4 de octubre de 2026
Entramos juntos en esta última etapa del año. Octubre, noviembre y diciembre son la etapa final de este año. Y la Biblia la leemos todos. La vamos leyendo congregacionalmente y la abrimos en nuestras casas. Gálatas es el corazón del apóstol Pablo y nos desafia a la integridad y a caminar en el Señor.
Pero cuando terminábamos el año pasado, dábamos la palabra que nos conduciría a través de todo el año y que tendría como epicentro la persona del Espíritu Santo. Y hablamos de que en estos tres meses el concepto sobre el que vamos a trabajar, leer y compartir es la persona del Espíritu Santo como el Paráclito o el Paracleto.
Romanos 8:26-27.
El Paráclito proviene del griego paracletos y significa el que consuela, alienta, intercede y defiende. No tememos la tormenta porque conocemos a nuestro consolador. No nos paraliza la necesidad ni el dolor de nuestra sociedad, porque mayor es el que está con nosotros. Somos conscientes de la dificultad, pero no retrocedemos. Nos preparamos espiritualmente para este tiempo. La persecución, la enfermedad, la escasez y la opresión son el campo que se nos ha asignado. Sin embargo, el consolador vive en nosotros. Por eso somos llamados a caminar sobre el agua en la hora de la prueba. Sostenidos por su presencia y guiados por su voz, mientras el mundo es sacudido por la oscuridad, se abre la mayor ventana de oportunidad para una cosecha de almas sin precedentes. No caminaremos solos ni a ciegas. Él es quien da la victoria. Él es quien nos enseña y nos conduce en la batalla. Él es quien nos inspira a amar y anhelar el regreso del novio. Él es quien nos llena de poder. En este cuarto trimestre somos desafiados a vivir el Pentecostés, a vivar el avivamiento, entendiendo la oportunidad histórica en la que estamos, movernos en la fuerza y el poder del Espíritu Santo y con su agilidad en medio de la misión. No se trata solo de experimentar su obra, sino de caminar en obediencia, sensibilidad y dependencia total. El Espíritu Santo es el centro de la vida de la iglesia que construimos. Una iglesia que intercede, que adora, que discierne los tiempos y avanza con autoridad espiritual. Una iglesia que manifiesta el reino con poder, fruto y amor como amigos del novio.
Nosotros nos paramos cada año pidiéndole al Espíritu Santo que nos conduzca en la construcción de la iglesia. Y nos hablaba de estos tres meses de la persona del Espíritu Santo como el que va a caminar con nosotros y va a transitar lo que tenemos que enfrentar juntos.
Entendemos la obra del Espíritu Santo, pero también entendemos lo que sucede y creemos que Él es suficiente. Él es el que es. Es la tercera persona de la Trinidad que camina con nosotros.
Y por eso juntos leemos el libro de Gálatas, leemos el libro de Romanos y 1 y 2 de Pedro. Estos tres meses vienen como una respuesta intensiva de Dios para cultivar aceite para lo que va a venir.
Por eso, el Paracleto es el Espíritu Santo presente. Es Emanuel, Dios con nosotros. No solo es la fuerza, no solo es la unción, no solo es el toque del Espíritu Santo; es esa persona transitando el lugar que nos toca, por el que nos toca caminar.
Elegimos empezar este tiempo leyendo Gálatas porque es la carta de un pastor con su corazón dolido por la realidad espiritual de un pueblo que se ha conformado a las formas de la religión y que ha perdido el fuego del epicentro del Espíritu Santo.
El apóstol Pablo le habla a los Gálatas con la pasión de un padre que quiere que sus hijos no pierdan el rumbo. El apóstol Pablo, lleno del Espíritu Santo, conduce a estas familias, a esta gente, al fuego del Espíritu Santo, al fuego que transforma, que cambia.
El punto de partida de Pablo no es solo una experiencia lejana, sino una actitud de su corazón.
