Contendiendo ardientemente

27 de septiembre de 2026

Judas 1:3 nos llama a contender ardientemente por la fe. La palabra contender viene del griego epagonisam, una expresión relacionada con los atletas y luchadores de un estadio, y describe la batalla que los creyentes deben llevar en defensa de la fe. Significa pelear, sufrir y permanecer bajo grandes tensiones, luchando vigorosamente por aquello que creemos.

Los atletas tienen disciplinas especiales para llegar con la mente, el físico y la salud lo más fuertes posibles para competir. De la misma manera, nuestra fe necesita ser cuidada, fortalecida y defendida. Los apóstoles vivieron en una época de muchas ideas, religiones y mezclas, y aun sin tener todo el Nuevo Testamento, hablaban continuamente de las Escrituras y recordaban las palabras de Jesús.

En la época de Judas había muchas cosas que intentaban sacar la pureza del Evangelio. Había personas que hablaban herejías y buscaban mezclar el cristianismo con ideas paganas y filosofías de la época. Por eso fue necesario defender la fe, no desde los gritos ni desde las discusiones, sino desde convicciones firmes y claras sobre lo que creemos.

Contender por la fe significa sostener nuestras convicciones frente a todo lo que intenta apartarnos de ellas. Significa decirle no al pecado y a todo aquello que atenta contra la fe que recibimos.

No se trata de una religión que nos obliga a hacer determinadas cosas, sino de una convicción que nace de tener al Espíritu Santo y reconocer aquello que no edifica nuestras vidas.

Fuimos llamados de la oscuridad a la luz, de la esclavitud a la libertad, de la muerte a la vida, de una manera vana de vivir a una vida de plenitud y de la inmundicia a la santidad. Fuimos llamados a estar cerca de Jesús, a un plan, a un propósito y a un destino. Fuimos llamados a cosas más elevadas, mejores, eternas e invisibles.

2 Timoteo 2:4 -5

Timoteo 6:11

Por eso debemos contender para entender de dónde fuimos rescatados, de qué cosas fuimos rescatados, dónde estamos y hacia dónde vamos. No podemos recibir todo lo que Dios hizo por nosotros y después vivir en piloto automático. Lo que recibimos requiere permanecer firmes para que el fuego y la fe no decaigan.

Van a venir pensamientos, batallas y diferentes situaciones, pero debemos permanecer contendiendo ardientemente para que no caiga nuestra posición en Cristo, nuestra forma de vivir como iglesia y nuestro servicio. No se trata de llenarnos de actividades, sino de hacer lo que hacemos con más fuego, con más pasión y multiplicar lo que tenemos y lo que vivimos.

Contender es arremangarnos y seguir adelante. Es luchar por lo que vale la pena.

Es mantenernos firmes para que nuestras familias permanezcan en aquello que el Señor puso en sus corazones. Es estar armados, equipados y preparados para que nuestros hijos no sean consumidos por el mundo, sino que puedan hacer historia con Dios.

También debemos contender por nuestros matrimonios, nuestros hogares y nuestros vínculos. Muchas veces queremos recuperar aquello por lo que no estamos dispuestos a luchar. La construcción de la familia, de la iglesia y de los vínculos requiere perseverancia. No podemos abandonar aquello que Dios nos llamó a cuidar simplemente porque aparecen tensiones, cansancio o diferentes maneras de ver las cosas.

El tiempo que invertimos en la iglesia no es un teatro, un circo ni un recital. Es un espacio donde el Espíritu Santo habla a nuestras vidas para que tengamos la madurez y la fuerza necesarias para contender y luchar por lo que Dios nos ha dado y por aquello de lo que nos ha sacado.

Cada uno de nosotros tiene la responsabilidad de acercarse, de llegar a su casa, ir a su trabajo y formar su familia contendiendo ardientemente para que el propósito y el plan de Dios se cumplan en nuestras familias y en nuestras generaciones.

Jesús ya obtuvo la victoria en la cruz. Él despojó a los principados y potestades y nos dio la victoria. Por eso esta batalla ya tiene victoria. Momentáneamente estamos en este mundo batallando con el pecado hasta que Jesucristo regrese y todas las cosas sean redimidas.

El enemigo no tiene derecho sobre nuestras vidas. No somos esclavos de Satanás ni del pecado. Nada de eso puede dominarnos si nuestras vidas están sujetas a Dios. Vamos a tener batallas, pero Jesús fue tentado en todo y no pecó. Él enfrentó batallas muy duras, pero nunca cambió su posición de Hijo de Dios ni aquello para lo cual fue llamado.

