23 de agosto de 2026
2 Corintios 4:3-6 – 1 Juan 1:1-4
Lo que abunda en el corazón es fruto de lo que los ojos están viendo. Por eso, cuando Juan habla del Verbo hecho carne, utiliza los sentidos para afirmar que Jesús fue visto, oído, contemplado y palpado. No se trataba de una aparición, sino de Cristo hecho hombre. Frente a las falsas enseñanzas que negaban su encarnación, Juan afirma la realidad de Jesús y llama a la iglesia a permanecer en la verdad que recibieron de los apóstoles.
En Apocalipsis, Juan vuelve a utilizar constantemente expresiones relacionadas con mirar, observar y contemplar. Sus ojos están puestos en una realidad que supera lo terrenal. Como iglesia, vivimos dentro de una realidad cotidiana, pero existe una realidad mucho mayor y superior que solo podemos contemplar cuando nuestros ojos espirituales están abiertos.
Lo que estemos mirando, lo que estemos contemplando, es lo que sacia nuestro corazón, es de lo que nuestro corazón se llena. Por eso necesitamos ojos bien abiertos: ojos atentos, vigilantes y capaces de discernir lo que Dios está haciendo.
Nadie ha visto a Dios, pero podemos contemplarlo espiritualmente. Jesús fue visto físicamente por sus discípulos, pero después de su ascensión el Espíritu Santo vino para abrir nuestros ojos espirituales y permitirnos conocer la verdad. Los ojos naturales ven las circunstancias, las crisis y las dificultades; los ojos del espíritu contemplan las Escrituras, reconocen el plan eterno y recuerdan las palabras de Jesús.
Podemos atravesar momentos difíciles y tener temor, pero también tenemos esperanza y seguridad porque sabemos que Dios continúa obrando.
Los ojos del espíritu nos permiten reconocer que las cosas que Jesús anunció están sucediendo y nos llaman a preparar el corazón. Una de las señales de los últimos tiempos será que el amor de muchos se enfriará. Por eso, que el corazón permanezca encendido debe ocupar nuestra atención. Cuando dejamos de arder por la presencia de Dios, por la iglesia, por las personas y por aquello que él está haciendo, necesitamos preguntarnos qué estamos dejando de ver.
Como iglesia necesitamos volver a mirar lo que Dios está haciendo. La salvación de las personas, las familias restauradas, la niñez, los grupos de vida, la adoración, el servicio y cada puerta que se abre forman parte de un mismo propósito. No podemos acostumbrarnos a lo que Dios hace ni convertirlo en una actividad más. Cuando dejamos de contemplar el propósito eterno detrás de lo que hacemos, comenzamos a perder el asombro, la pasión y el deseo de participar.
El corazón arde cuando intencionalmente rendimos nuestras vidas a Dios y buscamos su voluntad.
Los problemas no van a desaparecer; Jesús mismo dijo que tendríamos aflicción. Sin embargo, nuestra esperanza no está en vivir sin dificultades, sino en saber que él está con nosotros hasta el fin. La iglesia necesita hombres y mujeres que tengan hambre de ver lo que Dios está haciendo, de conectarse con su propósito y de caminar en comunión con el cuerpo de Cristo.
El tiempo está pasando y cada decisión debe ser tomada con una perspectiva eterna. Necesitamos salir de la comodidad y reconocer que somos parte del plan de Dios. Nuestra familia, nuestros dones, nuestro trabajo, la iglesia y cada oportunidad de servir tienen un propósito. No fuimos salvados para permanecer estáticos, cómodos y satisfechos únicamente con nuestra propia vida, sino para bendecir a otros y participar de aquello que Dios está haciendo en la tierra.
Los tiempos se están haciendo cada vez más evidentes y la iglesia necesita prepararse para contemplar a Cristo a través de las Escrituras. Necesitamos conocer la Palabra, comprender lo que Jesús dijo y reconocer que su plan es una realidad.
Ojos bien abiertos significa prestar atención, permanecer vigilantes y no permitir que las circunstancias nos hagan perder de vista la realidad eterna.