Él se pone como ejemplo para aconsejar que sigamos los mismos pasos de Jesús. Nos lleva a un lugar que es el punto de partida de todas las cosas. Nos lleva a un lugar donde la historia fue quebrada, donde la muerte fue resuelta, donde el pecado fue derrotado.
Nos lleva a uno de los lugares que hoy es tan menospreciado y ha sido adoptado por la religión como una forma y hasta se ha vuelto popular, pero sin embargo lo vamos disminuyendo cada vez más.
El apóstol Pablo en Gálatas referencia a la cruz varias veces, en varias ocasiones, pero queremos tomar este pasaje que es el punto de partida. Ahí tenemos un registro de los versículos acerca de la cruz en Gálatas y del camino de la crucifixión.
Gálatas 2:20-21
Gálatas 5:24-26
Gálatas 6:14
Para Pablo, la cruz es el punto de partida. Y estamos hablando de un apóstol que no conoció la cruz en un primer momento. Él llega al conocimiento de Jesús por una revelación del Hijo de Dios.
Para Pablo, la cruz está teñida de todo el conocimiento de la época. Para Pablo, la cruz cobra relevancia por la revelación de Jesús glorificado.
Pero es interesante porque en los primeros capítulos, en el capítulo 2, Pablo dice: “Mi viejo yo ha sido crucificado juntamente con Cristo. Así que ya ahora no vivo yo, sino que Cristo vive en mí y por esa muerte en la cruz yo soy libre. Ahora, porque yo he sido crucificado al mundo, yo no desprecio la gracia de Dios”.
¿Qué es la gracia de Dios? La gracia de Dios es Jesús muriendo por nuestros pecados en la cruz.
Ya no vivimos despreciando el sacrificio de Jesús. Antes vivíamos para la religión, tratando de hacer cosas para pagar nuestra entrada al cielo. Ahora vivimos mucho más apasionadamente por esta cruz que nos ha dado libertad.
Es interesante porque la palabra que usa Pablo para hablar de que fue crucificado es la palabra crucifixión, donde viene la acción de que alguien pase por ese lugar.
Deuteronomio en la Biblia declara maldito el que muere en un madero. Porque la cruz conlleva un peso muy especial. Para Pablo, que es ciudadano romano, él entiende lo que eso implica y por eso toma la cruz como un punto de partida y entiende que no es que en la cruz sucedió algo, sino que algo continúa sucediendo.
Uno de los males de la religión moderna es hacer de la cruz un amuleto, hacer de la cruz una tendencia, hacer de la fe cristiana algo que se puede vivir en parte como una opción de vida más. Porque la cruz es mucho más poderosa que eso.
La cruz no es algo que quedó como una referencia histórica, sino que la cruz es una marca que determina el final de una temporada y el comienzo de todas las cosas hechas nuevas. La cruz es como una mira que nos muestra el retorno de Jesús.
La cruz es como el cristal por donde todo se ve con mayor claridad.
Y para entender eso, tenemos que comprender a lo que Pablo se refiere cuando Él dice: “Yo he sido crucificado juntamente con Jesús”.
La crucifixión era un sistema de humillación y exposición. La persona era condenada públicamente y parte importantísima de la crucifixión era la humillación. El condenado era expuesto, maltratado y llevado hasta el lugar de la ejecución.
Después de eso, la persona era obligada a llevar el madero. El madero no normalmente no era la cruz completa, sino que era la cruz horizontal. Ponían sobre esa persona el peso de la madera y lo obligaban a cargar su propio madero como símbolo de humillación, de carga, y lo llevaban hasta el lugar.
Jesús pasó por todo esto. La crucifixión de Jesús rompió algunos de estos protocolos porque el juicio de Jesús duró muy poco. Simple. Porque Él era inocente. Él cargó sobre Él todo el peso de nuestro pecado.
