4 de enero de 2025
Todo este año vamos a hablar de un eje central y a poner un énfasis muy importante en la persona del Espíritu Santo. Cuando en el 2025 nos paramos mirando a aquel que es, que era y que ha de venir, al Todopoderoso, naturalmente surge esta persona que procede de aquel que es. Jesús prometió morir por nosotros, vencer a la muerte, resucitar, ascender y enviar al Espíritu Santo.
En el Evangelio de Juan leemos cómo Jesús habla con sus discípulos llevándoles tranquilidad y haciéndoles entender que era necesario que Él se fuera. Sin embargo, les explica que no los dejaría solos, sino que enviaría a otro Consolador que los guiaría a toda verdad. El concepto de “otro Consolador” no significa que Dios envía un suplente. No se trata de un hombre extraordinario ni del jefe de los ángeles. La palabra griega utilizada significa “otro de la misma naturaleza”: alguien igual, con la misma honra, la misma integridad y el mismo poder. Cuando Jesús asciende, no envía una fuerza impersonal ni una manifestación etérea, sino a la tercera persona de la Trinidad.
Cuando adoramos y buscamos al Señor, invocamos a Jesús que está sentado a la diestra del Padre, pero en medio de nosotros está el Espíritu Santo.
Él está presente, ocupa cada lugar, y como Espíritu tiene la capacidad de habitar en los corazones, en las vidas, en las familias y en los territorios. Él tiene el poder de revelarnos el corazón de Dios y de conducirnos.
Cuando Él está, se ordenan los hogares, se ordenan las vidas, las naciones responden al nombre de Jesús y son bendecidas. Cuando hablamos de Jesús como Aquel que lo llena todo y en todo, entendemos que la manera en que Él llena toda la creación es por medio de la persona del Espíritu Santo.
Esta persona extraordinaria nos fue concedida después de la muerte de Jesús. Hubiera sido imposible comunicarnos y relacionarnos con Dios desde nuestra naturaleza pecaminosa, pero desde que Jesús murió en la cruz, al ser redimidos por su sangre y por medio de su misericordia, podemos relacionarnos con esta bendita persona de la Trinidad. El Señor lo puso como Señor de la Iglesia, como la fuerza que moviliza a su cuerpo, que somos nosotros. Él es quien manifiesta los dones y los ministerios, quien conduce a los propósitos, quien conoce lo profundo del corazón de Dios y nos lo revela (1 Corintios 2:11).
No es una unción que sale de las manos de una persona ni un momento puntual en el altar: es una persona. Es un océano de amor, la manifestación práctica de la gracia. Es la persona que podemos contristar con nuestros pecados y negligencias. No es Dios observando desde lejos, sino Dios presente en nuestra realidad.
Cuando Dios nos conduce a hablar del Espíritu Santo es porque algo se está gestando en los cielos, algo está sucediendo en las naciones y algo viene de parte del Señor. Prestar atención a esta persona, devolverle el primer lugar en nuestros hogares y en nuestras vidas, fijar nuestra atención en Él, es el camino para que la belleza de Jesús nos sea revelada. Podemos cantar acerca de esa belleza sin conocerla, pero es el Espíritu Santo quien la revela.
Esta es la búsqueda más importante, porque Él es la persona más importante y quien, junto a nosotros, está preparando el camino para el regreso de Cristo.
Por eso vamos a invocarlo y a buscarlo, despertando el hambre y la sed por su protagonismo y su potencia. No dejamos de mirar al Padre ni al Hijo, ni desatendemos las necesidades, pero cuando buscamos al Espíritu Santo nos volvemos más efectivos: más sensibles al dolor del otro, más claros para ver nuestra propia realidad y la de nuestros hermanos a través de los ojos de Jesús, más firmes al evangelizar, al predicar, al sostener nuestros grupos de vida y al levantarnos en medio del dolor. Entendemos que no se trata solo de una oración contestada, sino de Aquel que levantó a Cristo de entre los muertos y ahora habita en medio de nosotros.
Esto no es para unos pocos, sino para todos los que hemos sido comprados con la sangre de Jesús. Se nos propone una relación profunda e intensa. Por eso, este año 2026 es el año de Aquel que es, el año del Espíritu Santo. Vamos a volver a buscarlo, a reconstruir nuestra relación con Él, a anhelarlo con todo el corazón, a refrescar la unción, a desear el bautismo, a despertar los dones, a caminar en las capacidades sobrenaturales que Él nos da, a amar la Palabra, a perdonar y a vivir en el poder de esta persona maravillosa que nos reúne. Si no fuera por Él, no estaríamos en pie. Él lo llena todo, y cuando el Espíritu Santo llena un espacio, ese espacio toma la forma de Jesús.
