La señal de Jonás

5 de julio de 2026

3.er trimestre: El Espíritu y la Novia

Zacarías 8:7-8

Este trimestre hablaremos sobre El Espíritu y la Novia. La profecía de Zacarías presenta la voz de Dios diciendo a su pueblo: «Yo los traeré». Aunque el pasaje tiene un cumplimiento específico para Israel, también revela el propósito eterno de Dios para todo su pueblo: reunirlo desde los confines de la tierra para reinar con Él para siempre.

Es como escuchar la voz del Espíritu diciéndole continuamente a la Iglesia: «Hacia allí vamos». Nuestra responsabilidad es aprender a escuchar esa voz y caminar en la dirección que Él señala.

La palabra profética para estos tres meses es la siguiente:

Caminamos en el cumplimiento de las profecías que anuncian el regreso de Jesús y la consumación de todas las cosas. Somos la iglesia de los últimos tiempos y el protagonista principal es el Espíritu Santo. Somos la iglesia de los últimos tiempos y el protagonista principal es el Espíritu Santo. En esta generación que espera con ansias ver a Jesús cara a cara, pero mientras esperamos nos apresuramos.

En el poder del Espíritu somos enviados a sembrar el testimonio de Cristo en todas las naciones. Creemos que como Iglesia ubicada en lo último de la tierra somos una referencia para las naciones, un prototipo de comunidad de fe que crece de manera sana, impacta lo local y envía refuerzos a las naciones.

Amigos del Novio se reúne nuevamente al fuego de nuestro hogar para ser renovados. En este trimestre crecemos en profundidad mientras abrazamos los aspectos más quebrantados de la sociedad para que sean sanados en el nombre de Jesús. Somos el conector que une al espíritu y a la novia en un solo clamor: ¡Ven, Jesús!

Como iglesia también estamos leyendo congregacionalmente el libro de Jonás junto con el tiempo de ayuno.

La historia de Jonás es ampliamente conocida. Dios envió a su profeta a predicar arrepentimiento a la ciudad de Nínive, pero Jonás decidió desobedecer. Su resistencia no nacía de la duda acerca del poder de Dios, sino del conocimiento de su misericordia. Sabía que, si los ninivitas se arrepentían, Dios los perdonaría, y precisamente eso era lo que él no deseaba.

En lugar de obedecer, tomó un barco rumbo a Tarsis. Durante el viaje se levantó una gran tormenta y los marineros comenzaron a invocar a sus dioses. Jonás les explicó que ninguno de esos dioses podía responder porque eran falsos, y les confesó que la tormenta existía por causa de su desobediencia. Finalmente pidió que lo arrojaran al mar, y cuando lo hicieron, las aguas se calmaron.

Entonces Dios preparó un gran pez para preservar su vida. No sabemos con certeza qué clase de animal era, pero las Escrituras dicen que Jonás permaneció allí durante tres días y tres noches. En ese lugar de oscuridad y quebranto reconoció su pecado, clamó a Dios y se arrepintió. Como respuesta, el pez lo devolvió a tierra firme, justamente en la costa donde se encontraba Nínive.

La escena resulta impactante. Los habitantes de la ciudad vieron salir a Jonás de la boca del gran pez y escucharon inmediatamente su mensaje: «Arrepiéntanse». La ciudad entera respondió con arrepentimiento, desde el rey hasta el pueblo, pero Jonás volvió a enojarse porque Dios había mostrado misericordia.

Entonces el Señor le recordó que Él mismo lo había perdonado cuando huía en dirección contraria a su llamado. Si había extendido gracia a su propio profeta, ¿cómo no habría de mostrarla también a una ciudad llena de hombres, mujeres y niños que necesitaban salvación?

Esta historia, aparentemente sencilla, adquiere una dimensión mucho mayor cuando Jesús la convierte en una señal profética. En Mateo 12:38 y nuevamente en el Evangelio de Lucas, los escribas y fariseos le exigen una señal que demuestre su autoridad. Jesús responde que no recibirán otra señal que la del profeta Jonás.

Aquella generación conocía perfectamente las profecías mesiánicas y toda la Ley. Esperaban al Mesías, pero al tenerlo delante de sus ojos rechazaban su divinidad. Para ellos la fe se había transformado en un sistema religioso cómodo, utilizado para mantener prestigio, influencia y reconocimiento.