Y Él tomó el madero, que era un instrumento de vergüenza, y lo transformó en un instrumento de victoria. La crucifixión de Jesús fue mucho más violenta que lo normal. La ira de los líderes religiosos y del sistema romano hizo que todo se apresurara. Todo lo que se hacía prolongado se comprimió.
Después de acusarlo falsamente y de arrestarlo rápidamente por los tribunales, Jesús mismo vio cómo aquellos que Él había sanado se convirtieron en testigos mentirosos que lo condenaban. Como las personas que habían estado cerca de Él se levantaron injustamente para callar su voz. En medio de todo eso, sus seres queridos, los apóstoles, los amigos a los que Él había entrenado y preparado, huyeron de su presencia.
Él fue llevado delante de los soldados romanos que lo desnudaron y lo maltrataron. Lo empujaron y arrancaban su barba. No solo eso, como insulto de los romanos: “Este es el rey de los judíos”. Le tejieron una corona de espinas y se la clavaron en la cabeza. Ellos, con toda la violencia, con toda la ira del infierno, caen sobre este carpintero de 33 años. Lo que no saben es que están siendo instrumentos del plan divino para que todo se cumpla.
Esos mismos espinos que cuando el hombre cayó en pecado fueron la declaración de maldición sobre la tierra, ahora están en contacto con la sangre del Cordero inmolado. Le arrancan su ropa y después de abusar de Él de diferentes maneras, lo atan para castigarlo. Sin embargo, con toda la furia lo azotan, lastimando su piel, desgarrando su carne.
Y cuando apenas puede ponerse en pie sobre las heridas abiertas, le ponen un manto y todos gritan: “Miren, este es el rey de los judíos”. Y aunque el infierno celebra y el mundo está expectante de la muerte de este muchacho, no tiene idea de que el que está de pie en ese lugar es el Cordero inmolado que quita el pecado.
Lo obligan a cargar su madero, lo ponen sobre su espalda, lo arrastran por las calles mientras lo insultan y lo denigran. Cae una vez, cae otra vez y aparece en la escena un campesino lejano, Simón de Cirene, al que lo obligan a llevar la cruz. Lo arrastran hasta el Gólgota, donde lo clavan de manos y pies. Levantan la cruz y la crucifixión fue tan violenta que ese cuerpo joven no resiste.
Pilato se pregunta cómo puede ser que muera tan rápido. Levantado en la cruz, Jesús exclama: “Perdónalos porque no saben lo que hacen.” Invita a un ladrón que cree en Él a inaugurar el paraíso. Y cuando la tarde empieza a llegar, en pleno comienzo de la Pascua, el Cordero declara: “Consumado es.” Lo arrastran a la tumba de un rico, lo entierran y la muerte lo envuelve. Ahora que el cuerpo está destrozado, la vida ha renacido y el infierno es derrotado.
Porque necesitamos entender a qué se refiere Pablo cuando dice: “Yo estoy crucificado”. Porque necesitamos comprender lo que implica que nuestro Dios sea un Dios que murió en la cruz. Necesitamos comprender lo que Pablo quiere decir cuando dice: “Yo he sido crucificado juntamente con Cristo. Yo estoy en el madero con Él y ya no vivo yo, sino que ahora Cristo vive en mí”.
Necesitamos entender que la vida que vivimos en Cristo y que la cruz no es algo que simplemente quedó allí, sino que es una invitación a ser parte de ese proceso.
Cuando miramos la cruz, pensamos en la persona del Espíritu Santo en la crucifixión de Jesús, la tercera persona de la Trinidad, que no le evitó el dolor ni le allanó el camino. Y es impactante saber que en el momento que Jesús está entregando su vida por nosotros, el Espíritu Santo está ahí.
El Espíritu de vida está dentro de Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios, y no le hace el camino más corto. El Espíritu Santo está ahí cuando Jesús abre sus ojos y ve que todos los que Él había sanado y los que había amado ahora lo rechazan.
