15 de febrero de 2026
Estamos leyendo la Biblia congregacionalmente como iglesia, y esto es profundamente importante para nosotros. No se trata solamente de una práctica, sino de una formación espiritual. Cuando leemos la Palabra juntos, somos afirmados, confrontados y edificados. La Palabra produce en nosotros entendimiento, nos revela el corazón de Dios y nos permite caminar con claridad en el propósito que Él ha establecido.
Hay pasajes que nos conmueven de una manera particular, que nos estremecen y nos llevan a contemplar verdades eternas. Uno de esos pasajes es la conversación entre Jesús y Nicodemo, registrada en Juan capítulo 3. Este encuentro nos revela una de las verdades más profundas acerca de nuestra identidad: nosotros somos nacidos del Espíritu.
Esta es nuestra verdadera identidad. No es solamente nuestro nacimiento natural lo que nos define, sino nuestro nacimiento espiritual. Hemos nacido en esta tierra de padre y madre, en distintos tiempos, en distintas circunstancias.
Existe un nacimiento superior, eterno y definitivo: el nacimiento que proviene del Espíritu de Dios. Este nacimiento es el que nos da vida verdadera, el que nos introduce en el reino de Dios y el que establece nuestra identidad como hijos.
Nicodemo era un fariseo, un principal entre los judíos, un hombre respetado, formado en la ley, conocedor de las Escrituras y maestro del pueblo. Había dedicado su vida al estudio, al conocimiento y a la práctica religiosa. Sin embargo, a pesar de todo su conocimiento, había algo que aún no comprendía. Por eso se acerca a Jesús de noche. Este acto revela su necesidad, su búsqueda y su reconocimiento de que Jesús poseía una verdad que él aún no tenía.
Nicodemo estaba frente a Jesús sin comprender plenamente quién era Él. Estaba frente al Verbo hecho carne, frente a Aquel por medio de quien fueron creadas todas las cosas. Jesús, en su amor y en su gracia, le revela una verdad fundamental: quien no nace de nuevo no puede ver el reino de Dios, y quien no nace del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios.
Este nuevo nacimiento no es natural, es espiritual. No es el resultado del esfuerzo humano, sino la obra sobrenatural del Espíritu Santo. Es una regeneración. Es una transformación que ocurre en lo más profundo de nuestro ser. No se trata de modificar la conducta externa, sino de recibir una nueva naturaleza.
Los fariseos creían que las buenas obras eran suficientes para entrar en el reino de Dios. Creían que su obediencia externa garantizaba su aceptación delante de Dios. Sin embargo, Jesús revela que el problema del ser humano no es externo, sino interno. El problema es la naturaleza. Por eso, el nuevo nacimiento es necesario, porque solamente el Espíritu Santo puede producir una nueva vida en nosotros.
El nuevo nacimiento es una obra que transforma desde adentro hacia afuera. Cambia nuestro corazón, nuestra mente y nuestra identidad. Nos hace nuevas criaturas. Nos introduce en una nueva dimensión espiritual. Nos permite ver el reino de Dios y participar de su vida.
Por esta razón, es fundamental que permanezcamos en la Palabra de Dios. Debemos estudiarla, conocerla y permitir que forme nuestra vida. La iglesia ha permanecido a lo largo de las generaciones porque la Palabra de Dios ha permanecido viva. A través de los siglos, el Espíritu Santo ha sostenido a su pueblo por medio de la verdad.
Cuando leemos la Palabra, el Espíritu Santo trabaja en nosotros. Nos confronta, nos corrige, nos sana y nos fortalece. Nos revela a Cristo y nos forma conforme a su imagen. La Palabra es el instrumento que el Espíritu usa para producir crecimiento, madurez y transformación en nuestra vida.
Jesús enseñó que el Espíritu es como el viento que sopla donde quiere. Oímos su sonido, pero no sabemos de dónde viene ni hacia dónde va. Así es todo aquel que ha nacido del Espíritu. Esto nos revela que la obra del Espíritu es sobrenatural. No podemos controlarla ni manipularla. No podemos dirigir al Espíritu Santo; nosotros somos guiados por Él.
