16 de agosto de 2026
1 Juan 2:15-17, Reina Valera 1995.
Libramos una batalla en nuestra alma y en nuestro corazón para mantenernos enfocados en el corazón de Dios. También tenemos que aprovechar bien el tiempo, porque los días son malos. La mayor inversión que podemos hacer es buscar al Señor y permanecer enfocados en Él. Este pasaje puede parecer un llamado negativo: “No amen al mundo”.
Sin embargo, cada vez que Dios dice “no”, también está diciendo “sí” a otra cosa. Muchas veces interpretamos los “no” de la Biblia como una prohibición, pero el “no” de Dios es positivo. Cuando dice “no amen al mundo”, en realidad nos está llamando a amar lo que Él ama, a amar su corazón y a amarlo a Él. Es un llamado a cumplir el gran mandamiento. Por eso, no se trata solamente del “no”, sino del gran sí. Es el sí que le decimos a Dios: Sí, vamos a seguirte. Sí, te amamos para siempre como vos nos amaste. Sí, nos comprometemos con vos. Sí, queremos buscarte. Sí, te necesitamos.
Quienes están casados saben lo hermoso que es escuchar un “sí” de la persona que aman. Sin embargo, ningún sí se compara con este: el que define nuestra historia y expresa nuestro compromiso con Dios. Él ya extendió su mano y entregó su vida por nosotros en la cruz del Calvario. Cuando aceptamos ese amor, respondemos: sí, el gran sí.
Lo primero que tenemos que entender es que existe una oferta. El sistema nos ofrece constantemente diferentes cosas, y por eso existe una lucha. Si no hubiera nada que nos ofreciera, simplemente caminaríamos con Cristo hacia la eternidad. Pero mientras caminamos, aparecen distintas propuestas que intentan desenfocarnos. El pasaje menciona tres cosas que el mundo ofrece. Tenemos que comprender qué significan estas tres cosas y cómo podemos enfrentarlas desde la perspectiva del Señor:
- Un intenso deseo por el placer físico.
Dios nos creó con deseos físicos. Tener hambre, cansancio o deseos de relacionarnos con otras personas no es malo en sí mismo. Son deseos que forman parte de cómo fuimos diseñados. El hambre, por ejemplo, es un deseo físico. Cuando comemos para saciarnos, estamos respondiendo a una necesidad que Dios mismo puso en nosotros. Lo mismo sucede con el descanso. Cuando estamos cansados, necesitamos dormir y detenernos. El descanso satisface ese deseo de nuestro cuerpo.
También existen deseos relacionados con la intimidad y con el vínculo con otra persona. Dios puso esos deseos en nosotros, pero también estableció un orden y un propósito para ellos. El problema aparece cuando el sistema nos ofrece convertir esos deseos en nuestro dios. La comida, el descanso, la sexualidad y todos los deseos básicos pueden convertirse en algo que gobierne nuestra vida. El sistema nos propone buscar intensamente el placer y hacer lo que sea necesario para obtener aquello que creemos necesitar.
El problema no está en que tengamos deseos. El problema está en cómo los satisfacemos y dónde los colocamos.
- Un deseo insaciable por todo lo que vemos
Vivimos en una época marcada por el consumo constante de información. El scroll infinito es un ejemplo claro: comenzamos a mirar contenido y podemos continuar durante muchísimo tiempo sin llegar nunca a un punto de satisfacción. Nuestros ojos siempre quieren ver algo más. Esto también tiene que ver con cómo Dios nos diseñó. Nuestros ojos nos permiten absorber información, contemplar lo que tenemos delante y proyectarnos hacia lo que viene. Tenemos naturalmente deseos de avanzar, crecer, alcanzar más y proyectarnos. Nadie quiere retroceder.
El problema aparece cuando aquello que debería ser una bendición se transforma en algo insaciable que nos aparta del Señor, de nuestros vínculos, de nuestros hijos, del trabajo y de nuestras responsabilidades. Siempre quiere más.
