Epieikés

28 de junio de 2026

Estamos cerrando un trimestre en el que hemos reflexionado acerca del poder del Espíritu Santo. Sin embargo, muchas veces nuestra mente está tan influenciada por el sistema de este mundo que terminamos asociando el poder únicamente con aquello que rompe, que abre brecha o que se impone sobre los demás. La perspectiva del Reino es completamente diferente.

Cuando Jesús habla de poder, habla de una manifestación de autoridad gloriosa, porque Él es glorioso. Pero ese poder se expresa a través de la creación, de la restauración y de la vida. Es un poder que no divide, sino que une; que no separa, sino que conecta. La mayor manifestación del poder de Dios no fue una demostración de fuerza para someter al hombre, sino la entrega de su único Hijo por amor a la humanidad.

Dios podría haber manifestado su poder de muchas otras maneras. Sin embargo, decidió revelar su naturaleza derrotando a la muerte por medio del Cordero inmolado. Por eso, cuando contemplamos a lo largo de las Escrituras las manifestaciones del poder de Dios, y especialmente la obra del Espíritu Santo, comprendemos que su mayor expresión consiste en revelar a la persona de Jesús. Incluso los actos más sencillos de amor poseen una capacidad profundamente espiritual para irrumpir, transformar y vencer en medio de la guerra espiritual.

Como iglesia, siempre hemos procurado no negar lo que tenemos ni esperar a contar con todos los recursos para comenzar a servir. Con aquello que Dios ha puesto en nuestras manos buscamos suplir necesidades, asistir a quienes lo necesitan y acercarnos a las personas con el amor de Cristo. Aunque hoy no alcancemos todos los lugares, cada acto de obediencia permite que la manifestación del poder de Dios produzca cambios en las personas, en los territorios y en las comunidades.

El evangelio que anunciamos no es una filosofía ni una idea nacida del pensamiento humano. Es la vida de Cristo manifestándose a través de cada uno de nosotros.

En este contexto cobra especial importancia el poder de la amabilidad. La verdadera amabilidad no consiste simplemente en tener buenas intenciones o realizar buenas acciones; es el fruto de la obra del Espíritu Santo en la vida del creyente. Muchas veces, cuando las palabras del texto bíblico son traducidas al español, pierden parte de la riqueza de su sentido original.

Algo similar ocurre con la palabra hebrea hesed. Habitualmente se traduce como gracia, misericordia o amor fiel, pero su significado es mucho más amplio. Expresa el amor renovado de Dios, su misericordia constante y su compromiso inquebrantable con su pueblo.

Del mismo modo, la palabra griega epieikès, utilizada en Filipenses 4, encierra un significado mucho más profundo que la simple idea de ser amable.

Filipenses 4 presenta uno de los pasajes que mejor expresa, de manera práctica, la obra del Espíritu Santo en la vida del creyente. Allí, el apóstol Pablo exhorta: «Alégrense siempre en el Señor. Insisto: alégrense».

El gozo aparece como un mandato y no como una emoción circunstancial. No depende de que Dios responda siempre de la manera que esperamos ni de que las circunstancias sean favorables. Es la certeza de que existe un plan eterno en el que Cristo ya obtuvo la victoria.

Por eso, la alegría cristiana va mucho más allá del pensamiento positivo. Es la esperanza firme que sostiene al creyente aun en medio del dolor. Quien posee un horizonte eterno puede seguir viviendo con esperanza incluso cuando todo a su alrededor parece haberse derrumbado.

Cuando la alegría depende únicamente de las posesiones, de los logros o de la estabilidad de esta vida, desaparece en cuanto esas cosas faltan. En cambio, cuando la fe se convierte en una certeza, cuando la comunidad de creyentes sostiene y abraza, el mandato de alegrarse cobra verdadero sentido. No se trata únicamente de reír; muchas veces implica llorar con esperanza, sabiendo que, aun en medio de la adversidad, Cristo ya ha vencido.

