13 de septiembre de 2026
Judas 1:24-25
Judas termina su carta, en la que nos habla de ser libres del engaño, con una canción. Estos últimos versículos son una doxología de alabanza. Comienza escribiendo con el propósito de advertirnos acerca del engaño, exponer a los engañadores y exhortarnos a abrazar aquello que conduce a vivir una verdadera espiritualidad.
Sin embargo, cuando llega al final descubre algo que parece desbordarlo. Después de hablar acerca del engaño y de la falsedad, hace una pausa. En medio de todo aquello que está denunciando, Judas descubre que Dios es poderoso para guardarnos sin caída, sin mancha y con alegría hasta que estemos delante de su presencia.
La Palabra de Dios resulta confrontativa en estos términos porque el sistema en el que vivimos busca conformarnos a la medida de nuestra debilidad y nuestra mediocridad.
Judas está haciendo un análisis de la realidad y de la falsedad de vivir una fe vacía de sentido y de propósito, pero cuando llega al final ve algo diferente y dice: “Gloria a Dios”. En medio del engaño y de la falsedad, Dios es poderoso para guardarnos sin caída, sin mancha y con gran alegría hasta que Él regrese.
Podemos interpretar este versículo como un deseo o podemos entenderlo como lo que realmente es: aquello que Dios quiere para nosotros. Esto nos lleva a comprender que es posible vivir sin caer, sin mancha y sosteniendo una alegría a lo largo del tiempo que nos lleve plenos a su presencia el día que Él regrese. Si esto es así, hay algo que necesitamos comprender y disfrutar.
Judas revela algo más que una expresión del deseo de Dios. Hay un propósito, algo por lo que Jesús pagó y que muchas veces no terminamos de entender ni de disfrutar. Cuando Jesús va a pagar en la cruz por nuestros pecados, toma la cruz y comienza a subir. Cae una vez, cae dos veces y vuelve a caer. El peso del pecado que está llevando hace que el Hijo de Dios caiga una y otra vez.
En ese momento, el Dios eterno está revestido de carne y hueso, de emociones frágiles como las nuestras. Es hombre y sobre ese hombre está todo el peso del pecado. Jesús sufre llevando la cruz, soportando el desprecio de aquellos que amó, el peso de la inmoralidad, el abuso físico y emocional y la injusticia de un sistema que condena a un inocente.
La religión cae sobre Él con todo su peso y lo condena. No se trata solamente del peso de las cosas que hicimos mal, sino de todo el peso de este sistema, de todas las cosas que nos hacen caer. Jesús cargó todo eso sobre su cuerpo. Cae una vez y vuelve a caer, hasta que finalmente Simón de Cirene lo ayuda y es llevado hasta la cruz.
En el último momento, Jesús es crucificado y se escucha: “Consumado es”. Él desciende hasta lo profundo, hasta las entrañas de la muerte, pero cuando la muerte intenta apresarlo, Él vence y resucita para darnos libertad.
Si Él ya cargó nuestras caídas y pagó el precio por nosotros, no estamos llamados a vivir cayendo permanentemente. Su sangre limpia toda mancha y todo pecado
Si Él ya pagó el precio de nuestro pecado, no necesitamos permanecer atrapados en el enojo, la miseria o aquellas cosas que no queremos. Si por sus llagas somos curados y la sangre que Jesús derramó fue un río de vida, podemos vivir en esa realidad.
Y si el precio de nuestra alegría fue pagado en la cruz, tampoco necesitamos negociar nuestra alegría permanentemente. Aquí aparece algo que Judas descubre y que tenemos que aprender a disfrutar: la gracia de Dios.
¿Cómo Dios nos promete guardar sin caída y sin mancha cuando somos tan falibles? La respuesta aparece a lo largo de toda la Escritura.
2 Timoteo 1:12, el apóstol Pablo dice que está absolutamente seguro de que Dios puede guardar lo que le ha confiado hasta el día de su regreso.
Pablo tiene esa certeza mientras está sufriendo y se encuentra preso. Aun en esa situación, sabe que será guardado hasta el día en que Jesús regrese. Esto nos muestra que la certeza de la fe no viene de nuestra capacidad, sino del plan que Dios tiene para nuestra vida. Él es quien nos guarda de la caída.
La obra de Jesús en la cruz nos ha abierto un camino hasta su regreso, pero no para que vivamos tirados en el piso.
La misma Biblia dice que siete veces cae el justo y vuelve a levantarse. El número siete representa plenitud, y esto nos muestra que cada vez que caemos y nos levantamos por su gracia, levantarnos puede ser también el principio de algo nuevo.