2 Timoteo 2:15

Timoteo 6:9

Esta es la buena batalla de la fe. Es buena por todo lo que Dios hizo y por todos los beneficios de la cruz y de la sangre de Cristo. Hemos sido comprados, sellados, elegidos, salvos y libres. Todo está en Cristo: Cristo en nosotros, la esperanza de gloria.

Por eso debemos contender. El enemigo va a hacer todo lo posible para que nos durmamos, para que estemos en otra sintonía y para que escuchemos las voces incorrectas. No puede sacarnos de nuestra posición de hijos de Dios, pero sus artimañas buscan desconectarnos de la presencia de Dios y hacernos ceder.

Necesitamos estar despiertos, detectar y discernir cuál es la voz del enemigo y darle nuestro oído y nuestro corazón a la voz del Espíritu Santo.

Mantenernos en la lucha no significa que Dios nos ame más si asistimos o hacemos más cosas. Significa permanecer firmes en la fe y en todo aquello que Dios hizo por nuestras vidas.

La palabra contender implica que los seguidores de Cristo tienen algo por lo cual vale la pena luchar. Tenemos una fe que vale la pena defender, una salvación que vale la pena cuidar y una esperanza que vale la pena sostener. Por eso necesitamos permanecer firmes aun cuando cueste.

Pablo también habla de esta lucha. En Filipenses nos muestra que la vida digna del Evangelio incluye permanecer firmes en medio de las dificultades, luchando juntos por la fe del Evangelio y sin temor. También enseña que se nos ha concedido no solo creer en Cristo, sino sufrir por él y sostener la misma lucha.

Pablo llegó hasta el final contendiendo por la fe. Su vida muestra que el Evangelio no depende de la comodidad ni de las circunstancias. La fe permanece aun en medio de la cárcel, del cansancio, de las tribulaciones y de las limitaciones humanas.

Efesios 6 describe este conflicto como una batalla espiritual. Nuestra lucha no es contra personas de carne y hueso, sino contra principados, potestades y gobiernos espirituales. Por eso el Señor nos equipa con las armas que encontramos en su Palabra.

Pablo nos llama a soportar los sufrimientos como buenos soldados de Jesucristo, a vestirnos con la armadura, mantenernos firmes, derribar fortalezas y llevar cautivo todo pensamiento.

La batalla de la fe requiere permanecer preparados y utilizar las armas que Dios nos dio.

Judas deja también cinco llamados para permanecer firmes: mantenernos en nuestra santísima fe, orar guiados por el Espíritu Santo, permanecer en el amor de Dios, esperar la misericordia de Jesucristo que nos dará vida eterna y tener compasión de quienes dudan. También debemos salvar a otros arrebatándolos del fuego y ser bondadosos con ellos, teniendo cuidado de no dejarnos arrastrar por sus pecados.

Contender también es: discipular, amar, animar, exhortar y buscar el bienestar del otro.

Como sacerdotes, debemos conectar a otros, discipular, amar y animarnos. Las Escrituras nos llaman a animarnos, soportarnos, amarnos y buscar el bienestar de los demás. La batalla también se libra en los vínculos, porque somos una familia que está haciendo una casa para Dios en nuestras ciudades.

En el cuerpo de Cristo debemos contender ardientemente por vínculos donde podamos ser una familia. Como luchadores y como parte de un ejército, si uno cae, el otro lo levanta. No debemos rendirnos porque habrá tensiones, diferentes opiniones y distintas maneras de ver las cosas, pero eso no puede separarnos del propósito ni de la construcción de la iglesia.

Contender también significa permanecer en el amor de Dios. Amar a Dios y dejarnos amar por él. Amar como él ama requiere sacrificio y lucha, porque nuestro propio amor puede ser egoísta y limitado. Debemos contender para permanecer en el amor de Dios, que perdona, cubre, exhorta y corrige.

Primera de Corintios 13 nos recuerda que el amor no hace nada indebido, no busca lo suyo propio, no se envanece y nunca deja de ser. Amar lo que Dios ama es una dimensión profunda del amor. Es permanecer esperando su regreso y mantener nuestras lámparas encendidas, preparados para su manifestación gloriosa.