La meta queda demasiado lejos como para no disfrutar del camino, disfrutar del instante, de las pequeñas cosas, de saber que Dios está con nosotros.

Con frecuencia la queja termina limitando nuestra percepción de la obra del Espíritu Santo. En cambio, aprender a vivir en plenitud, con mucho o con poco, con lo recibido y también con aquello que aún esperamos, permite descubrir que Dios continúa obrando en cada proceso de nuestra vida. Por eso, el mandato de Pablo conserva toda su vigencia: «Alégrense siempre».

El segundo mandato es que la epieikès, es decir, la amabilidad, sea evidente para todos. No se trata solamente de un gesto o de una actitud amable, sino de la amabilidad como fruto del Espíritu.

La traducción al español resulta insuficiente para expresar toda la riqueza de esta palabra griega. Epieikès incluye ideas como gentileza, mansedumbre, paciencia, equilibrio, consideración y la gracia de Dios para tratar con los demás. Describe a una persona que no exige sus propios derechos, sino que responde con misericordia frente al agravio. Por eso, la palabra «amabilidad» apenas alcanza a reflejar su verdadero significado.

Manifestar epieikès es mostrar lo que hay de Cristo en nosotros. No consiste en exhibir capacidades humanas, talentos o virtudes personales, sino en permitir que el carácter de Jesús sea visible a través de nuestra manera de relacionarnos con los demás.

La amabilidad se convierte así en una manifestación de entrega que revela la vida de Cristo.

Pablo enseña que esta amabilidad debe ser evidente. No está destinada a permanecer oculta, sino a hacerse visible en la vida cotidiana. Aunque no sea posible llegar a todas las personas o atender cada necesidad, sí es posible mantener la misma actitud hacia todos. En esa decisión hay un poder sobrenatural.

La naturaleza humana responde con facilidad al agravio, a la discusión y a la defensa propia. Algunos reaccionan con enojo y palabras hirientes; otros guardan silencio y cargan el dolor en su interior. Sin embargo, el llamado del evangelio es completamente diferente: dejar salir todo aquello que Dios ha depositado en nosotros.

Permitir que se manifieste la epieikès significa dar lugar a la gentileza, la paciencia y la amabilidad. Esa actitud posee un poder sobrenatural que trae sanidad, genera respeto, transforma los ambientes y manifiesta la vida de Cristo.

La amabilidad es un arma espiritual porque refleja el carácter mismo de Jesús.

Pablo recuerda que los creyentes no son personas a las que Dios intenta mejorar únicamente mediante el castigo. Aun en medio de las luchas y las debilidades, el Espíritu Santo habita en ellos. La fuente del gozo vive en su interior y, por lo tanto, ese fruto no debe permanecer oculto ni quedar atrapado por el dolor o la escasez.

Jesús mismo es el modelo supremo de epieikès. Siendo el Hijo de Dios y poseyendo toda autoridad, soportó el desprecio, la humillación y el sufrimiento. Incluso desde la cruz expresó: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Su respuesta no nació de la debilidad, sino de la plenitud de su carácter. La verdadera amabilidad no consiste en técnicas para relacionarse mejor con las personas, sino en la manifestación de Cristo viviendo en quienes le pertenecen.

La amabilidad posee un poder capaz de reconciliar personas, restaurar familias y unir generaciones.

La promesa de que el corazón de los padres volverá hacia los hijos y el de los hijos hacia los padres no se limita a una experiencia emocional o sobrenatural momentánea; también implica el fruto visible del Espíritu obrando en la vida de las personas. Allí donde crece la epieikès, el carácter de Cristo comienza a transformar las relaciones y a producir reconciliación.

Epieikès es la vida del Espíritu creciendo en nosotros.

Después de exhortar a vivir con gozo y a manifestar la amabilidad, el apóstol Pablo continúa con un tercer llamado: «No se inquieten por nada; más bien, en toda ocasión, con oración y ruego, presenten sus peticiones a Dios con acción de gracias» (Filipenses 4:6).