El Espíritu Santo está ahí cuando el cuerpo empieza a ser destrozado y las emociones se disparan. El Espíritu Santo está ahí cuando ya no hay más fuerza y cae. Pero el Espíritu Santo también está ahí cuando provee de un Simón de Cirene que le ayuda a llevar la cruz. No le hace el camino más corto, no le facilita el proceso, pero está ahí.
Cuando Él cuelga en el madero y grita: “Papá, ¿por qué me has abandonado?”, está ardiendo en el corazón del Salvador. Cuando Jesús en la cruz dice: “Perdónalos porque no saben lo que hacen”, está ahí.
Cuando después el cuerpo de Jesús es llevado a la tumba y la muerte lo quiere absorber, ese mismo Espíritu Santo lo levanta de entre los muertos y nos da la victoria que nos ha dado eternidad.
Y este es el esquema de la salvación, pero también es aquello a lo que somos invitados. Somos invitados a entender realmente el peso que tiene estar crucificados con Jesús. No es una oración, no es un rezo para espantar maldiciones, no es un objeto detrás del cual vamos, no es una idea.
En la cruz la eternidad de la humanidad fue decidida.
La madera tiene algo especial para Dios. Antes de ir a la cruz, Jesús era carpintero. Esa misma madera que Él un día va a cargar, esa misma madera en la que Él un día va a ser traspasado.
Esa madera se convierte en instrumento de libertad y también en esa referencia que nos trae sanidad. Y para cada uno de nosotros queda el llamado a entender lo que significa estar crucificados con Jesús.
En el medio del camino podemos devaluar el valor de la sangre y del sacrificio de Jesús, a tal punto que para nosotros ser cristianos o seguir a Cristo sea un abuso de la gracia permanente, donde nos permitimos vivir una vida de pecado, una relación a medias donde, cuando las cosas se ponen difíciles, nos ofendemos.
Cuando en realidad la marca de la cruz es tan profunda, el apóstol Pablo dice: “Ahora yo estoy crucificado con el Señor y junto conmigo he crucificado al mundo y he perdido mi interés en el mundo”. Pero escucha esto: “Y el mundo ha perdido interés en mí”.
Pablo está diciendo: “No solo yo he renunciado a mi pasado, a mis condicionamientos, a mi pecado, sino que he renunciado a las cosas que este mundo me ofrece. Pero el mundo también hoy no me reconoce”.
Cuando Pablo habla del mundo, habla del sistema de pecado. Habla del sistema que Satanás implantó cuando nosotros le rendimos nuestra voluntad. Ese sistema de pecado que nos lleva a tolerar la inmoralidad, que nos lleva a tolerar la mediocridad espiritual.
Jesús en la cruz del Calvario venció el sistema de este mundo. Hemos sido comprados por la sangre del Cordero Santo.
Nosotros no le pertenecemos más a este sistema desde el momento que hemos declarado que Jesús es nuestro Señor y hemos aceptado el poder de su sangre sobre nuestras vidas y hemos establecido una relación personal con Dios por medio de su Hijo.
No somos el producto de ningún sistema y podemos estar marcados por el dolor, marcados por el pecado, marcados por la muerte. Pero, rendida nuestra vida en la cruz, ya no vivimos nosotros. Vive Cristo en nosotros.
Nuestras vidas le pertenecen a Él desde ahora y para siempre porque la cruz es asombrosa.
En alguna parte nosotros nos desviamos del plan y hacemos de la cruz solo un lugar de conveniencia, de la gracia un espacio de demanda personal. Pablo dice: “Yo he sido crucificado”. Lo que está diciendo Pablo, cuando Jesús caminó por el Gólgota, yo estaba en Él y yo sé que Él pagó por mí el precio del pecado.
Pero de la misma manera que Él se negó a sí mismo, de la misma manera que Él murió para dar vida a otros, nosotros hemos decidido vivir de la misma manera. Hemos decidido vivir crucificados. No estamos hablando de vivir una vida de sufrimiento voluntario, porque entendemos que en la cruz Jesús, por medio de su sangre, nos libró del pecado, nos libró de la maldad.