1 Juan 5:21
Hay dos cuestiones que debemos cuidar especialmente: alejarnos de los ídolos y no permitir el engaño. Juan termina su primera epístola diciendo: “Hijitos, manténganse alejados de los dioses falsos”. Otra versión dice: “Queridos hijos, apártense de los ídolos”. Los ídolos continúan presentes en el sistema, por eso la responsabilidad de alejarnos de aquello que ocupa el lugar de Dios es nuestra. No podemos permitir que algo ocupe en nuestro corazón el lugar que solamente le corresponde al Señor.
Un ídolo no es solamente una estatua. Puede ser aquello a lo que entregamos nuestro tiempo, nuestra energía, nuestra atención y nuestro mayor tesoro. Podemos idolatrar personas, ministerios, posesiones, proyectos, posiciones e incluso a nosotros mismos. El evangelio nos invita a morir a nosotros mismos y a estimar a los demás como superiores.
Cuando colocamos algo por encima de Dios, nuestro corazón deja de arder por él y comienza a dividirse.
El corazón humano puede fabricar ídolos constantemente. Por eso necesitamos reconocer qué ocupa el primer lugar. El problema no está en tener responsabilidades, trabajar, formar una familia, administrar bienes o desarrollar proyectos. El problema aparece cuando esas cosas ocupan el lugar de Dios. Podemos tener mucho y permanecer humildes, o tener poco y vivir llenos de orgullo. La diferencia está en dónde ponemos nuestra confianza, nuestra identidad y nuestra satisfacción.
La idolatría también puede esconderse detrás de las excusas. “No tengo tiempo”, “no puedo”, “estoy ocupado” pueden convertirse en argumentos permanentes para no responder al llamado de Dios. Siempre tendremos ocupaciones, cansancio y responsabilidades, pero necesitamos discernir si esas cosas están comenzando a desplazar aquello que Dios nos está llamando a hacer.
Cuando vemos el propósito eterno, los obstáculos dejan de ser excusas y comienzan a ser desafíos que atravesamos con fe.
La belleza de Dios no consiste en construir un Dios a nuestra medida. Su belleza está en su carácter, su naturaleza, su misericordia, su justicia, su amor y su manera de conducir la historia. Conocer a Jesús implica mirar cómo trataba a las personas, cómo caminaba, cómo amaba y también cómo defendía la santidad. El evangelio no consiste en crear una imagen de Dios que se adapte a nuestros deseos, sino en conocer al Dios verdadero y rendirnos ante quien él es.
La historia de Israel muestra constantemente esta lucha. Mientras el pueblo contemplaba las señales, los milagros y la presencia de Dios, permanecía enfocado. Cuando quitaba la mirada y comenzaba a mirar a las demás naciones, aparecía la idolatría. El problema no era la ausencia de evidencias, sino el desenfoque. Por eso necesitamos mantener nuestros ojos puestos en Dios y recordar quién es nuestro sanador, nuestro Padre y nuestro Señor.
El segundo aspecto que debemos cuidar es no permitir el engaño. Jesús mismo advirtió que no fuéramos engañados. Juan también exhorta a cuidar el fruto del trabajo y a permanecer firmes hasta el final. No alcanza con comenzar bien; necesitamos terminar con fe. Existen engaños que buscan apartarnos del verdadero Jesús, confundir nuestra comprensión de la verdad y apagar nuestro corazón. Por eso necesitamos discernimiento y una atención constante a la Palabra.
El enemigo busca poner velos para impedir que contemplemos la luz del evangelio. Pablo enseña que el dios de este siglo ciega el entendimiento para que las personas no puedan ver la luz de Cristo. Pero cuando la luz de Dios resplandece, el velo es quitado. El Espíritu Santo nos permite contemplar a Jesús y comprender quién es él.
Necesitamos permanecer cerca de las Escrituras y permitir que la verdad de Dios corrija todo aquello que intenta engañarnos.
No todos los engaños llegan desde una religión diferente. También existen pensamientos, deseos, ideologías, prioridades y formas de vivir que pueden apartarnos lentamente del propósito de Dios. El peligro está en que el corazón se vaya apagando sin que lo advirtamos. Por eso debemos prestar atención a nosotros mismos, cuidar el fruto de nuestro trabajo y permanecer firmes. La vigilancia no nace del miedo, sino de la conciencia de que tenemos algo valioso que cuidar.