Pablo une tres expresiones de una misma vida guiada por el Espíritu: el gozo, la amabilidad (epieikès) y la confianza que vence la ansiedad. La invitación es a no vivir dominados por la desesperación, el estrés, la angustia o el temor, sino a llevar cada situación delante del Señor.

El ruego expresa el clamor del corazón cuando las fuerzas se agotan; es la oración del que reconoce su necesidad y depende completamente de Dios. La oración, por su parte, habla de una conversación constante con el Padre. Ambas forman parte de una relación viva con Él.

Sin embargo, Pablo no promete que Dios responderá cada petición exactamente como nosotros esperamos ni que todos los problemas desaparecerán de inmediato. La promesa es aún mayor: «Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús» (Filipenses 4:7).

La respuesta de Dios muchas veces no consiste en cambiar inmediatamente las circunstancias, sino en sostener el corazón con una paz sobrenatural mientras atravesamos el proceso.

Aun cuando no entendamos lo que estamos viviendo, Cristo continúa teniendo el control de todas las cosas.

Las respuestas a nuestras oraciones siempre estarán sujetas a la voluntad de Dios y no a nuestros propios deseos. Su plan permanece siendo bueno, porque busca nuestro crecimiento y nuestra madurez, así como prospera nuestra alma, aunque muchas veces ese camino incluya procesos difíciles de comprender.

El Evangelio no es una promesa de éxito inmediato ni una fórmula para obtener resultados rápidos; es la revelación del plan eterno de Dios, quien por gracia nos hizo parte de su historia de redención.

No teníamos nombre ni destino, pero Cristo derramó su sangre para rescatarnos de toda lengua, tribu y nación. Además de salvarnos, puso dentro de nosotros una alegría que no depende de las circunstancias ni de nuestros méritos. Esa alegría muchas veces entra en conflicto con nuestras emociones, porque conocemos nuestras limitaciones, pero Dios ya sabía quiénes éramos cuando decidió comprarnos con la sangre de su Hijo.

La presencia de Dios es el mejor lugar para reconocer nuestra debilidad.

Por eso, aun en medio de los problemas, somos llamados a disfrutar del camino, a descansar en su presencia y a confiar en que Él sigue obrando. Todo aquello que aflige, angustia o detiene el corazón debe ser presentado delante de Dios en oración y ruego, para que su paz gobierne la vida. Esa paz sostiene en la pérdida, fortalece en el dolor, guarda en el éxito y acompaña en cada etapa del camino, porque el Señor continúa siendo soberano sobre todas ellas. El llamado de Filipenses es detener el ritmo acelerado de la ansiedad para volver al gozo, a la amabilidad y a la confianza.

La gentileza, el equilibrio y la paciencia no son virtudes opcionales para quienes viven guiados por el Espíritu Santo; forman parte del carácter de Cristo manifestándose en nosotros.

Las batallas seguirán siendo intensas, pero existe una garantía sobrenatural: el Señor promete guardar nuestros corazones con una paz que el mundo no puede ofrecer. Esa paz vale más que cualquier logro, porque permite descansar, levantarse con nuevas fuerzas y afrontar cada día con la certeza de que Dios permanece presente.

Vivimos un tiempo en el que los cielos están abiertos. Cada día elegimos entre seguir la corriente de este mundo, marcada por la queja, el desánimo y la ansiedad, o rendir nuevamente el control de nuestra vida al Espíritu Santo para que sea Él quien gobierne nuestros pensamientos, nuestras emociones y nuestras decisiones.

«Espíritu Santo, reconocemos que no podemos caminar con nuestras propias fuerzas. Te necesitamos cada día. Anhelamos tu descanso, tu renuevo y tu gloria invadiendo nuestros hogares, nuestras familias y cada área de nuestra vida. Hoy tomamos la decisión de buscarte, de permanecer en tu presencia y de rendirte el control de nuestro corazón. Delante de ti asumimos este compromiso, confiando en que tu paz guardará nuestra mente y nuestro corazón en Cristo Jesús.»