Esto no significa que tengamos permiso para vivir cayendo una y otra vez. Si Jesús cargó nuestras caídas y pagó el precio por nosotros, no podemos darle poco valor a su sacrificio conformándonos con vivir en los mismos errores y pecados. Hasta que Jesús regrese, no estamos llamados a permanecer tirados en el suelo.
Tropezar y no caer es adelantar terreno. La tentación va a estar siempre en nuestra vida, nuestras rodillas se van a debilitar y muchas veces, aun queriendo hacer lo bueno, vamos a equivocarnos. Pero tropezar es diferente de caer. La caída implica aterrizar, y no tenemos que aceptar que nuestro lugar permanente sea el suelo.
Tampoco podemos justificar la caída diciendo que forma parte de nuestro carácter, que somos desordenados, que vivimos enojados o que nuestro pasado determina quiénes somos.
Aunque seamos débiles en algunas áreas, la gracia de Dios nos permite sobreponernos, tomados de su mano, para adelantar terreno y avanzar más allá de aquello que nos hizo caer.
1 Pedro 1:5, se nos recuerda que, por la fe, Dios nos protege con su poder hasta recibir la salvación que será revelada en el día final. Dios no solamente nos levanta y nos rescata de la muerte; también se compromete a protegernos y preservarnos hasta el día en que lo veamos cara a cara.
No se trata solamente del ejercicio de levantarnos una y otra vez del mismo lugar. Existe un compromiso de la gracia con protegernos para no quedar siempre parados en el mismo sitio. Dios nos sostiene para que podamos avanzar.
Filipenses 1:6 dice que Dios, quien comenzó la buena obra en nosotros, la continuará hasta que quede completamente terminada, hasta el día en que Cristo Jesús vuelva. Cuando Jesús murió y resucitó, completó su obra en la cruz del Calvario. Pagó el precio por nuestro pecado y por nuestro dolor, pero también sabemos que todo será completado cuando Él regrese.
Hoy todavía enfrentamos caídas, un sistema corrompido y la muerte que corre por nuestras calles. Convivimos con el dolor, acompañamos a quienes atraviesan enfermedades, extendemos las manos a quienes tienen adicciones, abrazamos al que tiene necesidad y muchas veces parece que el dolor aumenta.
Sí, un día, cuando Jesús regrese, todo se completará. Sí, en la cruz todo fue resuelto. Pero también es cierto que, a medida que nos acercamos a su regreso, todo será completado y existe un plan de Dios desde ahora hasta ese día. No se trata simplemente de sobrevivir en medio de un mundo en caos y llegar al día en que Jesús venga diciendo que hicimos lo mejor que pudimos.
El plan de Dios es que lleguemos a verlo cara a cara sin caída, sin mancha y con alegría. Puede parecer alejado de nuestra realidad, pero no está alejado de la realidad de Dios, porque su gracia es suficiente.
1 Tesalonicenses 5:23 nos muestra que Dios es quien nos santifica y nos sostiene. Es posible vivir sin culpa. La culpa no es de Dios; lo que viene de Dios es la convicción de pecado. Cuando nos equivocamos, cuando erramos o fallamos, el Espíritu Santo nos muestra aquello que hicimos mal para llevarnos al arrepentimiento.
También cargamos muchas veces con manchas que no comenzaron en nosotros. Lo vivido por nuestros padres, el abuso, la violencia, aquello que viene de generaciones anteriores y las equivocaciones del pasado pueden dejar marcas que intentamos esconder. Entonces buscamos taparlas con logros, encerrándonos en nosotros mismos, justificándonos o tratando de alcanzar aquello que nos haga sentir suficientes.
Dios no expone nuestro pecado para condenarnos, sino para hacernos libres. Su gracia nos permite reconocer aquello que está mal, arrepentirnos y volver a levantarnos.
No tenemos que vivir bajo el peso permanente de la culpa ni bajo el temor constante de medirnos con los demás.
A esto se suma el enfrentamiento diario con el pecado y con un mundo marcado por la inmoralidad, la violencia y la decadencia. Sin embargo, Dios es fiel para sostenernos. La sangre de Jesús no es algo estático: es un río.
Ezequiel ve un río que sale del trono de Dios y trae sanidad a las naciones. Juan, en Apocalipsis, también ve un río y el árbol de la vida, cuyas hojas son para sanidad. La gracia que se refleja en la sangre derramada de Jesús es como un río que fluye. Cuando Dios nos limpia, no toma en cuenta nuestro pecado anterior. La mancha que Él lava hoy es la primera.
Este es el misterio de la gracia: podemos acercarnos nuevamente a Él y ser limpiados.
