Resolvamos este asunto

3 de agosto

Comenzamos como iglesia a leer el libro de Isaías, que significa “el Señor es salvación”, Yeshua. Es como la tipología del “que era”. Isaías está en un contexto parecido al de ahora, en un mundo con mucha corrupción e idolatría. Lo que habla Isaías data desde el año 760 antes de Cristo (a.C.), y se cumple ahora. Isaías lo dice en función de profeta, aquel que tiene intimidad con Dios, que ama la tierra y que el mundo le obedece porque tiene autoridad.

En ese momento, el reinado de Israel se divide en norte y sur. Isaías era muy querido porque decía la verdad, conocía a Dios y tenía temor. En el capítulo 1 de Isaías, nos habla de un Padre que es Dios, con dolor porque su hijo lo abandona. Él lo crió, lo formó, y es como que su hijo lo abandona. Isaías nos habla al corazón, no para juzgarlo, sino por amor.


Isaías 1:1-4 (NTV)

Habla aquí un Padre dolido con su pueblo. Dios le dio promesas a su pueblo, lo engrandeció, los llamó, y ellos se volvieron atrás.

Volverse atrás implica: ser infiel, desobediencia voluntaria, es decir, una decisión consciente de dejar de obedecer a Dios a pesar de haber recibido cuidado. El pueblo mostraba falta de identidad. El dolor del Padre era tan profundo que le dice a la creación que su pueblo lo ha dejado. Cuando dejamos a Dios, nos quedamos huérfanos, entramos a un estado de orfandad.

Muchas veces pensamos que el Padre no está y dejamos de interceder, de pedir, pero la elección de Dios siempre fue redención, cercanía, vida abundante, intimidad con su pueblo. Por eso no nos cansemos de clamar, de pedir, de interceder, porque sabemos que el Padre nos escucha, nos ama.


Cuando perdemos la relación con el Padre, perdemos la sensibilidad hacia el pecado, y esto es muy peligroso. Cuando dejamos de ver a Dios como Padre, nuestro corazón se comienza a endurecer. En este capítulo podemos ver el orden de prioridad de cómo Dios le habla al pueblo.

Dios comienza hablando: “Yo los crié y los engrandecí”, habla de las acciones de Dios hacia el pueblo, pero declara: “Ellos me han dejado.” Primero, Dios no denuncia el pecado, no denuncia la inmoralidad, sino que habla de criar, que es dar forma a algo. Ese proceso de formación de Dios hacia el pueblo venía desde antes, mostrándose como Padre, como el sustentador del pueblo, como un Dios milagroso. Él ya venía formando a su pueblo. Sin embargo, ellos lo dejaron, se volvieron atrás.


La Biblia nos habla algo muy fuerte respecto a volverse atrás. Nos menciona en:

Lucas 9:62
“El que pone la mano en el arado y vuelve la vista atrás no es útil para el Reino de Dios.” No nos habla de debilidades ni de caer; nos habla de mirar atrás. Cuando Dios liberta al pueblo de Egipto, ellos una y otra vez querían volverse atrás. Dios no habla de las debilidades, porque Él promete perfeccionarse en ellas, habla de no volvernos atrás.


Isaías 1:4-9 (NTV)

Lo que Dios está diciendo aquí es que Él quería ser morada permanente en su pueblo. La imagen que Dios usa: “como una choza o una cabaña de melonar”, se refiere a una estructura temporal que hacían las personas que trabajaban en la tierra. Cuando cosechaban pepinos o melones, esas personas se hacían una choza así nomás y solo estaban una temporada allí. Dios compara al pueblo con un hospedaje pasajero, en lugar de dedicarse a construir una morada permanente para Él.

Estas chozas no estaban diseñadas para ser permanentes, y esta es la figura que Dios usa para el pueblo.

La intención de Dios siempre fue morar. El deseo profundo de Dios es habitar de forma estable y eterna con su pueblo.


Esta intención aparece tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, y esa es la promesa eterna que tiene para sus hijos: que moraremos con Él por la eternidad.


Apocalipsis 21:3 (NTV)
“El hogar de Dios ahora está entre su pueblo. Él vivirá con ellos, y ellos serán su pueblo. Dios mismo estará con ellos.” El deseo de Dios siempre fue este: morar entre su pueblo. Y es nuestra responsabilidad construir un hogar permanente para Dios.

No le hagamos chozas, sino un hogar. Porque de chozas está lleno allá afuera: de cosas que pasan, que no tienen fundamento, que no tienen estructuras, relaciones que se caen, sin responsabilidad afectiva. Mientras tanto, Dios quiere ser nuestra morada. Dios quiere un hogar, no una choza de paso.