Para permanecer firmes necesitamos mirar atentamente la Palabra. No alcanza con leer un versículo de manera superficial y continuar con nuestra vida. Estos tiempos requieren intención, profundidad, oración y conocimiento de las Escrituras. Necesitamos meditar la Palabra, cantarla, declararla y permitir que forme nuestra manera de pensar. Cuando conocemos lo que Dios dijo, podemos reconocer el engaño con mayor claridad y permanecer enfocados en el plan que él está desarrollando.
La historia del becerro de oro muestra lo que sucede cuando el corazón pierde de vista a Dios. Moisés subió al monte y el pueblo comenzó a pensar que la espera era demasiado larga. Entonces construyeron un ídolo para ocupar el lugar de Dios. En los últimos tiempos también existe el peligro de pensar que el Señor tarda y, mientras esperamos, comenzar a vivir como si su regreso no fuera real.
La espera no debe llevarnos a la distracción, sino a una mayor fidelidad.
Por eso debemos preguntarnos qué está ardiendo en nuestro corazón. ¿Qué estamos contemplando? ¿Qué estamos buscando? ¿Qué ocupa nuestra atención? Si nuestros ojos están puestos en Cristo, el corazón encuentra dirección. Si nuestros ojos están puestos permanentemente en las circunstancias, los problemas, las posesiones o nuestros propios deseos, el corazón termina llenándose de aquello que contempla.
Necesitamos pedirle al Espíritu Santo que quite los velos y nos permita ver una realidad superior. Que podamos ver a la iglesia como él la ve, a nuestras familias como él las ve, a nuestros hermanos como él los ve y a nuestra ciudad como él la ve. Que podamos reconocer que cada grupo de vida, cada servicio, cada oración y cada acto de amor forman parte de algo mucho mayor.
Nada de lo que hacemos para Dios es en vano.
Los ojos bien abiertos nos permiten reconocer los ídolos y alejarnos de ellos. También nos permiten detectar el engaño antes de que eche raíces en el corazón. Por eso necesitamos mantenernos atentos, mirar a Cristo, permanecer en la Palabra y caminar en comunión. No queremos que nuestros corazones se enfríen ni que nuestra mirada se desvíe. Queremos permanecer satisfechos en Dios y encendidos por su presencia hasta el final.
Como los discípulos en el camino de Emaús, necesitamos que el Señor abra nuestros ojos para reconocerlo en las Escrituras. Cuando comprendemos que Cristo está presente y que toda la Palabra apunta hacia él, nuestro corazón vuelve a arder. Esa mirada nos permite avanzar sin volver atrás, permanecer firmes y caminar con fe aun cuando las circunstancias sean difíciles.
Necesitamos hacer un pacto con nuestros ojos y elegir cuidadosamente aquello que contemplamos. Debemos volver a conectar profundamente con las Escrituras, mirar a Cristo en nuestros hermanos, reconocer los testimonios de lo que Dios está haciendo y contemplar la evidencia de su poder transformando vidas.
Cuando nuestros ojos se limpian de aquello que los distrae, el corazón vuelve a encontrar satisfacción y comienza a arder nuevamente.
El Espíritu Santo quiere capacitar a la iglesia con discernimiento y entrenar nuestros sentidos espirituales para que podamos reconocer lo que Dios está haciendo. Necesitamos una iglesia con ojos abiertos, corazones encendidos y una mirada puesta en Cristo. Una iglesia que se aleja de los ídolos, que no permite el engaño, que permanece firme en la verdad y que continúa corriendo la carrera con los ojos puestos en Jesús.
«Señor, abre nuestros ojos para contemplarte con claridad. Quita todo velo que nos impida ver lo que estás haciendo y danos discernimiento para reconocer aquello que quiere ocupar tu lugar. Ayúdanos a alejarnos de todo ídolo y a no permitir ningún engaño que apague nuestro corazón.
Espíritu Santo, purifica nuestros ojos, despierta nuestros sentidos espirituales y enséñanos a mirar a Cristo en las Escrituras, en nuestros hermanos, en nuestras familias y en cada lugar donde estás obrando. Queremos permanecer atentos, firmes y satisfechos en vos. Queremos que nuestros corazones ardan de amor por Jesús y permanecer fieles hasta el final.»
