto a Dios durante la obra creadora. La sabiduría declara haber participado del diseño del universo, haberse deleitado en la creación y haber compartido la intimidad del obrar divino.

La sabiduría no es una respuesta tardía a los problemas humanos, sino parte del propósito eterno de Dios.

En Proverbios 8:22-31 se afirma que la sabiduría estaba con Dios antes de que existieran los abismos, los cielos, la tierra y los límites del mar. Esta afirmación nos sitúa frente a una verdad fundamental: vivir conforme a la sabiduría es alinearse con el orden original de Dios. No se trata de adquirir información ni de perfeccionar habilidades humanas, sino de aprender a caminar según el diseño eterno del Creador.

En Proverbios 8:1-8, la sabiduría es presentada como una voz que clama con urgencia. No susurra ni se esconde; se levanta en los lugares públicos, en las encrucijadas, en las puertas de la ciudad, allí donde transcurre la vida cotidiana. Esta imagen revela que la sabiduría no está reservada para unos pocos ni confinada a espacios religiosos, sino que se ofrece a todos los que están dispuestos a escuchar. La urgencia de su voz señala que lo que comunica es esencial para la vida, para las decisiones diarias y para el rumbo de una generación.

La sabiduría siempre comunica verdad, rectitud y justicia. No manipula, no confunde ni acomoda el mensaje según conveniencias. Habla lo que debe ser escuchado, aun cuando confronta, aun cuando incomoda. En un mundo saturado de voces, opiniones y discursos contradictorios, la sabiduría de Dios sigue levantándose como una referencia firme, llamando a volver al centro, a lo que realmente sostiene la vida.

Proverbios 8:10-13 introduce el concepto del temor del Señor como el fundamento indispensable para caminar en sabiduría. Este temor no se relaciona con miedo o terror, sino con reverencia, respeto profundo y reconocimiento de la autoridad de Dios.

El temor del Señor es lo que nos permite aborrecer lo malo. No se trata de una reacción emocional ni de una moral forzada, sino de un rechazo consciente que nace del conocimiento de quién es Dios y de lo que Él ama y aborrece.

Por nosotros mismos no podemos sostener un rechazo genuino al mal. Solo el temor del Señor nos conduce a discernir aquello que transgrede sus diseños, sus mandamientos y su carácter. Cuando conocemos lo que a Dios le indigna, dejamos de justificar el pecado y comenzamos a ordenar nuestras vidas. El mal no se negocia ni se disimula; se confronta a la luz de la cruz, con una actitud de arrepentimiento y rendición.

Justificar continuamente nuestras acciones, minimizar nuestras debilidades o relativizar el pecado evidencia una pérdida del temor de Dios. A Dios no lo sorprende nuestra fragilidad, pero sí espera una respuesta honesta. El pecado tiene consecuencias, y aunque Cristo pagó la deuda completa, su gracia no nos habilita a vivir de cualquier manera. Justificarnos es negar la eficacia de su obra redentora.

Por eso, como comunidad, necesitamos orar para no perder el temor del Señor, para no perder la reverencia por su nombre ni la conciencia viva de su sacrificio. Vivimos en un tiempo donde convivimos constantemente con aquello que Dios aborrece, y se requiere intencionalidad para permanecer firmes mientras aguardamos la manifestación plena de su reino.

La Escritura nos recuerda que, aunque enfrentamos batalla, somos más que vencedores en Cristo. Caminamos en el poder del Espíritu Santo, y aunque el enemigo se resiste cuando anunciamos el evangelio o intercedemos, no vivimos intimidados. No ignoramos sus estrategias, pero avanzamos bajo autoridad, sostenidos por el temor del Señor.

Al formar parte de la familia de la fe, dejamos de vivir centrados en el yo para comprendernos como un nosotros. Somos cuerpo, somos iglesia.

En Proverbios 8:13 se enumeran cuatro cosas que Dios aborrece: el orgullo, la arrogancia, la mala conducta y el lenguaje perverso. El orgullo se manifiesta como autosuficiencia, exaltación del yo y falta de dependencia de Dios.