Tenemos una naturaleza que nos lleva a disfrutar aquello que está limpio. Sin embargo, muchas veces aceptamos vivir emocional y espiritualmente manchados. Las manchas se acumulan y terminan convirtiéndose en culpa, enojo, ira, angustia y dolor. Pero existe un río de vida en el que las manchas son limpiadas, porque es el deseo de Dios guardarnos sin mancha hasta que Jesús regrese.
Colosenses 1:22 nos habla de presentarnos delante de Dios sin ninguna falta. Muchas veces nos cuesta orar porque estamos avergonzados de nuestro pecado y no queremos permanecer en silencio delante de Él. Sin embargo, cuando oramos, la luz de Dios revela nuestras manchas para limpiarlas.
Juan escribe que, si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos. No podemos vivir cargando manchas permanentes hasta volvernos insensibles. Ese es precisamente uno de los engaños de los que habla Judas.
El cuerpo de Cristo no es un lugar construido sobre la comodidad. No podemos pisotear la sangre de Jesús ni esconder la suciedad debajo de la alfombra. El poder de perdonar a quienes nos hirieron y nos lastimaron nos libra de las manchas del pasado, y enfrentar diariamente nuestras propias manchas, sumergiéndonos en ese río de gracia, nos hace completamente limpios. La gracia no es algo a lo que accedemos solamente en un momento determinado; es un río que fluye todos los días de nuestra vida.
Efesios 5:27 habla de la iglesia sin mancha ni arruga. Esto no depende solamente del esfuerzo humano ni de aquello que podamos alcanzar por nuestras propias fuerzas. Se trata de lo que Dios ha hecho para limpiar nuestras manchas y quitar nuestras arrugas.
Por eso necesitamos exponernos a la presencia de Dios una y otra vez. Necesitamos esa gracia que nos limpia. No alcanza con asistir a las reuniones y sentirnos bendecidos; necesitamos establecer un vínculo personal con Jesús, conectarnos con el cuerpo y vivir la plenitud de ser parte de su iglesia.
Judas habla también de algo más: la alegría. Hasta que Jesús regrese, podemos vivir con alegría. No tenemos que esperar hasta el final para disfrutar de aquello que Dios nos da. Podemos disfrutar este momento, las pequeñas cosas, la comida, compartir y partir el pan. El crecimiento vendrá y junto con el crecimiento llegarán nuevas dificultades, pero también nuevos momentos para disfrutar.
La alegría nace de saber que Dios nos preserva sin mancha y de que un día lo veremos regresar.
En el original de Judas, la expresión relacionada con permanecer sin mancha tiene también el sentido de permanecer en pie. Dios tiene el poder para que permanezcamos en pie. Cuando caemos, Él nos levanta; cuando nos manchamos, Él nos limpia; cuando perdemos la alegría, Él vuelve a llenarnos de ella.
¿Hasta cuándo? Hasta el día en que Él regrese. Entonces doblaremos nuestras rodillas y diremos: “Señor, toda la gloria, toda la honra y todo el poder te pertenecen para siempre”. Este es el evangelio que el cielo nos propone.
Romanos 8:30 dice que, después de habernos elegido, Dios nos llamó para acercarnos a Él, nos puso en una relación correcta con Él y nos dio su gloria. Dios se entregó a nosotros dando a su único Hijo. Cuando Jesús resucitó y ascendió, dejó su gloria enviando al Espíritu Santo.
Por eso no necesitamos medirnos con los parámetros de este mundo, viviendo caída tras caída, queja tras queja y lamento tras lamento. La vida es difícil y no somos inconscientes de esa realidad, pero podemos elegir no mirar solamente nuestras debilidades, errores y problemas, sino fijar nuestros ojos en Él.
Podemos mirar a Jesús con alegría, confiando en el poder de su sangre, en su victoria sobre la muerte y en el cumplimiento de sus promesas. Él regresará, y nada de lo que hemos perdido se compara con lo que Dios tiene preparado para nosotros.
Apocalipsis 5:12 presenta una expresión que guarda una profunda relación con Judas 1:25. La canción que aparece en Judas también se escucha en el cielo. Judas escribe acerca del engaño y, al llegar al final, descubre que la gracia es la que nos preserva para permanecer sin mancha, sin caída y con alegría.
Al que Judas contempla sentado en el trono ya no lo ve solamente como su hermano carnal, sino como aquel que fue, que es y que ha de venir. Él es dueño de toda la gloria, la majestad, el poder y la autoridad, desde antes, en el presente y por toda la eternidad. Es el gran “Yo Soy”.
En la misma canción que cantan los ancianos, toda la gloria, todo el honor, todo el poder y toda la majestad pertenecen a Él. Judas entiende que, en medio del engaño, podemos ser preservados por la gracia de Dios para acceder a ver su gloria.