No podemos dar lo que no tenemos ni compartir lo que no cultivamos. Por eso, hoy más que nunca, la relación con esta persona no es impuesta. Tal vez tengamos muchas cosas que resolver, pero cuando hacemos del Espíritu Santo nuestra prioridad, Él llena todos los espacios vacíos.
En Juan 14:15-17 se nos habla del Espíritu de verdad. ¿Qué verdad? La verdad que es Cristo. No seguimos ideas filosóficas ni pensamientos de moda; seguimos a Jesús, quien dijo ser la verdad y ha caminado como la verdad a lo largo de la historia, transformando vidas y encendiendo corazones. Esa verdad es revelada por la persona del Espíritu Santo. Muchas veces nos cansamos de las verdades de este mundo o nos convencemos de nuestras propias explicaciones. Tenemos tendencia a preguntar por qué estamos como estamos, y no está mal, porque si no le preguntamos a Dios, ¿a quién acudiríamos? Debemos aprender a relacionarnos con Él, y ese hambre debe dirigirse al Espíritu Santo para ser saciados de una verdad que no solo se opina, sino que transforma. La realidad no siempre es la verdad, porque la realidad puede ser cambiada. La única verdad es Cristo Jesús, y Él tiene poder para transformar cualquier realidad.
Para caminar en esta revelación, juntos estamos leyendo el libro de Proverbios, fruto de siglos de compilación de sabiduría que nacieron del hambre de un rey. Salomón pidió sabiduría cuando David murió, y Dios se la concedió. Sin embargo, el problema de Salomón fue que, al tenerlo todo, dejó de buscar a Dios y usó los recursos para sí mismo. En Eclesiastés concluye que todo es vanidad cuando se pierde el hambre de la búsqueda. Aun así, Proverbios es una invitación constante a buscar la sabiduría. No perdamos el hambre de querer más de Dios.
Existe un paralelismo entre Proverbios 2 y 1 Corintios 2: ambos hablan del Espíritu de sabiduría que escudriña lo profundo del corazón de Dios y nos revela a Cristo. La Biblia se respalda a sí misma. En los últimos versículos de Proverbios 2, Salomón profetiza la venida del Mesías y el reino eterno con los justos. Buscar la sabiduría no es solo un beneficio personal, sino comprender el plan eterno de Dios.
Jesús dijo que la verdad nos haría libres, y esa libertad no puede vivirse en soledad. Por eso la batalla más grande es la integración al cuerpo de Cristo. El enemigo busca fragmentar, sembrar aislamiento y confusión, pero es una guerra espiritual.
Somos responsables de nuestras decisiones. Cuando estamos en la presencia del Espíritu Santo, somos guiados a amar, a avanzar, a abrir camino y a dar forma a lo que tocamos desde Él. En Proverbios 2, el énfasis principal es la búsqueda. Afinar los oídos no es solo escuchar, sino oír y responder. El Espíritu Santo nos llama a prestar atención, a atesorar, a clamar y a buscar, porque lo que nos define no es lo que encontramos, sino lo que estamos buscando.
La sabiduría, el conocimiento y el entendimiento son expresiones de una misma persona. La sabiduría revela a Jesús; el conocimiento capitaliza nuestras experiencias; el entendimiento nos permite discernir cuándo y cómo obrar.
No somos víctimas de nuestra historia, somos protagonistas de la historia del amor de Dios. Nuestras grietas, sanadas por la gracia, pueden sanar a otros.
Buscar la sabiduría nos libra de caminos perversos y de atajos engañosos. No evita que enfrentemos la maldad del mundo, pero nos permite atravesarla tomados de la mano de Dios. El mayor riesgo no es lo que enfrentamos, sino perder el enfoque de nuestra búsqueda. Cuando no tenemos fuerzas para buscar, clamamos. Cuando clamamos y prestamos atención, la sabiduría se revela trayendo paz. El Espíritu Santo nos levanta cuando no podemos avanzar solos y nos lleva de gloria en gloria y de poder en poder.
Si Dios nos buscó desde antes de la fundación del mundo, entregó a su Hijo y nos dio los medios para encontrarnos con Él, no se va a esconder. Por eso buscamos primeramente el Reino de Dios, insistimos en la búsqueda y no nos conformamos. Nuestra mejor versión es cuando Él nos gobierna. Que este sea un año de búsqueda profunda y de comunión viva con la persona del Espíritu Santo.