Pero también Él nos invitó por medio de su sacrificio a estar crucificados con Él, a saber que en esta vida el camino va a ser difícil como el que Él transitó.
Cuando la enfermedad viene, cuando el dolor viene y tal vez a nosotros no nos azotan ni nos desgarran la carne, pero nos enfermamos, sufrimos tragedias y pasamos crisis, hay un camino que atravesar.
No podemos tomar atajos en medio de esos procesos. Y el mundo nos invita a vivir en la mediocridad espiritual que nos propone. Satanás no puede derrotar la cruz de Cristo. Satanás fue vencido en la cruz. Lo que él busca es disminuirla, lo que busca es quitarle el valor. Al infierno no le preocupa que llenemos nuestras reuniones, que cantemos canciones apasionadas o que aprendamos el método cristiano.
Lo que le preocupa al infierno es que descubramos el verdadero valor de la cruz. Porque cuando una persona encuentra el verdadero valor de la cruz, se crucifica en ella. Hace de la cruz el lugar donde todo se resuelve.
Hace de la cruz el lugar donde cuando no da más es renovado por la sangre de Cristo. Hace de la cruz el lugar donde cuando no puede resolver sus conflictos personales, va a la cruz y ve lo que hizo Jesús y ve cómo Jesús lo perdonó.
La cruz nos lleva a perdonar al cónyuge, a la persona que nos lastimó y a aquel que nos hirió. También nos lleva a pedir perdón por nuestras equivocaciones.
Porque la cruz es como una mira que nos muestra nuestra vida transformada por el poder de su amor, pero también nos muestra cómo Jesús resucitó y nos muestra la cruz también como el Espíritu Santo descendió. Nos muestra la cruz que un día aquel que murió en esa cruz volverá como el Rey de gloria y reinaremos con Él para siempre.
Cuando una persona descubre el verdadero valor de la cruz, hace de la madera su casa, hace de la sangre su remedio, hace de la cruz la referencia permanente de todo lo que hay en su vida.
La cruz marca el espacio donde todo se completa, dice la palabra del Señor. Entonces, cuando Él venga, verán aquel que fue traspasado. Es decir, que una de las referencias cuando Jesús regrese a buscarnos va a ser que todos van a entender que el que viene es el que murió en la cruz, que ese que viene con ojos de fuego, que ese que viene montado en un caballo blanco es el del madero, es el que sometió y venció a la muerte.
De la misma manera que Pablo dice: “Yo he sido crucificado al mundo y sus pasiones y ahora no desprecio la gracia, sino que vivo por medio del Espíritu”. Otra parte de Gálatas dice que por la cruz de Jesús podemos pedirle al Espíritu Santo que venga a nuestra vida y que nos llene.
De la misma manera que el Espíritu Santo estuvo con Jesús en la crucifixión, está con nosotros.
A veces queremos escaparnos de nuestra realidad, queremos atajos, queremos que todo nos cueste menos, queremos vivir un evangelio más diluido, más simple. Pero el Espíritu Santo que estuvo en Jesús, el Espíritu Santo que caminó los pasos de la crucifixión nunca nos va a permitir menospreciar la sangre del Cordero. Y es por eso que el Espíritu Santo convence de pecado.
Cuando nos equivocamos, el Espíritu Santo nos recuerda el sacrificio del Cordero inmolado, lo que Él sufrió y lo que Él pagó para que tengamos libertad. El Espíritu Santo no nos permite menospreciar la sangre del Cordero, vivir atrapados en el pecado ni rendirnos a nuestras debilidades.
Cuando una persona le da lugar al Espíritu Santo, la referencia del Espíritu Santo no es nuestra mayor capacidad, es la persona de Jesús.