Nuestra responsabilidad es rendirnos, alinearnos y permitir que Él obre en nosotros. El Espíritu Santo es quien produce el nuevo nacimiento, quien nos transforma y quien nos guía en el camino de Dios. Él nos conduce a la verdad, nos afirma en nuestra identidad y nos prepara para la eternidad.
A partir de esta verdad, la Escritura nos revela con claridad quiénes son los nacidos de Dios y cuáles son las evidencias de este nuevo nacimiento.
- Los nacidos de Dios reciben a Cristo y creen en su nombre
Juan capítulo 1: 12 – 13,
Esto significa que nuestro nuevo nacimiento no es el resultado de nuestra voluntad humana, sino de la obra de Dios. Hemos sido hechos hijos de Dios. Hemos recibido una nueva identidad. Ya no estamos definidos solamente por nuestro nacimiento natural, sino por nuestro nacimiento espiritual.
Recibir a Cristo y creer en su nombre es el inicio de esta nueva vida. Es el momento en que el Espíritu Santo produce en nosotros una transformación y nos introduce en la familia de Dios.
- Los nacidos de Dios no practican el pecado, sino que viven en justicia
1º Juan 3: 9 -10, declara que ninguno que ha nacido de Dios practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él.
Esto significa que nuestra naturaleza ha sido transformada. El pecado ya no gobierna nuestra vida. El Espíritu Santo produce en nosotros una nueva forma de vivir. Comenzamos a caminar en justicia, no por nuestra propia fuerza, sino por la obra del Espíritu en nosotros.
El nuevo nacimiento produce un cambio real. Produce una nueva dirección, un nuevo deseo y una nueva forma de vivir.
- Los nacidos de Dios no pertenecen al mundo, porque han sido escogidos por Dios
Juan 15: 19
“No son del mundo, sino que yo los escogí del mundo.”
Esto significa que nuestra identidad ya no está definida por este sistema, sino por el reino de Dios. Hemos sido escogidos, apartados y llamados para vivir conforme a su propósito.
Nuestra vida ya no está gobernada por los valores del mundo, sino por la verdad de Dios. Hemos sido trasladados a una nueva realidad espiritual.
- Los nacidos de Dios aman la verdad y han nacido por medio de la Palabra
1º Pedro 1:23, declara que hemos nacido de nuevo por medio de la Palabra de Dios, que vive y permanece para siempre.
Esto produce en nosotros un amor por la verdad. Produce un deseo de conocer a Dios. Produce una vida formada por su Palabra. La Palabra nos sostiene, nos guía y nos transforma. El Espíritu Santo usa la Palabra para formarnos, para guiarnos y para afirmarnos en nuestra identidad.
Estos cuatro fundamentos revelan la evidencia del nuevo nacimiento. Hemos nacido de Dios, vivimos en justicia, hemos sido escogidos por Él y amamos su verdad. Por esta razón, debemos rendir completamente nuestra vida al Espíritu Santo. Él es quien nos guía, quien nos transforma y quien nos conduce a la plenitud de vida.
Donde el Espíritu es Señor, hay libertad. Él expone lo que necesita ser transformado y produce en nosotros la vida de Cristo. Nos forma, nos fortalece y nos prepara para cumplir el propósito de Dios.
El Espíritu Santo es nuestra fuente, nuestro sustento y nuestra guía. Él nos acompaña en cada etapa. Él nos sostiene en cada proceso. Él nos conduce hacia la vida eterna. Nosotros somos nacidos del Espíritu. Esta es nuestra identidad. Esta es nuestra verdad. Esta es la obra de Dios en nosotros. Por eso permanecemos en Él, caminamos con Él y permitimos que el Espíritu Santo complete la obra que ha comenzado en nosotros, hasta el día en que estemos delante de Cristo.