Tenemos que preguntarnos qué estamos alimentando con nuestros ojos y con nuestra mente.
- El orgullo de nuestros logros y posesiones
Existe una narrativa muy fuerte de superación: “Empezamos de abajo y ahora estamos arriba”. Muchas historias de esfuerzo inspiran, y no hay nada malo en haber trabajado para construir algo. El problema aparece cuando comenzamos a atribuirlo todo a nosotros mismos. Podemos pensar: “Yo lo logré. Yo lo hice. Yo construí esto”.
Sin embargo, si llegamos hasta donde estamos es porque el Señor nos dio salud, fuerzas, inteligencia, oportunidades y sustento. Podemos sentirnos fuertes, pero nuestra fragilidad puede recordarnos rápidamente que dependemos de Dios. La salud, las emociones, la mente y las fuerzas pueden cambiar. Por eso, no debemos pararnos sobre nuestros propios logros.
Aunque cuidar nuestra salud física y emocional es importante, ese mensaje puede terminar convirtiéndose en una vida centrada exclusivamente en nosotros mismos. Nada está más lejos de la esencia del Evangelio, que nos llama a entregarnos por otros, a servir y a amar. El problema tampoco está en tener posesiones. Podemos tener mucho y mantener un corazón humilde si reconocemos que todo proviene del Señor.
La humildad no depende de cuánto tenemos, sino de dónde colocamos aquello que tenemos.
El sistema nos ofrece pararnos sobre nuestros esfuerzos y nuestros logros. El Señor, en cambio, nos llama a reconocer constantemente que es Él quien nos sostiene, nos sustenta, nos provee y nos da las fuerzas, las ideas y la pasión. El problema no está en el deseo, sino en cómo satisfacemos esos deseos. Tenemos deseos de conquistar, de crecer, de obtener cosas y de avanzar. La pregunta es cómo respondemos a ellos.
¿Qué nos ofrece el Señor? Frente a esas tres propuestas del sistema, el Señor nos muestra otro camino.
- Canalizar nuestros deseos.
El deseo no es malo en sí mismo. Es algo que Dios puso en nosotros. El problema aparece cuando colocamos ese deseo en el lugar de Dios. Filipenses 3:19 dice: “Su destino es la destrucción. Adoran al Dios de sus propios deseos. Solo piensan en lo terrenal.”
Los deseos pueden ser buenos, pero podemos terminar adorándolos. Cuando todo lo que hacemos está orientado a cumplir nuestros deseos, terminamos convirtiéndolos en nuestro dios. Por eso tenemos que preguntarnos: ¿Dónde estamos poniendo nuestros deseos ¿Cómo los estamos canalizando ¿En qué lugar buscamos satisfacerlos? Dios creó buenos deseos y también preparó el lugar correcto para satisfacerlos. Esto se puede ver claramente en la sexualidad. Los deseos existen y no son malos, pero tienen un tiempo, un orden y un propósito establecidos por Dios.
La trampa aparece cuando queremos satisfacerlos inmediatamente y buscamos alternativas fuera del diseño de Dios. El enemigo puede ofrecernos respuestas rápidas para necesidades reales. El deseo es verdadero, pero la propuesta para satisfacerlo puede ser equivocada. Lo mismo sucede con la comida. Podemos tener hambre, pero también podemos utilizar la comida para intentar satisfacer emociones, ansiedad o necesidades que en realidad no corresponden al hambre. El deseo es bueno, pero podemos estar canalizándolo mal. Y esto nos acompaña durante toda la vida: siempre vamos a tener deseos.
C.S. Lewis expresa una idea muy importante: Dios no nos reprende por tener hambre y sed, sino por alimentarnos de cosas que no nos sacian. Nuestros deseos no son demasiado fuertes; muchas veces son demasiado débiles porque nos conformamos con muy poco.