Dios, en su sabiduría, nos estableció en comunidad para confrontar el orgullo que habita en todos nosotros. Distribuyó dones, estableció liderazgo, organizó familias y diseñó la iglesia para que aprendamos a someternos unos a otros. En un sistema donde nadie quiere servir y todos quieren ser servidos, el reino de Dios invierte la lógica.

La iglesia se convierte en un espacio de sanidad, donde el Espíritu Santo nos libra de ese veneno silencioso que desplaza a Cristo del centro para entronizar al yo.

La arrogancia es la manifestación visible del orgullo. Se expresa como altivez, desprecio hacia otros y una sensación de superioridad. Es una actitud que puede infiltrarse sutilmente en nuestros razonamientos y percepciones. Por eso necesitamos pedir constantemente que el temor del Señor gobierne nuestro corazón, para derribar todo pensamiento que quiera elevarse por encima de la verdad.

La mala conducta no se reduce a errores aislados; es un estilo de vida torcido, sostenido por decisiones repetidas que se oponen a la verdad. Muchas veces se manifiesta en pequeñas concesiones normalizadas que, con el tiempo, desvían completamente el camino. El lenguaje perverso incluye la mentira, la manipulación, el doble discurso y las palabras que hieren. Lo que sale de nuestra boca revela el estado del corazón, y por eso la sabiduría también transforma nuestra manera de hablar.

Históricamente, los Proverbios surgieron como una respuesta a generaciones fascinadas por el poder, la riqueza y los placeres. Los sabios buscaron encausar a los jóvenes, darles dirección y sentido. La iglesia hoy sigue cumpliendo ese rol: es un espacio donde somos entrenados para vivir con sabiduría, eficacia y discernimiento, en medio de una misma atmósfera cultural que nos desafía constantemente.

Proverbios 8:14 declara que el consejo, el buen juicio, el entendimiento y el poder pertenecen a la sabiduría. El consejo es dirección oportuna para tomar decisiones correctas. El buen juicio es prudencia y discernimiento que nos guarda de la impulsividad.  El entendimiento no es solo intelectual, sino espiritual y práctico, y nos permite comprender la voluntad de Dios.

El poder se relaciona con fortaleza interior, carácter, valentía y capacidad para perseverar. La sabiduría no es teórica; es activa y transformadora. Nos enfrenta a una elección constante: amoldarnos a los sistemas de este mundo o alinearnos con la verdad de Dios, aun cuando confronte nuestra carne. La palabra no ofende; revela, y esa revelación produce libertad y fruto. Proverbios 8:17 afirma que la sabiduría se da a conocer a quienes la aman y la buscan.

Amar a Dios implica amar todo lo que Él es: su carácter, su justicia, su manera de gobernar y de edificar su iglesia. A quienes le buscan, Él se revela con mayor profundidad.

En 1 Corintios 1:18-23 se nos recuerda que Cristo crucificado es poder y sabiduría de Dios. Para el mundo es locura, pero para nosotros es vida. El Verbo se hizo carne, habitó entre nosotros, abrió el acceso al Padre y estableció un nuevo camino. Esa obra redentora es la fuente de nuestra sabiduría y la base de nuestra manera de vivir.

Volver al temor del Señor nos permite comprender el sentido de nuestras vidas, la herencia que recibimos y el reino al que pertenecemos. No somos esclavos del sistema ni de nuestras debilidades. La sabiduría se manifestó plenamente en Cristo, quien se humilló hasta lo sumo y entregó su vida. Esa verdad es suficiente para rendir toda nuestra vida a Él. Santiago 3:13-18 nos recuerda que la verdadera sabiduría produce buenos frutos, conductas rectas y una vida alineada con la voluntad de Dios.

Nadie puede vivir así por mérito propio; dependemos del obrar constante del Espíritu Santo, quien edifica, santifica y transforma a la iglesia.

Vivimos un tiempo de aprendizaje, rendición y crecimiento. Habrá tropiezos, pero también restauración y avance. No negociamos la santidad, no justificamos el pecado y no toleramos aquello que destruye. Caminamos en una sabiduría que es dócil, amable, llena de buenos frutos y profundamente enraizada en el temor del Señor.