La hermosa

Leemos la Biblia congregacionalmente porque, cuando la leemos, también ella nos lee a nosotros. La llevamos a nuestros hogares, la hacemos tema de conversación, de charla; la compartimos, caminamos sobre ella, la predicamos. Es parte de nuestras vidas. Entonces, la Palabra de Dios es esa espada del Espíritu que está con nosotros y en nosotros.

No leer la Biblia es cerrar los ojos a la respuesta espiritual que Dios tiene para nosotros.

Hoy está en nuestros celulares, en el papel, al alcance de todos y cada uno de nosotros. La leemos, la escudriñamos, buscamos palabra y la compartimos; y ese efecto multiplicador produce claridad en nuestras vidas. Seamos intencionales en que esta sea la dinámica de nuestras vidas. En el contexto de la palabra de este trimestre, donde estamos caminando sobre el Espíritu Santo —el Espíritu de poder, la manifestación de su poder—, nos encontramos con el libro de los Hechos, donde las acciones son de los hombres, pero el motor que las impulsa es la persona del Espíritu Santo.

Por eso, más allá de enfocarnos en la vida de Pablo, de Pedro o en las historias de cada protagonista, vemos detrás de ellos ese motor de poder que hizo de la iglesia naciente una fuente de impacto que transformó la historia de la humanidad. Volver a leer el libro de los Hechos es decir: queremos vivir en ese poder, queremos más de esta persona, no a través de otros, sino de forma personal. Es volver a la radicalidad y a la pasión del primer amor.

Algunos ya han terminado el libro de los Hechos, pero desde que comenzamos hay algo que nos sucede: no podemos salir del capítulo 3. Cada versículo, cada espacio, nos lleva a preguntarnos qué hay detrás de esto. Lo queremos para nuestras vidas, para nuestros hijos, para nuestra iglesia. El mensaje que compartimos tiene un título: “La Hermosa”. No se trata de una mujer, sino de una puerta. Es una de las escenas más impactantes del libro.

Hechos cap 3.

Este milagro abre una nueva temporada en la historia de los que siguen a Jesús. Hasta ese momento, los discípulos operaban en el poder del Espíritu Santo, pero con Jesús físicamente presente. Ahora Jesús no está, y además este es un milagro que Él no hizo cuando estuvo en la tierra, a pesar de haber pasado muchas veces por ese lugar. Este cojo, que seguramente había escuchado de Jesús, no había experimentado ese poder. Este milagro revela la primera vez que los seguidores de Jesús, por medio del Espíritu Santo, experimentan un milagro extraordinario.

Pedro y Juan no van buscando un milagro; van a orar, como lo hacían siempre. Una tarde más, una semana más, una reunión más, un día más de oración. Lo cotidiano. Pero aquí aparece un riesgo: que la rutina asfixie nuestra espiritualidad, que la familiaridad nos robe la esencia del poder que nos moviliza. Sin embargo, en este tiempo estamos viendo cosas extraordinarias: sanidades, transformaciones, vidas que llegan a Jesús. Algo está rompiendo con lo rutinario.

Estar reunidos no es un acto rutinario, es ser movidos por el Espíritu en su plan.

En esa escena, entran por la puerta llamada “La Hermosa”, pero el contraste es fuerte: en una puerta hermosa hay un hombre cojo desde nacimiento, colocado allí para mendigar. No entra al templo, no tiene acceso a la presencia. Es una imagen de una religión vacía: apariencia por fuera, pero sin vida real, sin avance. Y aquí vemos un principio: la muerte no entra sola, necesita permiso. Cuando se instala en la puerta, paraliza todo.

Esto no solo aplica a una persona, sino también a nuestras vidas, a nuestras relaciones, a nuestra sociedad. Cuando se pierde el valor de la vida, la muerte avanza. Pero la vida es el valor fundamental.

Nuestra vida vale porque proviene de Dios, y mientras hay vida, hay alternativa. La muerte ya fue vencida en la cruz; solo puede operar donde se le permite.

Pedro y Juan se acercan al cojo. Él espera dinero, la ayuda del sistema. Pero Pedro le dice algo radical: “No tenemos plata ni oro, pero lo que tenemos, eso te damos”. Hay una sinceridad poderosa en esto. Tal vez sentimos que nos faltan muchas cosas, pero lo que tenemos en Cristo supera cualquier sistema humano. Las herramientas humanas pueden ayudar, pero no son la respuesta final. No escondemos ni disfrazamos el mensaje. No nos avergonzamos del poder del evangelio que habita en nosotros.

Entonces declaran: “En el nombre de Jesucristo de Nazaret, levantate y andá”. El milagro no ocurre como una fórmula mágica instantánea. Hay una mano que se extiende, hay un acompañar, y algo comienza a suceder. Ese cuerpo sin fuerza empieza a recibir vida. Lo que nunca funcionó comienza a activarse. Y de pronto, el que nunca caminó está saltando, glorificando a Dios.

Esto es más que un milagro: es el cumplimiento de la palabra profética. El cojo salta, danza, celebra. Entra al templo glorificando a Dios, y los que lo conocían quedan asombrados. La escena rompe la lógica religiosa. Donde antes había resistencia, ahora hay hambre. Y en ese contexto, Pedro predica con valentía: confronta, pero también anuncia arrepentimiento y restauración. El milagro fue la puerta para el evangelio.

Esto nos confronta hoy. ¿Qué nos pasó en el camino que empezamos a confiar más en las respuestas del sistema que en el poder que nos habita? No tenemos plata ni oro, pero tenemos algo que venció la muerte. El Espíritu Santo en nosotros es poder real. La puerta de nuestras vidas, de nuestra ciudad, de nuestra nación es hermosa, pero muchas veces la contaminamos permitiendo que la muerte opere.

Dios no nos trajo hasta acá por casualidad. Hay propósito. Aunque haya dolor, debilidad o historia difícil, hay una lucha para que ese propósito no se cumpla. Pero en Cristo nuestra historia tiene sentido.

Y cuando ese poder se activa, lo muerto comienza a vivir. Ese milagro no quedó encerrado en el templo; se celebró afuera. Y ese es el anhelo: ver vidas transformadas en las calles.

Muchas veces la muerte avanza porque callamos. Olvidamos lo que tenemos. Pero lo que tenemos es el poder del Espíritu Santo. Tal vez no se trata de tener más, sino de soltar lo que ya tenemos. Compartirlo con nuestros hijos, con nuestras familias, con quienes nos rodean.

Hablar de Jesús nos mantiene vivos, nos recuerda quiénes somos.

El poder no está en nuestra capacidad o reputación, sino en la persona del Espíritu Santo, el mismo que levantó a Cristo de los muertos. Y es tiempo de volver a decir: la puerta es hermosa. Aunque esté afectada, tenemos autoridad para declarar vida.

Tal vez no podamos cambiar todo, pero sí podemos actuar. Podemos extender la mano y declarar: “En el nombre de Jesucristo, levantate y andá”. Esa es la radicalidad a la que somos llamados. No desde condena, sino desde la gracia que nos alcanzó.

El Espíritu Santo se está moviendo, y necesitamos valentía. No estamos solos. Como Pedro y Juan, caminamos juntos. Hay comunidad, hay respaldo. Y hoy el llamado es claro: volver a “La Hermosa” y vivir desde el poder que ya nos fue dado. Porque no tenemos plata ni oro, pero lo que tenemos, eso damos. Y en el nombre de Jesús, creemos que se abre una nueva temporada.