Al leer estos pasajes no debemos pensar únicamente en los fariseos como personas diferentes de nosotros. La religión también puede convertirse en una actitud del corazón. Originalmente, la palabra religión expresaba la idea de volver a conectar al hombre con Dios, pero a lo largo de la historia esa realidad fue deformándose hasta transformarse en un conjunto de prácticas vacías que producen dolor al corazón del Padre.

Por eso Jesús afirma que la única señal será la de Jonás. Así como el profeta permaneció tres días en el vientre del gran pez, el Hijo del Hombre permanecería tres días en las entrañas de la tierra. Al llamarse a sí mismo Hijo del Hombre, Jesús retoma la visión profética de Daniel, donde aparece aquel que recibe el reino eterno. Él es verdadero Dios y verdadero hombre. 

Luego añade que, en el día del juicio, los habitantes de Nínive condenarán a aquella generación porque ellos se arrepintieron al escuchar la predicación de Jonás, mientras que quienes tenían delante a alguien infinitamente superior se negaban a arrepentirse.

A continuación Jesús presenta otro ejemplo: cuando un espíritu inmundo sale de una persona, esta queda libre; pero si permanece vacía y vuelve al mismo camino de antes, el espíritu regresa acompañado de otros peores y el estado final resulta más grave que el primero.

La libertad nunca fue un fin en sí misma. Somos libres para vivir bajo el señorío de Cristo y para extender esa libertad a otros. La liberación sin discipulado deja espacios vacíos que el enemigo intenta volver a ocupar. Satanás reconoce la autoridad espiritual, pero cuando una persona permanece llena del Espíritu Santo ya no encuentra un lugar disponible para regresar.

El ser humano fue diseñado para ser morada del Espíritu Santo. Ese es el propósito original de Dios.

En ese contexto Jesús utiliza nuevamente la señal de Jonás.

Dentro del pez, Jonás experimentó una situación extrema: oscuridad, presión, falta de aire y un ambiente donde todo parecía anunciar la muerte. Algunos estudiosos incluso sostienen que los jugos gástricos del animal afectaron su piel. En medio de esa condición límite, Jonás sintió que había descendido a la región de los muertos. Sin embargo, cuando clamó desde lo profundo, Dios escuchó su voz y lo rescató.

Esa experiencia se parece a muchas situaciones humanas: momentos de angustia, desesperación o incluso ataques de pánico, donde parece faltar el aire y toda esperanza desaparece.

Jesús declara que, así como Jonás descendió al vientre del pez, Él descendería voluntariamente a la profundidad de la muerte. Pero existe una diferencia fundamental: Jonás llegó allí por su desobediencia; Cristo descendió por amor a nosotros.

Jesús es el verdadero Jonás. No huyó de su misión ni evitó su destino. Cargó sobre sí nuestro pecado, nuestra culpa y también nuestra religión vacía. Su cuerpo fue entregado en la cruz y descendió hasta lo más profundo de la muerte. Sin embargo, la muerte no pudo retener a Aquel que es la Vida. Cristo venció al pecado, aplastó el poder del infierno y obtuvo una victoria eterna para todos los que creen en Él. Esa es la verdadera señal de Jonás: el poder de la muerte fue derrotado para siempre. Por eso no debemos minimizar el poder del evangelio.

No importa cuán profundo sea el pozo en el que una persona se encuentre; Jesús ya descendió hasta la profundidad más grande para rescatarla.

No es un Salvador que extiende la mano desde lejos sin involucrarse. Él tomó sobre sí la muerte que nosotros merecíamos para darnos vida eterna. Solo Jesús puede sacar a una persona del pozo.

Y quienes hemos sido rescatados recibimos una misión: ayudar a otros a salir también. Cuanta mayor sea la oscuridad, mayor será la oportunidad de revelar la gloria de Dios.

La señal de Jonás nos invita a volver a creer, a dejar de construir cuevas donde permanecer escondidos y a caminar plenamente en la libertad para la cual Cristo nos hizo libres.

Jonás entendió finalmente esta verdad cuando declaró:

«Te ofreceré sacrificios con cantos de alabanza y cumpliré mis promesas».

El clamor siempre termina transformándose en adoración. Por eso, como Iglesia, somos llamados a volver a clamar, volver a adorar y volver a confiar en que el Dios que rescata de las profundidades sigue obrando con el mismo poder hasta el día de hoy.