Todos hemos experimentado lo que significa buscar satisfacción en un lugar equivocado. Al principio parece que vamos a quedar satisfechos, pero después aparecen la culpa, el dolor, la tristeza y una sensación de vacío. Entonces comprendemos que fuimos engañados. Lo que parecía capaz de satisfacernos solamente produjo más sed. El problema no es tener deseos, el problema es conformarnos con muy poco.
El Señor puso nuestros deseos para que podamos encontrar satisfacción en Él, en todo lo que Él es y en todo lo que Él nos da.
- Saciar nuestra mirada en Cristo
Nuestros ojos siempre quieren mirar algo más. Existe un abismo insaciable que ningún contenido, posesión o experiencia puede llenar. ¿Qué puede satisfacer nuestros ojos? Por eso la Biblia nos llama a poner los ojos en Jesús. La única manera de mantener nuestra mirada enfocada es volver continuamente a Él. Si nuestra mirada se desvía, podemos volver a colocarla en el lugar correcto.
Hebreos nos recuerda que estamos rodeados por una gran multitud de testigos de la fe y que debemos quitar todo peso y todo pecado que nos impida correr. Debemos hacerlo fijando nuestra mirada en Jesús, quien inicia y perfecciona nuestra fe. Jesús soportó la cruz por el gozo que tenía por delante y ahora está sentado en el lugar de honor junto al trono de Dios.
También tenemos una recompensa delante de nosotros si perseveramos en este camino. Por eso, cuando nuestra mirada se desvíe, volvamos a Jesús. Jesús, la cruz, lo que Él hizo, lo que hará cuando regrese.
Nuestra mirada puesta en Él es la manera en que nuestros ojos pueden encontrar verdadera satisfacción.
- Vencer el orgullo mediante la humildad
¿Cómo vencemos el orgullo? Rogando, pidiendo, humillándonos y reconociendo que necesitamos de Dios y de los demás. No hay nada fácil en confesar un pecado, pero tampoco hay nada más liberador que experimentar la gracia del Señor después de hacerlo. El primer paso para caminar en humildad es reconocer que tenemos orgullo. Tenemos que reconocer que necesitamos ayuda, que no podemos solos y que necesitamos del otro.
Si estamos atravesando una dificultad en la oración, podemos acercarnos a alguien que tenga una vida de oración y pedir ayuda. Si estamos luchando con una tentación, podemos buscar a alguien que pueda acompañarnos y ayudarnos. Todos necesitamos de otros para crecer. Podemos tener victorias en algunas áreas y seguir luchando en otras.
Tenemos que romper la barrera del orgullo: pedir ayuda, confesar y permitir que otros nos acompañen.
No es algo mágico. Es un proceso. Si alguna vez fuimos dañados cuando abrimos nuestro corazón, también necesitamos permitir que el Señor sane esa herida. El amor implica riesgos. Amar significa volver a abrir el corazón aun después de haber sido heridos. Tenemos una casa que nos ama, obreros, mentores y pastores que pueden acompañarnos. No tenemos que hacerlo solos. Tenemos que abrir el corazón, recibir ayuda y permitir que la gracia, la misericordia y el amor de Dios nos restauren.
Los lentes correctos
Existe una tensión constante entre lo terrenal y lo celestial, entre lo eterno y lo pasajero. La clave es mirar la vida con los lentes correctos. Tenemos que desarrollar una perspectiva eterna sobre todo lo que hacemos. Todo lo que hacemos ahora tendrá repercusión en la eternidad. Nuestras palabras, nuestros dones, nuestros talentos, nuestro llamado, nuestra carrera, nuestros hijos, nuestros matrimonios, nuestras familias y la iglesia de la que formamos parte.
Un día tendremos que responder qué hicimos con todo aquello que Dios puso en nuestras manos.
No es que después de esta vida empiece una historia completamente diferente. Es una misma historia, aunque ahora vivimos con limitaciones que algún día desaparecerán. Llegará el día en que esas debilidades ya no estarán. Ya no habrá aquello que hoy nos atormenta. Seremos transformados y estaremos con el Señor para siempre.
