Cautivado por la alegría

17 de agosto de 2025

Estamos juntos mirando a aquel que ha de venir y estamos leyendo el libro de Isaías. Leer este libro escrito por un profeta es leer todo en una sola escena: lo que fue, lo que es y lo que ha de venir. La Biblia nos dice que el espíritu de la profecía es Jesús, pues en Él está revelado lo que fue, lo que es y lo que ha de venir.

La profecía no es un agorero, ni una persona que adivina el futuro, ni alguien que simplemente ejerce un don para dar una palabra. Sabemos que la Biblia es profética y que el Espíritu Santo que habita en nosotros se mueve de manera profética.

La Palabra del Señor es la profecía más segura. La voz de Dios fue revelada en la Biblia y debemos leerla. La gente tiene hambre de lo profético.

Las personas que no conocen a Dios corren a brujos, tarotistas, constelaciones, porque quieren saber qué va a pasar con su futuro y también qué está mal en su presente. ¿Por qué la gente tiene hambre de eso? Porque necesita saber, igual que nosotros. Cuando llegamos a Cristo no nos encontramos con una profecía, ni con una carta astral, ni con un camino hacia el futuro. Nos encontramos con Jesús. Nos encontramos con personas y con una familia de la fe que nos abrazó. Nos encontramos con una Palabra que marcó nuestro presente.

Hablar de lo profético es hablar de un ámbito natural donde la iglesia se mueve y que tenemos que recuperar porque la iglesia lo ha perdido.

Cuando leemos un pasaje que golpea nuestro corazón, ese pasaje no solo atraviesa nuestra vida, sino que llega a nuestro futuro y va hacia lo que ha de venir. Cuando viene una palabra y nos traspasa, no sabemos si es para ahora o más adelante, pero lo que hacemos es atesorarla en el corazón y esperar su cumplimiento.

Al leer Isaías no solo leemos una palabra para ese momento, sino una palabra que se cumplirá más adelante y, sobre todo, al final de los tiempos. Isaías es un profeta que marca la historia. Ha dado mucho dolor de cabeza a las religiones del mundo por su exactitud y precisión, porque nos muestra a Jesús en su primera venida como nadie lo ha mostrado: como el siervo que entrega su vida, venciendo a la muerte, y también lo muestra viniendo nuevamente para estar con su iglesia y reinar para siempre.

Isaías 9 es una canción, una poesía. El profeta no solo anunciaba, también cantaba. Muchas de sus profecías son canciones de lo que ha de venir. En medio de un tiempo oscuro, Isaías profetiza algo que es alegría.

C. S. Lewis, escritor, teólogo y apologeta, cuando escribe su autobiografía le pone por título: “Sorprendido por la alegría”. Él cuenta que toda su vida buscó esa alegría. Era un ateo devoto, enojado contra la religión. Su madre murió cuando era pequeño y decidió combatir a Dios desde la razón. Pero en esa búsqueda se encontró con Él.

En ese encuentro describe que halló la alegría, y que esta, al igual que Jesús, no se parece a la felicidad habitual ni a la comodidad diaria, sino que es algo que irrumpe y que, cuando se acaba, debemos volver a buscar.

Jesús es la fuente de la alegría. Cada domingo, cuando adoramos, escuchamos la palabra y nos encontramos con nuestros hermanos, experimentamos esa alegría. Y cuando volvemos a la semana, necesitamos más, porque la alegría en Cristo es un manantial que no se agota.

Da tristeza ver cómo dejamos de mirar a Jesús como alegría y lo vemos como una carga. Pero cuando somos cautivados por esa alegría que solo Él da, no hay nada que lo pueda superar.

Isaías 9:1-7 (RVR)

Isaías ve al pueblo cautivo y comienza a cantar. Declara que la tierra que está en oscuridad verá gran luz. Habla de un pequeño pueblo, Galilea de los gentiles, lugar de oscuridad donde vendrá en la forma de un niño la alegría.

Esa alegría se multiplicará en la gente, como en el tiempo de la cosecha. No hay mayor alegría que el fruto recogido después de sembrar con esfuerzo y lágrimas. Por eso, lo que busca el infierno es interrumpir la cosecha o abortar la siembra. Cuando lo cultivado se recoge, produce una explosión de alegría que cambia ambientes y transforma vidas.

La profecía se cumple cuando Jesús nace en Belén, pero se traslada con su familia a Nazaret, a Galilea, a ese rincón oscuro. Allí estaba María, José y un niño que sería la luz del universo.

La oscuridad caduca frente a la luz más pequeña. La oscuridad no prevalece.

Isaías declara que esta luz traerá justicia y que el resultado será que el calzado de los soldados y los mantos manchados de sangre serán quemados. ¿Por qué? Porque se nos ha dado un niño, que es Dios.

Él es Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz. Su reinado no tendrá fin. Su dominio nunca acabará. Este niño rey volverá y su justicia morará sobre la tierra para siempre.

El mensaje profético revela la respuesta a la situación, el camino a transitar y a aquel que ha de venir. Entonces, de repente, el lamento se transforma en canción y la alegría irrumpe en medio de la oscuridad. La alegría no es solo una emoción. Es la fuerza que empuja nuestras vidas. Todas las necesidades humanas describen un vacío con forma de Dios.

Las cuatro necesidades básicas del ser humano:

  1. Necesidades fisiológicas: respirar, alimentarse, hidratarse, dormir, descansar, reproducirse, 1. mantener el equilibrio físico.
  2. Necesidades de seguridad: vivienda, ropa, salud, estabilidad económica, protección.
  3. Necesidades sociales o de afiliación: amor, amistad, pertenencia, aceptación.
  4. Necesidades de estima: reconocimiento, respeto, logros, autoestima, confianza.

Todas estas necesidades están arraigadas en el temor a la muerte. La supervivencia humana es una lucha por escapar de la muerte. Pero en Cristo todo cambia: Él venció a la muerte. Jesús fue tentado en todo, pero sin pecado. Tomó todas esas necesidades y las clavó en la cruz para darnos libertad.

Ahora nuestras necesidades están ligadas a la vida eterna. En Cristo tenemos todo lo que necesitamos. Podemos vivir en abundancia o en escasez con alegría. Podemos pasar enfermedad o salud con alegría. Podemos atravesar el valle de sombra de muerte, pero lo que nos moviliza no es el miedo a morir, sino la alegría de haber encontrado a Cristo Jesús.

¿En qué momento perdimos la alegría? ¿En qué momento transformamos esa fuerza que nos cautivó en una liturgia monótona?

El Señor va a venir. Antes de su venida habrá pruebas y dificultades. Pero no creemos que nos haya llamado para vivir amargados, sino para vivir plenos en Cristo Jesús, que suple todas nuestras necesidades. Él es nuestra fuerza, nos capacita para amar bien, relacionarnos bien, romper con el pasado y abrazar una nueva historia.

Él es la Palabra profética. Él es la luz que rompe la oscuridad. Él es el Admirable, el Padre Todopoderoso, el Príncipe de Paz. Prometió resucitar, y lo hizo. Prometió volver, y volverá.

“Sin Cristo no tenemos nada. Volvamos a conectarnos, a encontrarnos y a ser cautivados por esa fuente de alegría. Que nuestra única búsqueda sea Él. Cuando fallamos o cuando tenemos éxito, miremos lo que dice Isaías: cuando Él venga, aumentará la alegría. Vivamos en plenitud, compartamos el evangelio y busquemos intensamente a Jesús. Estamos en el tiempo de la cosecha y debemos estar listos para alegrarnos por lo que viene por delante”.

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