El poder de ser santos

Si tuvieses que elegir un superpoder, ¿Cuál elegirías? Algunos elegiríamos la teletransportación, la súper fuerza, el poder ser invisible, velocidad, volar, etc. La Biblia, en todos los libros transversalmente, nos habla sobre el poder de ser santos, el cual, es un compromiso nuestro que conlleva una responsabilidad. La santidad es un atributo de Dios. Cuando en las Escrituras dicen: «Sean santos, porque yo soy santo» es porque estamos hechos a su imagen y semejanza, y Jesús en esta tierra mostró cómo vivir en santidad y obediencia, vino para mostrarnos que se puede vivir una vida santa.

Ser santos nos posiciona frente a Dios. La santidad nos acerca: Nos acerca al poder más grande que venció a la muerte: Cristo Jesús, nos acerca a nuestro origen porque la santidad comienza a actuar en nosotros, a moldearnos a la imagen de aquel nos creó, nos devuelve a ese diseño original. La obediencia que Jesús vivió nos lleva a poder acceder a esa santidad hoy y disfrutar de los beneficios de esa vida eterna. Tenemos una posición frente a Dios, gracias a Jesús podemos acceder al Padre, él no convive con el pecado, ni con la injusticia, ni con la iniquidad pero fue su sacrifico en la cruz el que nos permite acércanos al Dios Padre. ¿Cuántas veces? Siempre, todas las veces que queramos.

La vida de religión nos dice que es imposible acércanos a Dios, que no damos la medida, pero gracias a Jesús, al deseo de ser santos y al vivir en santidad mi vida se parece más a él y puedo acceder al Padre.

Ser santos nos posiciona frente a satanás. La santidad lo aleja: Jesús venció el pecado y la muerte, y nos delega su autoridad para vencer. Cuando vivimos en santidad el pecado ya no nos gobierna. La persona de Jesús crecerá y amantemos más la santidad y aborrecernos el pecado.

 

Por eso, tenemos una posición cuando somos santos, ser santos es tener una vida dependiente, consagrada, que admira, que honra y que busca agradar a Dios. Persiste en permanecer en su presencia, conocer su voluntad, ama al cuerpo, sirve sin reservas y busca hacer lo que Jesús hizo.
David expresaba que quería vivir para contemplar la hermosura de su santidad. Daniel, dispuso en su corazón no contaminarse y se atrevió a desafiar al sistema. Daniel vivía en Babilonia pero Babilonia no vivía en su corazón. Fue considerada una persona íntegra delante de Dios.
Necesitamos ser intencionales en buscar y anhelar la santidad.
2 Corintios 7:1

La obra de la santidad se va perfeccionando en el temor del Señor.

Temor a Dios no es tenerle miedo, o hacer las cosas por miedo al castigo. Somos santos porque él nos sacó de la oscuridad, del pecado y nos libró de la muerte. Somos santos porque nos ama y nos dio la revelación de su plan.
¿Cómo hacemos esto? En 2 Corintios 6:14 Pablo nos habla del yugo desigual, Pablo esta poniendo énfasis, no en la presencia (de los incrédulos) sino en la influencia. La palabra influencia tiene la misma raíz que influenza, está en el aire es invisible, pero entra a nuestro cuerpo cuando tenemos las defensas bajas, aunque no sabemos cómo la contrajimos, ni la percibimos.

La iglesia de Corintios estaba siendo muy influenciada y esto los estaba llevando contra la verdad y amenazando su santidad, su propósito y sobre todo el avance del Evangelio. Había impureza, contaminación y por eso Pablo decide escribir las cartas de 1 y 2 de Corintios. Cuando la iglesia deja de abrazar la santidad no solo afecta su propia vida sino que produce el detenimiento del avance del Evangelio.
Tenemos al Espíritu Santo que nos ayuda a discernir ambientes, momentos y para elegir quienes van a ser nuestras influencias. En este sistema está todo preparado para que nos influya pero tenemos una comunidad de fe que se une para mantener esta santidad, para mantener el fuego de su presencia, para desechar lo que contamina nuestros corazones, casa y familias. El Evangelio vino para transformar.

La santidad trae cambios y transformación.

Puntos a tener en cuenta para vivir una santidad:

a- Debo reconocerme que soy templo del Espíritu Santo: Tenemos que reconocer que portamos la imagen de Cristo y que el Espíritu habita en nuestra vida, es la persona que decidimos que viva y gobierne nuestra vida, no queremos pertenecer al pecado. Para esto tenemos que ser intencionales y activar todo nuestro ser, esfuerzo, ganas y realmente abrazar la santidad. No la podemos perder, ni dejar de buscarla, buscar que se manifieste y revele a nuestra vida. La santidad es preguntarle al Espíritu Santo qué edifica, que nos hace bien. Por eso, necesitamos también la comunión, el valor de los vínculos y relaciones eternas, necesitamos del cuerpo de Cristo. Amamos la iglesia, son los vínculos que construimos por la eternidad. Cuando nos brindamos y nos entregamos a la comunidad de fe la revelación de Jesús es diferente.

b- Para cuidar nuestra santidad y vivir en ella es necesario cuidar nuestra mente:
Romanos 12:2 nos insta a no acomodarnos a este sistema sino renovar nuestra mente. Hay filosofías, ideas, conceptos, creencias, que van contra la verdad, y así como la influenza, que no la vemos, se filtran en nuestra vida. Por eso la cercanía a la santidad nos permite identificar lo que contamina. Somos lo que pensamos, nuestra mente es el campo de batalla más grande que tenemos. 2 de Corintios 10 nos dice que las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas.

Por eso, necesitamos correr a la santidad, necesitamos hablar la verdad, la depravación está creciendo, trae culpa, destrucción y no es el modelo de Dios. Si sabemos que en nuestra vida está el Espíritu Santo y que nos quiere usar como instrumento de sanidad y liberación tenemos que comenzar a buscar la santidad. No tenemos el yugo de la esclavitud, Jesús nos lo quitó para darnos vida y para ser libres, su garantía es su Espíritu en nosotros.

«Él nos anhela celosamente, le pertenecemos. Elijamos al maestro de los maestros: Jesucristo, que él pueda discipular nuestro corazón, mi yugo, mi carga es fácil y ligera dice el Señor. No hay condenación, hay libertad, amor y consuelo.»

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