Cuando cantamos acerca de la dignidad y la gloria de Jesús, no estamos simplemente escapándonos a un lugar místico o espiritual. Cantamos porque experimentamos su gracia.
Podemos permanecer en pie porque Él nos sostiene en medio de nuestras caídas, podemos permanecer limpios porque Él limpia nuestras manchas y podemos sonreír porque su alegría se apodera de nosotros.
Porque experimentamos su gracia ahora, podemos ver los cielos abiertos, cantar de su dignidad y anhelar su regreso. No porque queramos escapar de lo que está sucediendo ni porque queramos escondernos, sino porque anhelamos su regreso y sabemos que el camino desde donde estamos hasta ese día será glorioso.
Él nos encontrará con alegría, con gozo y experimentando el poder de Dios. Lo fácil sería rendirse, creer que tenemos todo lo que merecemos en la vida, repetir la misma historia de generaciones anteriores o conformarnos con pensar que Dios solamente alcanza para cubrir nuestras miserias. Eso es fácil y eso se llama religión.
Lo difícil es encontrarnos con este Jesús que nos invade con su gracia y determinarnos a vivir sin caer. Es enfrentar nuestras debilidades de carácter y nuestras tensiones, sumergirnos una y otra vez en su amor y aprender a disfrutar de lo poco o de lo mucho. Es vivir con alegría la incomodidad de servirle y con gozo el precio de todo aquello que Él ama.
La profundidad de la gracia es infinita, tan inmensa que cubre y llena todo hasta el más mínimo detalle. Dinámica. Siempre en movimiento.
La gracia hace que el último error perdonado sea el primero que desaparece frente a sus ojos de amor. La última caída de la que su misericordia nos levanta es apenas el comienzo de una nueva etapa.
Es el perdón que hunde en lo profundo del océano nuestras faltas. Es el amor que persiste por toda la eternidad. Jesús es la medida de este misterio infinito.
Su sacrificio, su resurrección y su retorno inminente son la sustancia de este misterio universal, la gracia.
Este océano en el que nos encontramos sumergidos nosotros, pecadores que hemos encontrado refugio y hogar en este amor incomparable.
Es imposible ser verdaderamente felices sin esta revelación. La gracia nos redime, nos guarda de toda caída, nos preserva sin mancha y con una alegría indescriptible y nos presentará delante de la presencia gloriosa de aquel que la ha encarnado delante de Jesús.
Porque al final del camino la gracia no solamente habrá perdonado nuestras faltas, habrá hecho de nosotros hombres y mujeres capaces de permanecer de pie delante de su gloria, sin mancha y con gran alegría.
Y entonces comprenderemos que nunca fue nuestra fuerza la que nos sostuvo, sino su gracia, que nunca fue nuestra perfección la que nos hizo llegar. Sino su amor y que toda la gloria, la majestad, el poder y la autoridad pertenecen a él desde antes de todos los tiempos, ahora y por toda la eternidad.
Frente al tiempo que viene vamos a descubrir una nueva dimensión de la gracia de Dios. Volveremos a sumergirnos en la vorágine de este sistema y de este mundo, pero podemos levantar nuestras manos no solamente para adorar, sino también como expresión de que queremos sumergirnos en este mar de gracia.
Podemos ser levantados por Dios, podemos ser limpiados de toda mancha y podemos disfrutar de una nueva medida de alegría.
Existe un río de agua viva que corre desde su trono, un río que fluye en medio de nosotros y que nos invita a sumergirnos. Esta es la visión que tuvo Juan en Apocalipsis. Juan vio el principio y el final del río, vio cómo corría produciendo sanidad y vio el árbol de la vida, que es Cristo y trae sanidad para las naciones. También vio que cuando Jesús regrese llegará el momento en que ya no habrá dolor ni sufrimiento y todo será perfecto.
Por eso Juan dice: “Vuelve pronto”. No porque esté desesperado por dejar esta vida, sino porque se enamora de aquello que ve al final. Este mundo intenta encerrarnos en el presente, mostrarnos nuestra insuficiencia y hacernos mirar solamente el pecado, pero el cielo nos permite contemplar la obra terminada.
Podemos haber sido defraudados por quienes nos lideraron, heridos por quienes tendrían que habernos amado o equivocarnos nosotros mismos. Sin embargo, podemos despegar los ojos de ese lugar y mirar a Jesús. Ese río hoy está en la persona del Espíritu Santo y en él hay poder para sanar, sanar el pasado y sanar el dolor. En ese río hay poder para limpiar las manchas del alma y hay gracia para llenarnos de alegría.
“Señor, queremos abrazar este concepto y sumergirnos en tu gracia. Queremos ser renovados en este río de agua viva que el Espíritu Santo nos está mostrando”.