Y cuando atravesamos el dolor y sentimos que no podemos más, el Espíritu Santo nos recuerda que Él cayó por nosotros, murió por nosotros y entregó su vida por nosotros. Así somos levantados en el nombre de Jesús y avanzamos hacia lo que Dios tiene.
El Espíritu Santo nos lleva a entender que hemos sido crucificados para que Cristo viva en nosotros.
Y no se trata de una vida de sufrimiento y dolor permanente. Si Él pagó por nosotros, debemos tener conciencia de a dónde nos está llevando el Espíritu Santo, de que venir todos los días a una reunión, orar diez minutos y diezmar no es sacrificio.
Lo que hacemos debe hacerse de corazones rendidos y crucificados con Él, que aman lo que hacen.
Cuando la persona está en la cruz, cuando la persona está en la cruz ha sido crucificada al mundo. No rendirse frente a la debilidad ni conformarse frente al pecado de este sistema nace de haber conocido la cruz de Cristo y entendido cómo el precio fue pagado en esa cruz.
La clave para no rendirnos frente al pecado es hacer de la cruz el lugar de nuestra habitación.
Es que no solo comprende el peso de la cruz, sino que a través de la cruz ha comprendido el poder de la resurrección y ha aprendido a mirar a través de los ojos de Jesús.
Y la cruz de Cristo nos obliga a ser como Él, a hacer lo que Él hizo y a vivir como Él vivió. Y en medio de ese proceso no vivir una fantasía religiosa, sino la realidad del reino de los cielos. No nos ajustamos a la realidad, nos ajustamos a la eternidad.
Por eso Pablo termina diciendo: “¿De qué me voy a gloriar? Mi gloria va a ser la cruz de Cristo”. La gloria de Pablo no está en plantear un montón de iglesias ni en un montón de gente. Su gloria está en que Jesús le ha dado el privilegio de ser parte de su cruz, de su resurrección y de su victoria eterna.
En el mismo libro, el apóstol Pablo va a decir: “Yo tengo el privilegio de llevar las marcas de Cristo”. Y lo dice porque él entiende que por el poder de las marcas que Jesús tuvo en la cruz es libre, pero también porque fue azotado y tiene cicatrices. Él pudo experimentar el poder del Espíritu Santo a través de lo que le tocó vivir. Pudo aprender a vivir la vida del Espíritu Santo en cada momento.
Por eso: “Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí”.
Hoy el Espíritu Santo nos habla de aquel que ha de venir, pero también nos quiere invitar a volver a apreciar la cruz de Jesús, a volver a apreciar el valor de su sangre que no ha tenido ni ha perdido poder, a vivir una vida real plantados en ese sacrificio eterno.
Nuestra misión es llevar a las naciones, a nuestros vecinos, a nuestros amigos, a nuestros hijos y a nuestra generación a la cruz, donde el pecado es perdonado y donde la vida es transformada. Esa es nuestra misión, pero nace de alguien que dice: “Yo he sido crucificado y ya no vivo yo, sino que ahora vive Cristo en mí”.
Y todo lo que vivimos en este presente, todo lo que vivimos en esta carne que se desgasta, que lucha todos los días, lo vivimos por la fe del Hijo de Dios. Y no vivimos para despreciar la gracia, no vivimos solo para caer un día más y volver a levantarnos. Vivimos porque en nosotros hay un plan eterno. Vivimos porque ahora el mundo no nos reconoce y el Espíritu Santo está dentro de nosotros.
No somos infalibles, vamos a caer. No somos infalibles, podemos ser derrotados. Pero nuestro punto de partida determina hacia dónde caminamos.
Porque si el punto de partida es nuestro hambre por el pecado, la religión y la carne, entonces caer en pecado va a ser una constante permanente, porque va a ser buscar la satisfacción.
Ahora, cuando el punto de partida es el Espíritu Santo, lo que vamos a buscar es agradarle a Él, que nuestra familia le agrade, que nuestras acciones le agraden, que nuestra vida le agrade.