Por eso también debemos tener compasión de quienes dudan, animar a los que están atravesando dificultades y ser bondadosos. Pero debemos tener cuidado de no dejarnos arrastrar por los pecados de quienes todavía no se deciden. Podemos esperar, acompañar y amar sin participar de aquello que nos aparta de Dios.

La iglesia necesita contender por una fe que no se duerme, no se apaga y no se deja engañar. Necesitamos una iglesia que aprenda a escuchar al Espíritu Santo, que permita que él hable al corazón y que permanezca firme en medio de todo aquello que busca seducirla.

Debemos contender por una iglesia que no se abruma ante las cosas que ve en el plano natural, sino que mira más allá de lo que ven sus ojos naturales. Una iglesia que permanece enfocada en el plan de Dios y en aquel que va a regresar a la tierra.

El sistema va a intentar seducirnos. Incluso la propia religión puede hacerlo. Puede aparecer la división, la tensión y la separación. Por eso debemos contender por una iglesia que se mantiene pura, cuyas lágrimas son lágrimas de amor por él y de alegría, porque está contendiendo por una fe tangible y real.

La fe es palpable en sus efectos sobre nuestras vidas. Nos sacó de la esclavitud, de la muerte, del pecado y de la inmoralidad, y nos llevó a una vida redimida y comprada con su sangre. Nos elevó, como dice la Palabra, a sentarnos en los lugares celestiales con Cristo Jesús.

Cuando él regrese a la tierra, nos permitirá reinar con él. Por eso nuestra mirada debe permanecer puesta en esa esperanza. Contender ardientemente es permanecer firmes hasta el final, cuidando aquello que Dios nos dio y esperando su regreso.

Veo el cielo abierto llorar. No, no me lo esperaba.

Ya palabras están dichas y ya los puños están cerrados.

Las túnicas ya se le fueron entregadas a tu apóstol.

Las piedras ya fueron escogidas. Mi fin está marcado.

Mi sangre yace en la tierra. Mi fin se acerca.

Dije la verdad y eso hoy me lleva a la condena.

Por salvar vidas soy llevado a las afueras. Valió la pena. Sí.

Él me hizo digno de esto.

Aun sufriendo con sangre en mis manos y mi cuerpo cansado.

Veo en las nubes ya corridas el cielo abierto y mi amado sonriendo.

Qué hermoso es verte, Señor, aún con sufrimiento en mi cuerpo.

No voy a resistirme, no voy a huir. Es momento de irme y no lo dudo.

Qué placer es verte. Ya mi cuerpo no sufre.

Solo una petición antes de irme.

Perdona al que tiene esas túnicas, que con mi sangre no cargue, ellos no saben lo que hacen. Ya es hora, Dios, de que me vaya.

Ya es hora de volver a mi origen. Mi misión ya está hecha.

Es hora de descansar en ti. Ya mi vida cumplió su uso.

Ahora Dios te encomiendo mi espíritu. Yo ya vi el cielo abierto.

Debemos contender en nuestra intimidad y por una iglesia que se quebrante, que aprenda a escucharlo, que deje que el Espíritu Santo susurre y hable a sus corazones. Una iglesia que no sea engañada, que no se duerma y que no se apague.

Esta lucha requiere tomar tiempo, escuchar al Señor, confesarle aquello que sentimos y no entendemos y dejar que el Espíritu Santo trabaje nuestro corazón, rompiendo conceptos, paradigmas y estructuras para poder tener un entendimiento pleno de su voluntad.

Debemos contender por una iglesia que no se abrume ante lo que sucede en el plano natural, sino que pueda mirar más allá de lo que ven sus ojos. Una iglesia que se mantiene firme, que espera el regreso de Cristo y que entiende que la fe que recibió tiene un valor eterno.

Contender ardientemente es luchar, permanecer, cuidar, amar y perseverar. Es sostener la fe que nos fue dada, permanecer en el amor de Dios, orar en el Espíritu Santo, animarnos unos a otros y mantenernos preparados para su regreso.

“Espíritu Santo, revélanos en nuestros corazones cómo pelear esta buena batalla de la fe. Está todo escrito y está ya fue todo expuesto. Tenemos las armas, ya sabemos cómo. Ahora ven, Espíritu Santo, ven y enciende nuestras vidas para comprender y entender que separados de ti no podemos hacer nada. Para contender en esta lucha de la fe, debemos conectar nuestros corazones con el Espíritu Santo. Somos más que vencedores. Somos más que vencedores.”