El pueblo no entendía que Dios quería morar con ellos. Él quería ser el Rey, el Señor, el Padre de ellos. Como consecuencia de abandonar y dejar a Dios, estaban enfermos y no encontraban ungüentos para las heridas. El ungüento se usaba como medicina, como un bálsamo que reconfortaba. Esto representa el cuidado, la restauración y la compasión (Isaías 53:5).

Cuando no hacemos una morada permanente para Dios, vivimos con nuestras heridas expuestas, no hay intención de sanar. Porque la herida no es el problema, el problema es que no se trata. Cuando Dios vive en nuestros hogares, las heridas no pueden quedarse sin curar, porque Él es el Rey, Él es el Señor.

Cuando no tratamos algo en nuestro corazón, se empieza a infectar, pero cuando el Rey de reyes habita en nuestro hogar, hay sanidad y medicina, hay restauración.


Otra consecuencia de que el pueblo no entendía era que la tierra se destruía.
Esto ocurría a raíz de la desobediencia. La siembra era saqueada y el enemigo se comía sus cosechas.

Si no dejamos que Él sea el Señor de nuestro hogar, todo lo que podamos querer, todo lo que soñemos tener, todo lo que sembremos, el diablo lo va a robar. Pero cuando Él es el Señor, todo lo que sembramos produce fruto al ciento por uno. Cuando Él es el Señor de nuestro hogar, cuando está en primer lugar, cuando entendemos que estamos construyendo un hogar para Él porque lo estamos esperando, todo dará su fruto.


Isaías 1:12-15 (NTV)

Dios aquí está confrontando la hipocresía religiosa. Primero hablamos de la paternidad que Dios les quería dar, de su intención de hacer morada sobre su pueblo, y ahora Dios les está hablando de querer tener una intimidad genuina con su pueblo. El pueblo de Israel seguía celebrando los ritos, las ofrendas, pero con un corazón frío. Jesús se remonta a Isaías cuando se para frente al pueblo y les dice:

Mateo 15:7-9 (NTV)
“¡Hipócritas! Isaías tenía razón cuando profetizó acerca de ustedes, porque escribió: ‘Este pueblo me honra con sus labios, pero su corazón está lejos de mí. Su adoración es una farsa, porque enseñan ideas humanas como si fueran mandatos de Dios.’”

Las fiestas, las ofrendas, no eran el problema, sino el corazón del pueblo. Dios denuncia esto porque no quería una fe vacía del pueblo, sino un corazón contrito y humillado. Un corazón vacío hace cosas por costumbre o rutina. El día que nosotros perdemos el temor a Dios y servimos solo por hacer algo, para sentirnos gratificantes o porque tenemos un lugar, ese será el día en que comencemos a caer.


Pablo habla de sacrificio en una de sus cartas:

Romanos 12:1 (NTV)
“Por lo tanto, amados hermanos, les ruego que entreguen su cuerpo a Dios por todo lo que él ha hecho a favor de ustedes. Que sea un sacrificio vivo y santo, la clase de sacrificio que a él le agrada. Esa es la verdadera forma de adorarlo.”

¿Qué le agrada a Dios? ¿Qué quiere Dios que le entreguemos?
No lo que nos parece, sino un sacrificio vivo y santo, que es lo que a Él le agrada.


Romanos 12:2 (NTV)
“No imiten las conductas ni las costumbres de este mundo. Más bien, dejen que Dios los transforme en personas nuevas al cambiarles la manera de pensar. Entonces aprenderán a conocer la voluntad de Dios para ustedes, la cual es buena, agradable y perfecta.”

¿Cómo adorar si no conocemos su voluntad? Lo que Él quiere. Sacrificio es la entrega o destrucción de algo preciado o deseable, por algo que se considera de derecho superior.

¿Cómo no vamos a entregar y sacrificar eso que más nos cuesta, por el bien mayor que es Él? Por el bien supremo que es Él. Por el Señor.
Pero no a nuestra manera, porque siempre va a ser la más cómoda.
La forma de ser un sacrificio verdadero es de acuerdo a lo que a Él le agrada, y no a lo que nosotros queremos. Esta es la verdadera forma de adorarlo.


El pueblo no lo entendía. Creía que con ir y cumplir ya estaba, pero con eso no alcanzaba. Dios quiere ir más profundo. Quiere poder entrar y sacar lo que no sirve, que seamos un sacrificio constante. Todos los días debemos entregarnos, tener un acto de sumisión, un acto de humillación a Dios. Por eso nos habla de un sacrificio vivo y santo.