Pero mientras tanto, ¿qué hacemos? Luchamos con todas nuestras fuerzas para que nuestras debilidades no nos gobiernen. Confesamos, nos levantamos una y otra vez, buscamos disciplinarnos, nos apoyamos en las personas que nos aman y corremos esta carrera poniendo nuestra mirada en Jesús. Todo lo que hacemos ahora cuenta para aquel día. Cada vez que nos levantamos, cuenta, cada vez que decimos que no a una tentación, cuenta.
Cada vez que cuidamos a nuestros hijos con amor, cuenta. Nuestros trabajos, el esfuerzo, las noches de desvelo, las cosas buenas y las difíciles, todo cuenta para aquel glorioso día. Por eso caminamos en esta tierra con una perspectiva eterna. También cuidamos nuestros vínculos con esa perspectiva. Si vamos a estar con el Señor por toda la eternidad, queremos aprender a arreglar las cosas, perdonar y cuidar a quienes tenemos cerca.
Tenemos los ojos en el cielo, pero los pies en la tierra. Lo que hacemos aquí repercute en la eternidad, pero también importa lo que hacemos aquí. Dios se manifiesta en lo cotidiano.
El Espíritu Santo también está presente en nuestras tareas, relaciones, responsabilidades y decisiones de cada día.
“No amen al mundo” no es un mensaje negativo, es un llamado positivo: Amemos a Dios. Digámosle sí al Señor. Hablamos de nuestros deseos y de todas las cosas que el mundo ofrece. También entendimos que tenemos deseos que necesitan ser satisfechos.
Cuando buscamos satisfacerlos en el lugar equivocado, terminamos encontrando dolor, culpa y tristeza. Entonces descubrimos que aquello no era bueno. Lo bueno era ir a Dios y permitir que Él sea nuestra máxima satisfacción. La Biblia está llena de “no”.
Los “no” de Dios pueden salvarnos la vida porque están cargados de amor.
Cuando Dios dice “no”, sabe por qué lo hace. Su “no” nace de su amor, de su ternura y de su corazón de Padre compasivo, amoroso y protector. Pero también existen “no” que la religión puede meternos en la cabeza. Cuando los deseos arden por dentro, las prohibiciones externas no alcanzan.
Las disciplinas espirituales son importantes porque nos colocan delante de Dios, pero ellas mismas no pueden transformarnos. El que transforma es Dios. Podemos proponernos cambiar y sostener una disciplina durante un tiempo, pero tarde o temprano vamos a descubrir nuestras propias limitaciones. Por eso necesitamos algo más fuerte que nuestra propia voluntad, necesitamos a Dios.
Ningún “no” religioso puede transformar el corazón. La única respuesta es decirle un gran sí al Señor y permitir que Él toque nuestro corazón y lo transforme. Es un proceso, pero es la única solución verdadera.
Si abrimos nuestro corazón al Señor y le decimos: Sí, Señor, te necesitamos, te amamos para siempre. Sé el dueño de nuestros pensamientos, queremos estar con vos para siempre. Nos entregamos nuevamente por completo.” Entonces la transformación comienza en nuestro corazón y nos conduce hacia la eternidad. No hay otra cosa.
Muchas voces pueden intentar convencernos de que necesitamos otras cosas. Pero lo que realmente necesitamos es su persona, su presencia y su corazón. Él es el único que puede completarnos. Hoy el Señor nos llama a amarlo sobre todas las cosas, a poner nuestra mirada en Él y a rendir nuestros deseos para encontrar satisfacción en Él. Nada más importa. Nada más necesitamos. Estamos satisfechos en Él.
Decirle sí al Señor. Decirle sí al que puede cambiarlo todo. Podemos decirle: Señor, te entregamos nuestra vida. Te decimos sí otra vez. No queremos nada más que decirte sí. Vos sos nuestra máxima satisfacción, te necesitamos, sos el único que puede saciarnos. Necesitamos que toques nuestra vida, que nos sacies. Te amamos para siempre. Nuestro corazón es tuyo.