Y buscando agradarle a Él podemos fallar, podemos ser seducidos, podemos caer en el camino, pero vamos a caer desde el punto de partida que es la obra del Espíritu y no la obra del pecado.
Entonces, ¿qué hacemos con esta carne que nos invita una y otra vez a vivir una vida lejos de Dios? La crucifico.
A veces cantamos cosas que no terminamos de dimensionar. A veces reducimos la cruz a un momento cuando la cruz es parte de nuestra vida. Por eso estas palabras de Jesús: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.”
Sí. Él nos invita a reinar con Él para siempre. Él nos invita a vivir en el poder de la resurrección, pero también nos invita a ser parte de sus sufrimientos.
Y cuando somos parte de sus sufrimientos, no es que andamos penando por la vida, es que disfrutamos de los beneficios de su sacrificio. Es que ya todo lo que hacemos no lo hacemos para pagar el favor de Dios.
No andamos por la vida con ese miedo permanente a ser rechazados por Dios o por las personas, sino que entendemos que en la cruz se resolvió todo.
Y porque en la cruz se resolvió todo, ahora somos crucificados con Él y amamos lo que Él ama y sentimos lo que Él siente y caminamos por el poder de su sangre y descubrimos que esa cruz lo vale todo.
Descubrimos que Él lo vale todo y descubrimos un placer que trasciende la carne, un placer superior que es eterno y que nos llena de esperanza. Por eso, la invitación es volver a darle valor a la cruz. Es el punto de partida. Es hablar como Pablo de la cruz una y otra vez. Es lo que nos da poder. Es donde somos perdonados, es donde somos redimidos, es lo que espanta al infierno.
Es volver a abrazar esa cruz con todos sus beneficios y hacernos cargo del desafío de morir a nosotros mismos para que Él crezca. Es volver a llenar el altar y anclar nuestra vida en la cruz, y desde la cruz mirar todo y entender su regreso y comprender lo que implica adorar al Cordero inmolado.
Comprender lo que implica ser partícipes de la cruz de Jesús. Jesús resolvió todo para hacernos parte de su naturaleza. Jesús resolvió todo para que vivamos como Él vivió. Jesús resolvió todo, no para que Él haga lo que nos toca a nosotros, sino que resolvió todo para que vivamos, para devolverle a Él todo lo que el pecado nos ha quitado.
Jesús en la cruz resolvió todo para que no tengamos que repetir las mismas historias, sino para que nuestra vida sea parte de su historia.
Por eso, si hace tiempo que no vamos a la cruz, si hace tiempo que solo es un pensamiento aislado que se acomoda a nuestras pretensiones, volvamos a la cruz.
Volvamos a la cruz. Volvamos al altar donde todo se resuelve. Volvamos al poder de su sangre, donde todo pecado es limpiado. Volvamos al poder de la cruz, donde las emociones que son vulneradas son restauradas, donde el cuerpo enfermo se sana.
Volvamos a la cruz, donde encontramos propósito para todo lo que nos toca vivir. Hagamos de la cruz ese punto de referencia que necesitamos.
Y el mismo Espíritu Santo que no solo levantó a Cristo entre los muertos, sino que lo acompañó en la cruz, hoy nos levanta y nos llena por su poder. Por eso, en esta noche, amada iglesia, volvamos a los pies de la cruz de Cristo. Corramos al trono de la gracia, para que podamos hallar oportuno socorro.
Cuando una persona se encuentra con la cruz de Cristo, la belleza de la cruz es abrumadora: El Cordero inmolado que es levantado, aquel sin pecado y sin mancha, el Dios eterno hecho hombre, la sangre preciosa que quita el pecado.
La cruz nos lleva a rendirnos una vez más a los pies de la cruz, a expresar arrepentimiento, gratitud y adoración. No estamos solos. El mismo Espíritu Santo que acompañó a Jesús en la crucifixión es el mismo que está en nosotros.