Dios no quiere ritos externos, Dios quiere una transformación constante del interior, ese es el perfume agradable para Él. Cuando nuestra vida es un sacrificio constante, produce un olor fragante delante de su Presencia.

Cuando Dios nos dice: ¡Vení!, es una voz de alarma, de advertencia. El tiempo avanza y nos acercamos al día más próximo, que es la venida del Señor, por eso nos urge ir, todos los días Dios nos está llamando.

Cuando alguien se quiere poner a cuenta, o decimos “estemos a cuenta”, es porque hay una deuda. Pero debemos entender que la deuda ya la pagó Jesucristo, y nosotros debemos tener la actitud de ir hacia Él, de confrontar lo que no está bien, lo que todavía cargamos: las heridas, el dolor, la religión, las estructuras. Hasta que Él venga, vamos a estar en el proceso de ir y estar a cuenta una y otra vez. Pero el día en que creamos que no tenemos nada para resolver, ese día será el comienzo de nuestra caída.

Todos los días hay algo para resolver con Dios, todos los días hay algo para profundizar con Él, todos los días hay algo que debemos entregarle a Dios, porque somos seres humanos. Solo cuando Él venga seremos a la estatura del varón perfecto, pero mientras tanto debemos ir a Dios todos los días.

Apocalipsis 3:20 (NTV)

Aquí Dios nos está invitando a la mesa para hablar cara a cara, sinceramente, porque en el único lugar donde podemos ser vulnerables es delante de su Presencia. La Biblia dice que Él es fiel y justo para perdonarnos. Él no nos llama con un tono de condenación, nos llama para ser libres, porque todo lo que se expone en la mesa de Dios es para libertad.

El acto de ponerse a cuenta incluye una constante acción de humildad, confesión y transformación. Si hay algo que debemos pedir constantemente, es que Dios nos ayude con el orgullo, con el ego de creer que podemos solos, de tomar decisiones solos, de vivir sin una vida espiritual, de aparentar… pero en algún momento todo eso se cae.

Apocalipsis 22:14 (NTV)

“Bienaventurados los que lavan sus ropas para tener derecho al árbol de la vida y para entrar por sus puertas por la ciudad.”

Lavamos nuestras ropas porque nos estamos preparando, lavamos nuestras ropas porque entendemos que están sucias. Dios no quiere fiestas ni celebraciones sin corazón, sino que desea una actitud de limpieza constante.

Como novia debemos prepararnos, hermosearnos, porque el Rey viene. Debemos lavar nuestras vestiduras, tener intimidad con el Amado, tener a Dios como Padre en nuestros corazones. El Rey viene, y no quiere falsas celebraciones, sino un corazón íntegro, un corazón humillado, un corazón que haga justicia.

Somos conscientes de nuestras debilidades, pero sabemos que tenemos a un Dios perfecto, un Dios que restaura. El árbol de la vida representa la restauración plena, y este derecho se gana por estar lavados, no por méritos personales.

La nueva Jerusalén es el hogar eterno del pueblo de Dios. Sabemos que Él viene y no podemos esperarlo de cualquier manera. Mientras Él viene, lo esperamos, acondicionamos nuestros hogares, preparamos un lugar para Él, educamos a nuestros hijos en su verdad. Mientras Él viene, nos caemos y nos levantamos, porque su poder se perfecciona en nuestra debilidad. Mientras Él viene, tenemos un corazón contrito y humillado, mientras Él viene, nos levantamos cada día esperándolo.

El arrepentimiento es por misericordia, no porque seamos buenos, es solo por misericordia. Debemos arrepentirnos todos los días, porque cuando nos arrepentimos, volvemos al diseño original. Jesús vino a traer arrepentimiento, Dios no trata con víctimas, Dios trata con gente responsable.


“Dios nos llama, Él es bueno: ¡Ven ahora! Ninguna temporada puede ser mejor. Si tardás hasta que estés mejor, nunca vendrás. ¡Ven ahora! Puede que nunca tengas otra advertencia, puede que el corazón nunca sea tan tierno como hoy ¡Ven ahora! Puede que otros ojos nunca lloren por vos, puede que otro corazón nunca agonice por tu salvación. ¡Ven ahora! Porque mañana tu corazón puede endurecerse como una piedra.

¡Ven ahora! ¿Por qué demorar la felicidad?
Apresurarás el día de tu boda, apresurarás la hora de tu perdón y liberación.
¡Ven ahora! Las entrañas de Jehová te anhelan, el ojo de tu Padre te ve desde lejos y corre a tu encuentro. ¡Ven ahora! La iglesia está orando por vos, estos son tiempos de avivamiento”.

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